miércoles, 9 de noviembre de 2016

Exorcismo



En el viejo armario del dormitorio hay una cajonera donde guardo la ropa interior, mis camisetas, los pijamas, la ropa de deporte... Para cerrar el último cajón es necesario un último empujón violento que lo haga encajar en su hueco correspondiente. Esta imperfección es una balanza perfecta para medir el peso de los días.

Hay mañanas en las que me siento energético y poderoso, feliz, y ese gesto es entonces una afirmación, una manifestación de triunfo, de dominio sobre la realidad. En los momentos de apatía, desidia y melancolía ese último esfuerzo puede ser casi insoportable, la prueba incontestable de que el mundo se conjura en mi contra.

Hoy he decidido no cerrarlo del todo. Dejar que la tapa del cajón quedé dislocada, sobresaliendo de la superficie, me parece un tributo a la realidad.

Noviembre tiene la capacidad de subrayar en mi sensibilidad todos esos pequeños descoyuntamientos de la vida. Noviembre es la gota que se desprende de un tejadillo y se cuela, gélida, por la parte posterior del cuello de la camisa. Noviembre es una enfermedad neurológica que descontextualiza mis experiencias, que rompe los nexos entre mis percepciones impidiéndome contrapesar luces y sombras. Noviembre es como un sortilegio que me pone en manos del victimismo.

Por eso vuelvo a escribir esta tarde, por eso te pongo nombre, tristeza. Por eso fuerzo este pulso con las palabras. Para convertirlas en cadenas que te aherrojen y me concedan un espejismo de victoria.

2 comentarios:

Rosie the Riveter dijo...

¡Oh, volviste por tus fueros! Yo tuve justo hoy mi momento cajón y mi noviembre, en diciembre...

Qué bien volver a leerte.

Un abrazo,

Rosie the Riveter

Agus Alonso-G. dijo...

Aquí estamos, Rosie, esperamos que por un tiempo al menos. Gracias por dar fe.