sábado, 3 de enero de 2015

Otra Castilla es posible

Leo y releo estos días novelas de Unamuno, Delibes y Azorín para empaparme de buena prosa castellana y tradición literaria. He engullido en una semana La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, El camino, Las ratas y Castilla. Estoy construyendo una historia ambientada en la Castilla del XVI con Garcilaso de la Vega de protagonista y por eso busco una mirada propia para mi patria castellana y un lenguaje personal que exprese esa mirada.

Al analizar a estos escritores (¡brillantes!) percibo una imagen narrativa común de Castilla, que tiene algo de filosofía de fondo. Es una Castilla muy pegada a la tierra, una tierra de secano, limitadita y frugal. Una Castilla muy material, pero de una materialidad penitente y acomodadiza. Materialismo de alcancía, cobre, estameña, frío colándose por las rendijas en el zaguán, arrugas en la piel atezada por el viento mesetario y enaguas en remojo. Es una Castilla asfixiante en muchos aspectos, diría. Fatalista: el castellano se aferra a esa tierra con enconos latentes, un rencor amasado durante siglos. Ama con pasión su hatillo escaso.

En medio de toda esta reflexión identitaria me ronda la idea de que el Quijote y lo cervantino -que es de donde beben Unamuno, Azorín, Delibes, y tantos- es sin duda nuestro mayor orgullo literario pero quizá también nuestra mayor losa ideológica.

Porque el Quijote expone (y las grandes obras al retratar consagran modelos) el triunfo de una cosmovisión alicorta. ¿No termina siendo la obra de Cervantes un brutal alegato antiidealista? El soñador es un loco castigado con zumba y saña por el autor-demiurgo. Para gran descojono nuestro, eso sí. Ni se te ocurra soñar con molinos, ni se te ocurra salir de las lindes de tu pueblo, ni se te ocurra leer libros que se salgan de esa castellanidad enjuta e hiperrealista.

Desde entonces, nada de tontear con mundos fantásticos (la Matute, esa  excentricidad), con dárnoslas de épicos (por mucho Nuevo Mundo que hayamos conquistado en empresas dignas de hexámero dactílico). Desde entonces, esa invención de perdedores: "España, el país de la picaresca". Desde entonces, acercarse a la realidad desde el humor desmitificador y paletuelo. Así, esa elaboración barroca, la alternativa a lo cervantino, ese otro genio, Quevedo. Así, ese ingenio para convertir la indignación sociopolítica en una greguería aplaudida y retuiteable; así ese humor de Joaquín Reyes o José Mota basado en el léxico de Albacete y el acento rural o ese otro, el moranquista. ¿Qué es sino este afilado humor autoparódico sino una manifestación de fatalismo? Reírnos de nuestras miserias para no tener que hacer el esfuerzo de cambiarlas.

Como el castellano se aferra a su tierra, el escritor castellano se aferra creo que un poco fatalmente también a ese lenguaje, a esa vida costumbrista, y se goza en paladear las palabras y moldear las frases, construyendo una literatura elevadísima pero ideológicamente conservadora.

Pienso que Castilla -y al decir Castilla puede que esté diciendo inconscientemente España- debe sacudirse ese yugo placentero y a la vez doloroso. El progreso nace de una visión del mundo concreta, y esa visión del mundo se construye con palabras. Las palabras no son inocentes. El Quijote es una genialidad. La poesía de Quevedo también. Pero quizá no es necesario que sigamos viviendo sólo de esas genialidades. El castellano y lo castellano pueden ser muchas cosas, no exclusivamente lo cervantino y lo quevedesco. Mi apuesta es, de hecho, redescubrir una tercera Castilla (¿tercera España?), la de lo garcilasiano, esa que aplastaron Cervantes y Quevedo. O, mejor dicho, que aplastaron los Austrias y que la literatura retrató, consagrándola.

De lo garcilasiano -la sensibilidad, lo musical, el mestizaje europeo y europeísta, el pacifismo...- hablamos, lo prometo, otro día. Que ya he pontificado bastante por hoy.