sábado, 14 de junio de 2014

Unos días de retiro

"La soledad, bien comprendida y bien preparada, debe ser defendida obstinadamente. No hay que atender a nadie: ni a los amigos indiscretos, ni a los parientes inconscientes, ni a los transeúntes, ni a la mismísima caridad. No se puede ser caritativo con todos a la vez. Recuerda que perteneces a la verdad y a ella debes tu culto. Excepto en los casos obvios e indiscutibles, nada debe prevalecer sobre tu vocación."

Leo a Sertillanges (La vida intelectual, Ed. Encuentro) para pertrecharme de argumentos y de entusiasmo en los días de retiro que se avecinan. Me voy un par de semanas al pueblo, mi aldehuela del Bierzo, para embarcarme en una suerte de regresión a mis veranos de los 80. Sin internet, sin teléfono más que el del bar, aquel aparato que mi abuelo me alcanzaba después de hablar con mis padres para que pudiese escuchar su voz, desde Madrid, que entonces me quedaba tan lejos de Turienzo.

Me llevo el ordenador, algún dvd, una pila de libros y la intención básica de escribir. Un puñado de horas al día. Como el personaje de Alabanza. Imbuido de ese neorruralismo que agita el panorama literario español más novel. No. La verdad es que no pienso en eso. Mientras preparo la maleta y planifico la compra del Mercadona de Bembibre para engordar la despensa durante unos días porque en Turienzo no hay tienda de comestibles, me acuerdo más bien de Enid Blyton y las aventuras de los Cinco. De sus excursiones a chozas que eran sólo el mcguffin para investigaciones rocambolescas de variopintos secretos, y de sus comidas pantagruélicas llenas de leche con nata, zumo de jengibre, pastelitos y empanadas del más apetitoso aspecto e incluso latas de cualquier embutido chungo yanqui que sobre el papel me atraían más que un filete de pollo con patatas fritas. 

-¡Guau! -afirmó Tim.

En Turienzo sólo veía para mis días de retiro un lugar barato y aislado en el que obligarse a la literatura. Pero ahora que lo pienso me cuesta imaginar mejor sitio para hacerlo. El pueblo no fue sólo escenario de buena parte de los hitos de mi infancia y adolescencia, esas vivencias que tienen un hueco especial en la memoria y que nos explican mejor que cincuenta sesudos análisis psicológicos; fue también la puerta de acceso al limbo espacio-temporal que crean las buenas novelas, hitos también de mi vida: La historia interminable, El Señor de los Anillos, Papeles póstumos del Club Pickwick, La potencia de uno, El tapón de cristal, Los tres mosqueteros, ¡Viven!, La ciudad de la alegría, Relatos de lo inesperado, El vino del estío, El arpa de hierba...

[Foto tomada de www.pueblos-espana.org]

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