miércoles, 11 de junio de 2014

Mersault en Arganzuela


La dejo en la puerta de su portal, en Atocha, dolido conmigo mismo y con la vida por no ser capaz de crear en la despedida un momento de ternura, seductor, a pesar de que sé que no quiero tener nada con ella. Es una amiga reciente pero ya querida y sólo podría haber algo entre nosotros si fuera en serio. Hace tiempo que perdí el instinto depredador.

Recorro cuesta abajo el Paseo de Delicias, a paso ligero de excursionista, como casi siempre; mirándome las manos del alma, no sé si aturdido por volver con ellas vacías a casa, una vez más, o por tratar de leer en sus líneas el futuro. Sé que suena a cliché barato, pero es cierto que cada vez me entiendo menos y no sé otra forma más directa de expresarlo. Un poco a lo Benjamin Button, parezco retroceder de la sabiduría a la ignorancia. No sé quién soy. Es todo un lío.

Apenas he llegado a la plaza de la Beata, cinco minutos transcurridos, y ya no siento nada visceral, más allá del deseo que queda por hacer con ello literatura. Me pasa eso todo el rato: las echo de menos, las deseo hasta con ansiedad, pero sólo mientras estoy con ellas. Un rato después, al día siguiente, ya no recuerdo el interés no sólo intelectual con el que conversábamos, la mirada entusiasta con la que perforaba sus ojos, las ganas de que me rozase siquiera involuntariamente. La tramoya de lo que se supone que es amor.

Quizá era eso, un papel necesario para disfrutar la velada. Un romanticismo aprendido en las películas. Novelería. El deseo de estar enamorado, aunque sea con emociones de cartón-piedra, para desmentir a ese cínico que me acompaña, que va ganando espacio dentro de mí, un tipo al que paradojicamente el idealismo va necrosando las vías por las que corre el sentimiento. Te escribiré cartas, te llevaré a cenar a sitios maravillosos, me achantaré durante un rato para no mostrar mi arrogancia habitual, pero al final descenderá el telón y el hechizo se quedará dentro de la sala. Mua, mua. Y tan pichi.

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