lunes, 9 de junio de 2014

Labores de campo

Verdaderamente el mundo (occidental) ha cambiado su forma de existir en muy muy poco tiempo. La cotidianeidad. El modo de comunicarse. Hace casi ocho años (¡ocho años ya! Lloro), cuando comencé este blog, se discutía si eso, un blog, distraía de la verdadera literatura, si no era una pérdida de tiempo, un quiero y no puedo. Ja. Ahora lo escrito en un blog casi nos parece algo eterno si lo comparamos con la cantidad de mensajes que mueren cada día en las costas de las redes sociales. ¿Es mejor? ¿Es peor? Por nihilismo teórico y por la experiencia del que ya ha tenido que desdecirse y reprogramarse sin parar, no me aventuro a hacer un juicio moral. No sé si es mejor, no sé si es peor. Es.

Antes, en las horas de espera, en los viajes de camino al trabajo, en las anábasis (deseandito estaba soltar el palabro en algún contexto medianamente propicio) suburbanas que nos llevan de una línea de metro a otra, había tiempo para pensar, para masticar ideas y hacer una papilla intelectual, o al menos un tarro de potitos. Una idea mínimamente amasada para el blog, para el cuaderno, la génesis de una novela, de un ensayo. Un germen de Tractatus que pondríamos por escrito en el block, en la agenda, en un papel y que hoy posiblemente nos conformemos con trasladar a nuestro muro de Facebook o al timeline de Twitter.

Estamos en los tiempos del aforismo, de la idea feliz (y graciosa), del pase corto, del latigazo retórico. Desarrollar ideas, como construir una arquitectura narrativa, es arduo. Exige continuidad. Aquí estoy yo mismamente tratando de horadar la piedra, escribir tres, cuatro párrafos que me permitan cumplir con la obligación que me he impuesto. Sacar agua del pozo.

Eso es. Las redes sociales son oleaje, runrún placentero del mar. Batidas de ideas que vienen y van y rara vez dejan una huella individual perdurable. Lo que entiendo por literatura, por escritura de alcance, tiene más que ver con el trabajo de un zahorí, con la reciedumbre del agro, con un trabajo de cultivo, de culto. Un sacerdocio.

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