viernes, 27 de junio de 2014

Gavrilo Princip et al.

"Todos los hombres elegidos para llevar a cabo el asesinato del archiduque se habían formado en el mundo de las redes irredentistas. El antiguo comitatji Voja Tankosic fue quien reclutó a los tres jóvenes serbobosnios que formaron el núcleo de la unidad que enviaría a Sarajevo para llevar a cabo el asesinato. Trifko Grabez, Nedeljko Cabrinovic y Gavrilo Princip tenían los tres diecinueve años cuando Tankosic los integró en la conspiración. Eran buenos amigos que pasaban mucho tiempo en mutua compañía. Grabez era hijo de un sacerdote ortodoxo de Pale, unos 20 km  al este de Sarajevo, que había viajado a Sarajevo para continuar sus estudios de bachillerato. Cabrinovic había abandonado la escuela a los catorce años y posteriormente llegó a Belgrado, donde encontró trabajo de tipógrafo en una empresa especializada en literatura anarquista. Al igual que Grabez, Princip había dejado Sarajevo para acudir a la escuela en Belgrado. Los tres procedían de familias pobres y hogares desgraciados. En sus primeros años de vida, Grabez y Cabrinovic habían sufrido las figuras de auotridad masculinas y se habían rebelado contra ellas. Durante su juicio, Cabrinovic contó al jurado que su padre le había maltratado porque apenas progresaba en su escuela de Sarajevo; al final el chico fue expulsado por abofetear a uno de sus maestros. Las tensiones en casa se agravaron por el hecho de que Cabrinovic padre trabajaba como confidente de la policía para los odiados austriacos, un estigma del que el chico pensaba desprenderse por medio de su compromiso con la causa nacional. También Grabez fue expulsado de su instituto de Tuzla por dar un puñetazo a uno de sus profesores. El dinero escaseaba; sólo Princip tenía unos ingresos regulares consistentes en una asignación paterna muy modesta que normalmente distribuía entre los amigos o prestaba a conocidos suyos indigentes. Cabrinovic recordó después que a su llegada a Belgrado llevaba siempre consigo todas sus pertenencias en una maleta pequeña, se supone que porque no tenía dónde quedarse. Princip en particular era delgado y enfermizo; probablemente ya estaba tuberculoso. El protocolo de su juicio le describe como "un joven bajo y débil". 
Estos chicos apenas tenían malos hábitos. Estaban hechos de ese material juvenil y serio, rico en ideales pero pobre en experiencia, del que se alimentan los movimientos terroristas modernos. No les gustaba el alcohol. Si bien eran heterosexuales, no buscaban la compañía de mujeres. Leían poesía nacionalista y periódicos y panfletos irredentistas. Los chicos estaban profundamente preocupados por el sufrimiento de la nación serbia, del que culpaban a todo el mundo menos a los propios serbios, y sentían los desaires y humillaciones al menor de sus compatriotas como si fueran propios. (...) El afán de sacrificio era fundamental, casi una obsesión. Incluso Princip había encontrado tiempo para aprenderse de memoria La corona de montañas en su totalidad, el emotivo relato épico de Petrovic-Njegos que conmemora al tiranicida Milos Obilic. en su juicio, Princip declaró ante el tribunal que días antes del asesinato solía ir a la tumba del asesino suicida Bogdan Zerajic: "A menudo pasaba noches enteras allí, pensando en nuestra situación, en nuestras condiciones lamentables y en [Zerajic], y así fue como decidí cometer el asesinato." También Cabrinovic relató que se había encaminado a la tumba de Zerajic en cuanto llegó a sArajevo. Al ver que estaba descuidada, habñia puesto flores en ella (...). Cabrinovic declaró que fue durante esas estancias en el lugar donde descansa Zerajic cuando se hizo el propósito de morir como lo había hecho él. "En todo caso sabía que no viviría mucho. La idea del suicidio siempre me acompañaba; todo me daba igual." 
Ese deambular a la tumba de un suicida es interesante y sugerente porque apunta a esa fascinación por la figura del asesino suicida tan fundamental para el mito de Kosovo, y en líneas más generales para la conciencia del propio medio panserbio, cuyos periódicos, diarios y correspondencia están plagados de alusiones al sacrificio. Incluso el mismo ataque debía ofrecer una referencia codificada a la acción anterior de Zerajic, ya que desde el primer momento Princip planeó tomar posiciones exactamente donde Zerajic se había quedado, en el Puente del Emperador." (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)

Mañana se cumplen 100 años del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de Gavrilo Princip en Sarajevo. El libro de Clark, que os recomiendo, traza un panorama del período previo a la Gran Guerra intentando ayudar a entender el camino que llevó a ella. Leer este tipo de grandes trabajos historiográficos es intelectualmente muy saludable en buena medida porque gracias a ellos uno entiende mejor que la vida y la Historia con mayúsculas son de una complejidad abrumadora. Y eso, aparte de hacernos un poco más cínicos, nos hace más prudentes.

En un artículo de Enric González en Crónica de El Mundo sobre el asesinato, se refiere a la Mano Negra, organización clandestina irredentista que estaba infiltrada en las estructuras de poder de Serbia y que estaba detrás del magnicidio, asegurando que "eran jóvenes, castos, casi abstemios, y estaban convencidos de encarnar la razón y la justicia frente a la maldad intrínseca del imperio. Se parecían bastante al grupo que el 11 de septiembre de 2001 inauguró en Nueva York, con una matanza, el siglo XXI."

Cuando días antes leía el texto de más arriba me imaginaba una novela sobre el siglo XX que narrase en paralelo la vida y la preparación de los atentados de Gavrilo Princip, Lee Harvey Oswald, Alí Agca y Mohamed Atta.

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