miércoles, 11 de junio de 2014

Agarrotado

Vengo también yo, como Primo Levi (y la osada comparación no es sólo una excusa para la cita, sino también la encomienda a un patrón laico), a escribir tras una jornada de trabajo llena de ocupaciones que matan la tranquilidad de ánimo y que dejan el ingenio romo. La tormenta de verano en primavera que ha caído esta tarde tampoco ayuda.

Necesitamos enjuagar la cabeza para poder escribir. Para poder vivir, realmente, porque la vida requiere energía y claridad mental. Cuando estas faltan, tomar la decisión más nimia puede requerir una buena dosis de creatividad. Hay que raspar la costra de preocupaciones que se acumulan en las paredes internas de la cabeza, los restos de las lentejas en el perol. Sacudirse el apollardamiento.

Apenas si soy capaz de arrastrarme al sofá y zamparme la bolsa de palomitas dulces que me quedó del partido de Nadal del domingo, mientras veo el último episodio de Juego de Tronos. Una actividad que no me requiere ningún esfuerzo intelectual.

Ya ha terminado. Capítulo anodino. Ahora estoy sacando agua del pozo. Golpeando las teclas. Golpeando las palabras con el cincel. Como quien toma un mendrugo de madera y se pone a manipularlo con la gubia sin un propósito definido.

Aquí me tienes, dibujando formas geométricas en la libreta de los recados durante una llamada de teléfono rutinaria. Durante esta llamada de teléfono rutinaria que es hoy mi vida.

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