jueves, 25 de abril de 2013

Una arenga: la hora del optimismo


En España, la tasa de desempleo juvenil -de menores de 25 años- es del 57,2%. Hemos superado los seis millones de parados por primera vez en nuestra Historia desde que se miden estos datos. Todo invita a la desesperación y al cóctel molotov.

Y, sin embargo, uno, que es un amante de la narrativa, va a hacer una defensa del optimismo. Y me baso para ello en la creencia de que el tono que uno decida para la novela de su vida marca lo que suceda en ella. Es la mía, lo reconozco, una defensa alejada de todo rigor, no basada en datos empíricos, sino en principios generales, en  una especie de filosofía de autoayuda. Un "si crees que puedes hacerlo, quizá lo consigas" despojado, eso sí, de toda cursilería a lo Paulo Coelho. Echarle dos huevos con cierto espíritu naíf, diría.

A lo que voy. Necesitamos, y aquí hablo sobre todo a los jóvenes (yo considerándome uno a mis 32), optimismo. No un optimismo estupidizante y bobalicón, sino un optimismo creativo del que sabe que el futuro, sea el que sea, le pertenece. Así que mejor espabilar.

Cada vez soporto menos el victimismo. Pero si en alguien me resulta más inaguantable es en la gente joven. Nos indignamos porque quienes nos gobiernan, los que dirigen las estructuras de nuestra sociedad, son unos incapaces y unos corruptos. Así, en general. Y yo comparto esa indignación. No soy un pijo al que lo que tiene se lo hayan regalado. Pero no nos indignamos porque esa otra parte del establishment, fundamentalmente mediático, nos está apocando con sus sombrías etiquetas. Ya nos han declarado una generación perdida. Tres cojones.

Compañeros de generación: no compréis ese argumento. Es la forma más sibilina (no digo que sea voluntaria) de robarnos realmente nuestro futuro. No hay nada mejor que aplicar un poco de paternalismo a nuestros problemas, por otra parte muy reales, para debilitar más nuestra de por sí desfallecida personalidad, que soñaba con un futuro de prosperidad y pelotazo, de colocación fácil con su licenciatura y cañitas de verano en la terraza. Una vida apacible. No, tened orgullo y sacudíos esa mano que frota nuestro lomo murmurando un "pobrecitos". 

Claro que sí, pobrecitos. Pero no nos vamos a quedar en la cueva lamiendo nuestras heridas. Vamos a luchar, y más que con asedios al Congreso o con cócteles molotov -que es el arma del que reconoce su incapacidad para algo más complejo que la violencia-, lo haremos con optimismo creativo. Conquistaremos nuestro espacio con ideas y con empuje. Debatiendo con datos (no como esta arenga falta de rigor), trabajando, creando, apretando los dientes, denunciando los abusos de quienes dirigen, y exigiendo y exigiéndonos una profunda ética personal y profesional. Porque eso es en buena medida lo que nos hace falta. Porque no hay tal cosa como un gen español que nos hace incompetentes, cutres, haraganes, corruptos. Donde está el mito del Lazarillo y del falso hidalgo, están Luis Vives y Hernán Cortés. 

Seremos lo que queramos ser. Y, personalmente, no pienso ser parte de una generación que no ha llegado al ecuador de su vida ¿y ya es perdida? Lo dicho. Con toda esa zafiedad hispana: tres cojones.

1 comentario:

kañita dijo...

Eso es! con un par