martes, 30 de abril de 2013

Buenos Aires, muy por encima


25 de abril

En uno de sus libros sobre técnicas literarias, John Gardner defiende la idea de que hay que querer a todos los personajes que uno crea. Que hay que aprender a quererlos. Como ser de naturaleza impaciente, impaciente por lo tanto conmigo mismo y con los demás, me inclino con facilidad por la criticonería y el marujismo. En términos internacionales, tiendo a esa forma de pueblerinismo que consiste en aterrizar en un país extranjero con los morros arrugados y el cerebro cargado de prejuicios. Un gran "buá" existencial, cínico, desmitificador.

Viajar le va ensanchando a uno el corazón, la capacidad de asombro, la cordialidad ante lo ajeno. Y, de paso, ante lo propio. Decía Chesterton que el optimismo es "una cuestión de lealtad previa a todo examen". Algo de esa lealtad al mundo, a la Humanidad, así, en general, percibo cuando disfruto en Madrid, en Nueva York, en Austin, en las Ciudades Gemelas. Y ahora en Buenos Aires, mientras escucho un tango de Gardel y Lepera. El patriotismo es más realista y mesurado -más eficiente, diría, si respecto a sentimientos se puede hablar de eficiencia- cuando uno aprende a querer a las patrias de otros. He dicho.

En la estrechez de las comparaciones que puedo o sé hacer, en el Buenos Aires que de momento he conocido, Palermo y una mica de Recoleta, veo un madrileñismo apocopado. Una vieja dama. Una Gloria Swanson en forma de urbe. Buenos Aires querido, en tus calles resuena por todas partes "el eco de tus días de gloria", que dice Xoel López.

Hace tres años estuve en Lisboa y eché pestes de aquella ciudad. Creo que hoy la vería con otros ojos. Su hediondez y la cochambre de sus calles no me molestarían, intuyo, o al menos no tanto. El Buenos Aires de momento explorado no es ese gran desconchón lisboeta, pero está recorrido por un aroma de pachulí decadente. Lo cual, como transeúnte de esta tierra, no me molesta.

Y sospecho que no me molesta porque bajo esa aparente agonía percibo hálitos de vida. Veo que dos cuadras más allá de esa esquina de la acera levemente escombrada hay un café-librería muy bien puesto regentado por jóvenes creativos. Buenos Aires no es una ciudad muerta. No es un museo o un casinete decimonónico, aunque tenga un aroma a ello, a decadencia y termita.

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