jueves, 19 de julio de 2012

Don Draper es nuestro dantesco Virgilio

En la máquina del café, nuestros compañeros de trabajo hablan de la última serie de televisión americana que se han descargado ilegalmente de internet. Nosotros, seres intelectuales, leídos, viajados, les escuchamos, puede que furtivamente -para ni siquiera manchar nuestra reputación- con un punto de superioridad; digámoslo, de desprecio. Porque en nuestra patética cultez no somos conscientes de que hace 150 años esa masa que consideramos lerda leía las novelas por entregas de un tal Charles Dickens, ese monstruo de la literatura, o más, de Alejandro Dumas, un clásico.

Cada vez se leen menos libros. Quizá, sí, sea inevitable, un proceso inexorable debido al predominio de lo audiovisual. Ver una película, una serie de televisión, ya no digamos viciarse con un videojuego, requiere menos esfuerzo que meterse entre occipital y frontal una novela.

Pero quizá ese proceso inexorable se haya visto acelerado por una casta encantada de haberse conocido. Un mundo, el de la narrativa impresa, que se mueve entre la concepción industrial del libro, el puro best-seller, la trama que tiene que enganchar a toda costa, y la masturbación metaliteraria, la escritura intelectual. Oh, Bolaño; oh, Bellow; oh, Vila-Matas. A lo mejor Joyce y su ilegible Ulises tienen la culpa de origen. O no. Tal vez solo es necesario aceptar que la narrativa escrita ha perdido la influencia que tenía y eso no es necesariamente algo malo.

Viene toda esta reflexión a cuenta de un brandy y de verme con sumo placer la quinta temporada de Mad men, esa serie estadounidense sobre una empresa de publicidad en el Manhattan de los 60 y 70 del siglo pasado. La temporada es quizá la más floja de las cinco, pero incluso y con eso está llena de narrativa de primer nivel. De esa narrativa que es tan difícil encontrar en la literatura actual -especialmente en la española-.

Tú, intelectualillo de palo, listillo con algunas lecturas, calculín al que caneaban en el insti, quizá te creas mejor, incluso moralmente mejor, que esa gentecilla que lee poco pero se pasa los fines de semana viendo series. Mad Men, The Wire, Los Soprano, Breaking Bad, The Good Wife, Broadwalk EmpireDexter, Juego de tronos...

Yo no he visto la mayoría de ellas. Y estar al día me aburre por lo que tiene de estar a la última. Pero las que he visto... Ay, las que he visto. Eso es narrativa. Realidad tan bien manufacturada que sin dejar de parecernos pura vida nos toca la fibra en su retocada irrealidad. La verdad de las mentiras, que decía Vargas Llosa.

Los eruditos a la violeta pueden seguir mirando por encima del hombro a la televisión mientras elaboran sus pajillas metaliterarias de dudosa calidad para consumo de cuatro miembros de la tribu literaria o sus best-sellers de pura acción que aburren por la falta de profundidad de sus personajes. Mientras, estas grandes historias construyen iconos y explican nuestro tiempo como los grandes clásicos lo hicieron antes, al tiempo que entretienen al que las consume.

Así, Don Draper es a los hombres lo que Madame Bovary es a las mujeres. Un símbolo de lo mejor y de lo peor que hay en hombres y mujeres. El apetito insatisfecho. "You don't want most of it. You want all of it!", dice Don tratando de convencer a una empresa exitosa de que cambie de agencia de publicidad en el 12º capítulo de la 5ª temporada de Mad Men. Y esa es, me parece a mí, la esencia de lo que la buena narrativa nos ofrece: tenerlo todo. Una realidad recreada que abarque lo que nuestra gris vida de funcionario no abarcará nunca, una explicación compleja de la complejidad que uno mismo es, la compasión con lo que uno no quiere ser. Todas esas vidas, en definitiva, que uno nunca vivirá.

domingo, 15 de julio de 2012

Fragmentos de un diario etíope (II)

(...)

Día V. Domingo 10 de junio de 2012. 16.24

Entender lo que cobra un tipo como Cristiano Ronaldo es más fácil de entender cuando contemplas la fiebre que provoca en las masas de un rincón de Etiopía como Wukro. Ayer, sábado, por la noche, estuve con Jorge viendo el Alemania-Portugal de la Eurocopa en el cine y fui testigo de ello.

El cine es una nave en la que proyectan sobre una pantalla de unos tres por tres metros frente a hileras de bancos corridos sin respaldo. La mayoría, si no todos, iban con Portugal, por Cristiano, no por otra cosa. Y cada vez que este aparecía en alguna jugada, era jaleado efusivamente.

Camisetas del Madrid, eso sí, no he visto ninguna por aquí. Sí del Barcelona. Fue muy divertido ver cómo uno de los que la llevaban negaba insistentemente que le gustasen Messi o Xavi o cualquier jugador culé. “No, no, Cristiano Ronaldo”, y se puso a imitar el gesto que el portugués hizo cuando metió 1-2 en el Camp Nou hace unos meses. Vaya escena.


A las 3.30 de la mañana me han despertado las salmodias de las celebraciones ortodoxas. ¡A las tres y media de la mañana! He cerrado la ventana y aun así seguían colándose esas recitaciones monótonas que me recordaban a la llamada al rezo de un muecín. Cuando me he levantado a las seis para ir a Misa, la matraca continuaba.

La Misa católica a la que he asistido, celebrada por uno de los dos sacerdotes locales que vive en Saint Mary (que, me he enterado, no son Padres Blancos sino sacerdotes diocesanos), también ha sido una salmodia ininterrumpida. Hora y media de recitaciones en tigrinya –lengua local- de las que ha sido imposible espigar algo más que un “Philipos” en la lectura del Evangelio o un “Johannes” en la media hora de homilía. Media hora. Debería la Iglesia prohibir las homilías de más de 20 minutos. Diré en mi favor que, a pesar de la hora, no me he dormido.


(...) No me gusta que, como puedes observar mientras lees esto, a esta recolección diarística le falta literatura por todas partes, me falta frescura, ese análisis agudo y zumbón de estado de Facebook. Estoy como demasiado solemne, ¿no? (...)

[Y aquí os dejo, por cierto, "Agua, el oro líquido de la región etíope del Tigray": un reportaje que he escrito para RTVE.es]