miércoles, 28 de marzo de 2012

Existencialismo camusiano

Me veo cada vez más como un extranjero en mi país, en mi sociedad (que no es lo mismo). Parto de la base de que he sido educado en la solidaridad, en la entrega, aunque también en cierto rechazo a la (pos)modernidad.

Y hago memoria. He visto a una clase media -tú y yo, lector- lucrarse, quedarse ahíta, durante años de bonanza económica, durante años de chupar de la teta de Bruselas. Expo'92, pelotazos, ayuntamientos que despilfarran, quidams que viven a nuestro lado tratando de ganar pasta a mansalva comprando pisos en cooperativas o lo que fuera, inversiones en la bolsa...

He visto desmoronarse todo un sistema basado en la especulación inmobiliaria o financiera, en el gana dinero fácil y rápido. Soy testigo de un sistema que no me gusta, que durante años alimentó la gula, la avaricia, la ambición de muchas personas que hoy lloriquean y claman contra ese sistema. Vendiste tu alma a ese sistema y disfrutaste, si ahora llega el diablo a pedir cuentas de aquella renuncia, no me vengas con que quieres ahora bajarte del carro. Eso sí que es cínico.

He visto estudiantes universitarios que despilfarran el dinero que el Estado y sus padres dedican a su educación apostando por la mediocridad y ahora dicen que son la generación mejor preparada. Yo soy parte de esa generación, creo, pero no me doy ninguna pena, no me dan ninguna pena. Esos universitarios que no saben poner bien las comas o los acentos. Que no saben hablar en público. Que ambicionan una plaza de funcionario.

He visto, veo, políticos que me aburren, que son mediocres, que no aportan debates, ideas... y, peor, que lo hacen porque saben que los votantes les votan. Les votan. ¡Les votamos, señores! No culpemos a los políticos: tú, lector, les has puesto ahí. Les jaleas. Les defiendes. Te metes en su trinchera.

Veo un país carcomido por una educación deficiente con respecto a su entorno (democracia avanzada éramos, ¿no?), veo un país en el que el jefe de los empresarios no sabe dirigir su empresa y la lleva a la quiebra, en el que el trabajador medio desea ser funcionario y exige derechos pero critica las obligaciones, en el que cualquier intento de mejorar el elitismo (necesario elitismo, apostillo) de la universidad es contestado por una ideología de izquierdas trasnochada y por una de derechas que apuesta por el modelo privado cuyo listón es el de la pasta.

Veo un país en el que el hartazgo que toda una generación siente termina expresándose de algún modo en un movimiento, el 15-M, que acaba siendo apropiado por la misma izquierda rancia e ideológicamente fracasada y seudorrevolucionaria (de camisetas de Che Guevara y demás chungueces) y en un movimiento carente de profunda base intelectual y por tanto incapaz de articular una alternativa o el germen de ella.

Veo una derecha rancia, casposa, incapaz también de vertebrar un discurso nuevo, y que no hace nada porque sospecha que puede acceder de calle al poder sin ofrecer alternativas serias.

Veo un fin de ciclo y nadie cree firmemente en hacer algo más que salvar su culo. Bueno, o repetir el titular de su medio de cabecera.

En lo personal, he sido testigo de cómo la solidaridad laboral-sindical de la gente no es más que su propio interés o un simple prejuicio ideológico.

Por todo ello, y por mucho más que ahora no recuerdo, me considero un Meursault. No lo digo con orgullo. Lo constato. Por eso, de momento, me abstengo de participar en la vida política. Renuncio a mi voto. Mejor. Mi abstención es un desprecio. Renuncio a participar en huelgas. O a no participar.

Aunque, siendo honesto, no puedo ser un Meursault. Porque como se puede olfatear en este texto, estoy furioso. No es un extrañamiento tranquilo. Es un extrañamiento encabronado. Y no sé dónde me llevará, pero lo cierto es que yo creo en el ser humano.

sábado, 17 de marzo de 2012

Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo

El hispanismo estadounidense, por su parte, no tardó en prestar en atención a esta novela que serviría para ejemplificar las posturas de todas las escuelas interpretativas, desde las más tradicionales hasta las situadas en los extremos postestructuralistas, pasando por la sociología de la literatura, el marxismo y los llamados Peace Studies. Durante lustros Ander Alkarria sería llamado de todos los lugares imaginables para hablar de su novela. Su fama empezó a decaer hasta ser completamente olvidado cuando, hastiado de comparecencias públicas, cócteles y universidades de verano, se dedicó en serio a escribir. (p.77; Ventajas de viajar en tren, Ed. Tusquets, 2011)

En ocasiones, tengo crisis de gusto. Le pido mucho a la narrativa y me pasa que acabo una película o un libro en muchos casos ampliamente elogiados con la sensación de que "bien, pero ya". ¿Me habré vuelto demasiado exquisito?, pienso. Quizá han dejado de gustarme como solían el cine o la literatura. Ya no estoy enamorado.

Y entonces te encuentras con esas obras que te reafirman en tus exigencias. La novela de Antonio Orejudo, que fue publicada en 2000 por Alfaguara y ahora ha sido reeditada por Tusquets, es una de ellas.

La tenía ahí esperando, casi me había olvidado de ella. Un libro de 150 páginas que me habían descrito como "de Barco de Vapor", ideal para leer metido en un baño de agua caliente y espumosa. Han sido dos horas de eso que algunos llaman suspensión de la incredulidad y yo llamaría suspensión de la baba. Y lo mejor es el descubrimiento de este libro es una puerta abierta a otros. Me relamo.

El comienzo del libro ya lo querría yo para uno que yo escribiese:

Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda.

Y ese "imaginemos" me parece antológico, porque en efecto explica maravillosamente lo que yo entiendo por narrativa y adelanta lo que esta novela hace con maestría de primera línea: inventar historias, pero inventarlas haciendo eso que algunos llaman suspender la incredulidad, especialmente complicado en el laberinto de juegos entre realidad y ficción en el que Orejudo se y nos mete y que al final te deja satisfecho de ficción de la buena, como quien se ha metido un menú degustación en Casa Juan.

Además de su inventiva, a la que encuentro el regusto del mejor Auster, Orejudo ofrece dos de los elementos que exijo a las obras que me enamoran. Una escritura cuidada y original, de calidad y fresca, acerada, y una arquitectura narrativa que me sorprenda. El artificio, que junto a ese "imaginemos" da sentido a la narrativa. La capacidad para manufacturar la realidad con tal maestría que el pan resultante te parezca más auténtico que la harina y más natural que el trigo.

Y todo esto, que en el tren le había parecido extraordinario, pero posible, verosímil y hasta divertido, sintió que se iba convirtiendo conforme ella lo relataba en una cómica sucesión de disparates, como esos sucesos perturbadores, como esas ideas geniales que se nos ocurren en sueños, y que al verbalizarlas se diluyen en el aire o dejan al descubierto su condición de gilipollez. (p.136)



jueves, 15 de marzo de 2012

Donde Mafalda me lleva a Terrence Malick

Dos películas -dos peliculones- han pintado recientemente el mundo de las emociones y las sensaciones infantiles con una destreza que encuentro sublime: Where the wild things are, de Spike Jonze, y la malickiana The tree of life (y me disculparéis el esnobismo de llamarlas por su nombre original, pero hace tiempo que formamos parte de la OCDE).

Hablo de emociones y sensaciones, no de personajes o caracteres; de pintar y no de retratar. De lírica. De percepciones inaprensibles con las que conectamos a un nivel superior, intuitivo. No hablo de narrativa espilbergiana (que también me pirra).

Esa languidez de los chavales del barrio residencial del EE.UU. de mitad de siglo XX que moldea la cámara de Terrence Malick. Ese tedio vital que llenaba muchas tardes de nuestros veranos. Esas heridas de la soledad y el egoísmo típicamente infantiles que Jonze arropa con musica de Arcade Fire y Karen O. Hiperestesia preadolescente.



Se ensalza la infancia como tiempo de felicidad ininterrumpida. Entonces las preocupaciones, dicen, eran chorradas. Niego la mayor. Aquellas chorradas, entonces, para nosotros, eran el fin del mundo. Y aquellos años estaban tan llenos como ahora de momentos aburridos, de retales de tiempo tirados en las esquinas, tic-tacs del segundero un punto depresivos, acompañadamente solos porque en un momento dado no formábamos parte de la camaradería de nuestros hermanos o así lo sentíamos.

Gracias a Dios estaban los libros. Y mis mejores lecturas de infancia vienen asociadas a esos largos veranos de huertas bercianas y eras, de petardos junto al pajar y gallináceas y boñigas de vaca que salpicaban las pantorrillas desnudas: La historia interminable, El Señor de los Anillos, La potencia de uno, Sherlock Holmes, Gaston Lerroux, los papeles de Pickwick...

Toda esta evocación de la languidez veraniega y medio campestre viene a cuento por Mafalda, cuyo aniversario se celebra hoy. Mafalda me lleva al sopor de la sobremesa en "la solana", aquel cuartito de estar del piso de arriba en la vieja casa del pueblo, donde había una estantería y un televisor en blanco y negro con dos canales donde veíamos El príncipe de Bel-Air y el "parte" con mi abuelo, donde vi a Rebollo encender la antorcha en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona junto a mi tía-abuela.

Precisamente a mí tía-abuela, no mucho mayor que su sobrino, mi padre, pertenecía aquella estantería llena de libros de lo más variopinto, desde manuales de cocina, libros de moda y guías de viajes a dos o tres novelas con portadas y títulos bastante inocentes pero que en aquel momento me erotizaban. Entre aquella descriteriada colección, estaban casi todos los cuadernos cuadrangulares en los que se recogían las tiras protagonizadas por esa simpática pedantorra con pelo acacerolado, Mafalda.


Me considero un gran detractor no de los cómics, pero sí de su elevación y encumbramiento como manifestación cultural de primer orden que vivimos estos días. El esquematismo como gran herramienta narrativa. La lectura facilona frente al esfuerzo intelectual. Pero a Quino lo considero uno de los grandes autores del siglo XX. Gracias a Mafalda, tiene un hueco en el Parnaso. Me pregunto qué de intuitivo y qué de intencional y racionalizado tiene la creación de esa galería de personajes. Pero mezcló socarronería, acidez y ternura en un combo tan perfecto que me parece genial. Sabiduría socrática y ternura de cuento popular. Narrativa de viñeta de periódico y profundidad de relato chejoviano. Haikus del humor ilustrado.



Mafalda me lleva a Terrence Malick. Me pongo Youth Lagoon en Spotify. Un rayo de esta primavera adelantada se cuela por la ventana y me acaricia en los labios. Sabe a veranos en la solana, a suelo de madera, a bambas manchadas de mierda vacuna, a fútbol junto al establo y moscas que dan el coñazo junto a la oreja, a avispas junto a la reguera. Tengo que volver a leerme El vino del estío, de Ray Bradbury, para cerrar este círculo perfecto de evocaciones rurales.

Mi infancia fue muy feliz. O así la recuerdo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Fresy Cool, de A.J.Rodríguez: una crítica fragmentaria

Antonio J.Rodríguez nació en 1987. Digo esto porque hay quien piensa que la edad de un escritor no importa. Que solo hay buena y mala literatura. Y yo disiento. Los guardianes del Parnaso quizá crean elevar el nivel del páramo literario español zurrando la badana a los jóvenes escritores con pretensiones (y por lo tanto, pretenciosos a ratos). Es lo fácil, y no estoy seguro de que sea lo necesario, lo útil.

Digo esto porque Fresy Cool no me ha gustado, pero creo que su autor es un tipo con mucho talento. Porque me he enfrentado al libro de Mondadori con toda mi honradez (empezando por pagar los 20 eurazos que me costó) y con el lápiz en la mano, no con las ganas de destrozar un concepto de la literatura que no comparto. Con la intuición de que no me gustaría y el deseo de que me gustase.

Lo digo porque si este no fuese el primer libro de J., sería menos amable con él, pero confío en que transite otras vías en el futuro. Vías que, con su talento, quién sabe, podrían derivar en grandes novelas.

* * *

Necesitamos volver a los rusos y relatar durante cientos de páginas la evolución psicológica de sus personajes sin sucumbir al miedo que provoca pensar en la de historias que estamos perdiéndonos por centrar nuestra atención en una sola. Pero tú ya lo sabes: una vez que has irrumpido en el terreno de la metanarrativa, escribir novelas que superen el millar de páginas es solo cuestión de disciplina. Lo difícil siempre es el comienzo, ya sabes, tener quince o veinte personajes definidos.

El resto es como jugar a Los Sims, pero mucho más divertido. (p.78)


Lo dice un personaje de la novela en una de las numerosas referencias autoparódicas, como de poner en duda el propio discurso narrativo de la obra, que pueblan la primera de sus dos partes. Uno, rancio lector de raigambre decimonónica, animaría a J. a, en efecto, volver a los rusos en lugar de regodearse en el lodo de referentes efímeros y excesivamente sofisticados.

* * *

Citábamos antesdeayer a Vila-Matas, que lamentaba las consecuencias que siglo y medio después había traído la proclama de Rimbaud promoviendo no tanto la modernidad, como los modernos.

Malditos, bohemios, beatniks, hippies, hipsters... No puedo con la pose malditista que conocí en aquellos estudiantes de filología con los que compartí aulas. Todos esos aspirantes a Kerouac, a portada de Rolling Stone con Yoko Ono.

J. es en Fresy Cool precisamente un intento de Lennon, con su Yoko particular.

Lola Font bailando en decúbito supino Depeche Mode (p.74)

Y yo, lo siento, no soporto ya esas ganas de epatar. Creo que es esnobismo culturetil trasnochado. Lo dicho por Vila-Matas: llevamos siglo y medio con la matraca y el tema está un poquito desgastado. No quiero más eruditismo chungo, referencias pop para iniciados. Parece que hay que declarar el avance de la narrativa mediante batería de referencias contemporáneas, alta y baja cultura. Tableteo de metralleta. Papapapapá. Pentium. Tratatatatá. Powerpoint. Tracatacatá. Roland Barthes, Levinas, incluso Don Draper, subwoofer...

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La primera parte del libro me gustó. Tiene muchos de los defectos que le encuentro a toda la novela, pero también fuerza narrativa, pulso, se lee rápido, con facilidad a pesar de las abundantes referencias culturalistas. Es excesiva pero subyugante. Fascina ver a un jovencísimo escritor con tantas lecturas, con tan buena pluma. No es tan sencillo escribir cientos de páginas con orden, coherencia e intención sin que se te caiga de las manos.

Sería genial -genialón-, insisto, si J.Rodríguez evolucionase hacia terrenos más convencionales (o aparentemente más convencionales, diría)... Más narrativos. Quizá el género de la novela ya ha evolucionado todo lo que podía evolucionar y ahora basta con manejar esas herramientas, con el lenguaje de la época, jugando con la arquitectura. Creo que tiene talento para ser un gran novelista. Ahora falta que domestique su desmesura. Pienso.

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Uno de los grandes males de la literatura contemporánea, al menos en España, es el abuso del yo narrativo. Lo fácil es hablar de uno mismo. Lo difícil es escuchar, observar, conocer a otras gentes. A la cajera del Condis, al padre de familia conservador, al director de periódico, a la señora que ve Sálvame. Y escribirse decenas de páginas construyendo un personaje a través de sus acciones y sus pensamientos. Todo eso, pasado por el filtro de la visión personal de un autor, sí es interesante. Sí puede ser narrativa de primer orden.

Eso me lleva a sospechar por qué el divorcio entre la sociedad española y su mundo literario, un mundo enclaustrado en esos suplementos culturales que leen cuatro interesados, enredado en vendetas y cuchilladas mezquinas (suponemos que por el deseo de no tener que repartir un pastel menguante entre demasiados), mirándose el ombligo del yo narrativo en lugar de contar la vida normal o la extraordinaria, pero la del resto del mundo. Basta ya de metaficción. Volvamos a los rusos.

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A la mierda el espectador medio, dicen que dijo el creador de una de las recientes series de éxito en la televisión norteamericana (no recuerdo si Los Soprano o The Wire). Algunos creen que eso significa que hay que ser hermético hablando de cosas que solo entienden los listos. Pero no se dan cuenta de que es charleta de grupo de amigotes. Todos tenemos nuestros léxicos familiares, de pandilla... y podemos hablar en claves que solo nosotros entendemos, sintiéndonos superiores. Mi pregunta es si una novela debe ser eso. Joyces solo hay uno.

De verdad, que ya no puedo con la posmodernidad literaria. A ver si pasamos al siguiente post-

* * *

[La crítica literaria en España: eso daría para reflexionar mucho. O es complaciente, o es brutal, y ésta casi siempre desde el anonimato. De ello se habló en el Encuentro de blogs literarios que se organizó en el Medialab Prado hace una semana, del que quizá hable]