martes, 21 de febrero de 2012

Lo moden-no

Hay que ser absolutamente moderno”, dijo Rimbaud. Y siglo y medio después sufrimos aún las consecuencias. Esa frase, además de intimidatoria, comenta Calasso en La Folie Baudelaire, ha dejado innumerables víctimas, numerosos “escritores con frecuencia mediocres, pero decididos a todo, con tal de seguir la consigna de lo que los había cegado”. 
En los últimos tiempos recibimos noticia constante de gente no consciente de que de nada sirve que sean ellos mismos quienes digan que son innovadores, pues a la larga, si son revolucionarios o tecnoplastas, lo habrá de juzgar el digital tribunal del tiempo, siempre implacable. Dickens o Kafka nunca presumieron de cambiar la historia de la literatura ni la historia de nada y sin embargo la cambiaron.


El artículo completo en EL PAÍS.

Leo estos días Fresy Cool, un artefacto narrativo escrito por un tipo de 24 años aspirante a copar parte del debate literario por venir. Es la novela una obra de la estirpe del nocilleo aunque de mucha mayor envergadura. Sensaciones encontradas iniciales. Y cierto hartazgo a medida que avanzo. La sensación de ser otra vez engañado por buenas intenciones metaliterarias. Por malditismos exacerbados. Veremos. Y os lo contaremos.

Mientras tanto, no olvidéis que es el 200º aniversario de Dickens. Una excusa como cualquier otra para aprender lo que es una novela. Decimonónica. O quintillesca. Novela, básicamente.

martes, 7 de febrero de 2012

El crepúsculo de la vida: Paul Auster vs. Julian Barnes

Me imagino que moriré más bien como mi padre, en el hospital, en medio de la noche. Espero que una enfermedad o un médico digan que acabo de 'marcharme' y que haya alguien conmigo al final, muera o no en un hospital. Presumo que mi fallecimiento habrá sido precedido por un dolor agudo, miedo y desesperación por el empleo a mi alrededor de un lenguaje impreciso o eufemístico. Confío en que la persona a quien le entreguen la bolsa con mi ropa no descubra dentro un par de zapatillas sin usar, marrones y con un cierre de velcro. Quizá mis pantalones pueblen algún banco de parque o una pensión lúgubre durante una estación o dos después de mi muerte"

Me había reservado para el día que hubiera que escribir su obituario esta cita de Julian Barnes en Nada que temer, un ensayo autobiográfico sobre la muerte, el más allá, creencias e increencias al que me referí en otra ocasión, un honesto ejercicio de instropección al mismo tiempo que una reflexión sobre la muerte.

Es inevitable pensar en ese libro (traducción de Jaime Zulaika para Anagrama, 2010) al leer The sense of an ending, del mismo Barnes, novela ganadora del Man Booker 2011. Se trata de una obra de ficción, pero tiene el mismo tono de mirada al pasado, de nostalgia, de ajuste de cuentas con la vida, quizá de preparación para el final.

History is that certainty produced at the point where the imperfections of memory meet the inadequacies of documentation" (p.59)

"La historia es la certeza que surge cuando se encuentran las imperfecciones de la memoria y las deficiencias de la documentación", escribe -en primera persona- el narrador de la novela, citando a un viejo compañero.

Se puede decir que el encuentro entre esas imperfecciones y esas deficiencias es la plantilla sobre la que Paul Auster construye Diario de invierno, su último libro, que sorprendentemente ha llegado antes al mercado español que al norteamericano.

Se trata de un inventario de su vida, pero si el de Barnes (Nada que temer) era inventario de sus ideas sobre la muerte y la religión, la peculiaridad de la mirada austeriana es que el punto de vista desde el que parte es el corporal. Una pretendida historia de su corporalidad danzante por el mundo.

Ésa ha sido la historia de tu vida. Siempre que llegas a una encrucijada en el camino, se te destroza el organismo, porque tu cuerpo siempre ha sabido lo que tu intelecto desconocía, y sea cual sea la forma que elija para descomponerse, con mononucleosis, gastritis o ataques de pánico, tu cuerpo siempre es la zona más afectada por tus miedos y batallas interiores, y acusa los golpes que tu mente no puede o no quiere encajar" Diario de invierno, Paul Auster; subrayado pos. 2452-56

"Has entrado en el invierno de tu vida", es la última frase del libro. The sense of an ending. Cobrar sentido sobre el final de la vida.

Pienso que nuestra temporalidad hace que el juicio exacto sobre lo que hemos sido -y, por tanto, lo que somos- llegará cuando la conciencia del final sea manifiesta. Solo lo acabado es ponderable en su justa medida.

Por eso, para pipiolos como el que esto suscribe, consejos y análisis desde el crepúsculo son especialmente necesarios. Y suculentos.

Lo que más me fascina en el ser humano, lo que me parece más dramático, es su (mi) volubilidad. El cambio. La caducidad. La erosión. La muerte. De los sentimientos, de las emociones, de la vitalidad. De ahí también que la nostalgia, la melancolía, la reflexión sobre el pasado, sea un recurso literario de primer orden.

Dicho esto, me quedo de calle con la mirada de Barnes.

Yo, que no he sido un gran lector de Auster, he leído puntualmente sus últimos cuatro libros tras caer enamorado de su narrativa con El libro de las ilusiones. Y en todos ellos percibo más o menos los mismos aciertos y errores: Auster es un narrador enorme, te arrastra de página en página incluso cuando las historias son una castaña; pero para mi gusto, es demasiado superficial, no basa las historias tanto en la verdad de lo que cuenta, de sus personajes, como en el artificio con que las construye. Es la suya muchas veces, una literatura de taller creativo (como ya dije a raíz de Invisible), y una literatura además despojada de lírica, demasiado fría a veces.

Me imagino a Auster en su estudio obsesionado con encontrar nuevos enfoques para contar una historia. Y es algo que aprecio, porque yo también creo que el narrador debe reinventarse continuamente, tratar de aportar algo con su arquitectura narrativa, pero no hasta el punto de sentir que le importa más eso que lo que quiere contar (lo de la 'autobiografía corporal' es un claro ejemplo de ello). Me gusta sentir, cuando leo un libro, que el autor necesitaba decir lo que está contando, sea un ensayo o una novela. Y eso no me pasa con Auster desde hace tiempo.

En una entrevista reciente Auster decía que "durante muchos años siempre tuve claro cuál sería mi próximo libro. Pero desde hace siete años, desde Brooklyn Follies, trabajo sin saber exactamente lo que haré a continuación. Los cajones están vacíos. Ahora escribo a más velocidad y mi concentración es mayor, pero también estoy más perdido que antes. Tal vez llegará un momento en el que no tenga ninguna idea más".

Quizá eso tenga algo que ver con lo que digo.

[The sense of an ending es, por cierto, uno de los acontecimientos literarios del año pasado. No dejéis de leerla cuando se publique en español. O ya mismo. Me ha encantado descubrir que en su crítica, The New York Times lo compara por el tono con Retorno a Brideshead o Los restos del día. Pienso -el tiempo lo dirá- que el de Barnes comparte altura literaria con los de Waugh e Ishiguro, clásicos ya de la literatura inglesa]