miércoles, 17 de octubre de 2012

Vivir es cambiar (o una de leve morriña)

Aquella visión le abismó en intuiciones sobre la Creación que nunca le había provocado la Capilla Sixtina. Hablamos de un viernes. Doce de octubre. Pero creo que la fecha solo podrá importar ya como una boya en el mar de la memoria. Cuando pasen los años dirá, sí, "recuerdo, qué felicidad, aquel puente de la Hispanidad en Galicia" o "aquella cachondísima conversación sobre horóscopos fue, cómo olvidarlo, un sábado 13 de octubre, cuando la ebria centollada en el bar de Manolo" o "la miré con deseo y algo más al arrimarnos ya al crepúsculo de aquel domingo soleado y la luz del sol, oblicua, se balanceaba en el aire como un botafumeiro, esparciendo a cada lado del crucero de la tarde compostelana su aroma a otoño". Lo dirá, sí, pero ¿acaso una hoja de calendario concreta es capaz de incoar la felicidad que aquel día se produjo?

Hablamos de un viernes 12 de octubre, pero esa fecha será exclusivamente un ancla en el tiempo para un gurruño de emociones a las que volver como una abuelita que teje. ¿O acaso porque era viernes o porque era 12 de octubre recibió la suave bofetada de felicidad que supone sentir la belleza extrema de la naturaleza, contemplando Fisterra y el horizonte desde el mirador de Ézaro? ¿O quizá solo porque era domingo se sintió completamente purificado en un rincón de la catedral por la confesión sacramental, de la que son imagen todas las confesiones de hombre a hombre, también la petición de perdón que dos días antes había balbuceado a altas horas de la noche en La Flor como un vómito de orgullo necesario? No. No era el día de la semana, ni era tampoco el almanaque, los responsables de conectar como nunca con la buena amiga, el gran amigo a los que no le dio ninguna vergüenza abrazar.

Y, sin embargo, hablamos del tiempo porque no hay otra. Nos hacemos la ilusión de que nada cambiará; jugamos a que todo será igual. Pero sabemos que no será así precisamente porque hay días y semanas en el calendario. Porque hay timeline en Facebook, esa imagen contemporánea del tempus fugit, y álbumes de fotos: ahí sales con bigote o con barba o lampiño, o calvo, y ahí más gorda o menos o esbelta o con el pelo corto cortito.

Cuando hacemos este tipo de viajes, y mientras todavía los saboreamos, queda en torno a nuestros labios emocionales la estela blancuzca de la sospecha, la de que tal vez no volvamos a pasar días tan plenos con quienes hemos sentido entonces tan cerca. La de que quizá pasado mañana las puñeteras hormonas, caprichosos astros que se conjuntan al albur de no se sabe qué influencias, nos hundan en la nada. La de que volveremos a caer en los errores por los que nos condenamos a cierto ostracismo de nosotros mismos. La de que quizá no estemos dispuestos otra vez a dar tanto afecto, tanta sonrisa. Y a recibir tantas cosquillas de la vida, de la vida con el resto de personas, valga la redundancia.

Stay the same, don't ever change / 'Cause I’d miss your ways / With your Bette Davis eyes / And your mama's party dress... Hay que hacerse el propósito, pero por mucho que te empeñes no serás la misma, el mismo. Aunque para rescatarnos de esta agridulce melancolía sale a nuestro encuentro el inefable Cardenal Newman: "En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces". Y así es más fácil enjugar la lágrima apenas apuntada.



2 comentarios:

Migrant dijo...

Historias como esta despiertan mi déspota somnolencia. Disfruto leyéndote. Quizá porque, paradójicamente, el vacío y la profundidad emocional de tus palabras hacen que me sienta identificada.
Tal vez en ese papel de “antihéroe”, en tu vida cuentes más con los silencios que con tus palabras pero en el papel sí te liberas de esa armadura. Veo que empiezas a relatar la novela de tu cabeza…Enhorabuena Agus.

Migrant dijo...

He dicho.