miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sobre todo cuando se es gerente



"Me he pasado casi treinta años trabajando en una fábrica, y debo reconocer que no hay incompatibilidad entre ser químico y ser escritor; de hecho, hay una especie de mutuo refuerzo. Pero la vida en una fábrica, sobre todo cuando se es gerente, abarca otras muchas cuestiones, muy alejadas de la química: contratar y despedir obreros, pelearse con el jefe, los clientes, los proveedores; ocuparse de los accidentes; que lo llamen a uno por teléfono, incluso en plena noche, o en mitad de cualquier celebración; lidiar con la burocracia; y muchas otras tareas de esas que le destruyen a uno el alma. Todas esas ocupaciones, en conjunto, son brutalmente incompatibles con la práctica de la literatura, que requiere una cierta tranquilidad de ánimo. De modo que para mí fue un inmenso alivio cuando alcancé la edad de la jubilación y pude dejar el trabajo, renunciando a mi alma número uno" (Primo Levi, en su conversación con Philip Roth en El oficio: un escritor, sus colegas y su obra, Ed.Seix Barral, 2008, Trad. de Ramón Buenaventura, p.20)
De esas que destruyen a uno el alma. O, como mínimo, la energía. Como dementores. Brutalmente incompatibles con la práctica de la literatura. Y es, precisamente ahí, cuando surge la admiración ante este gerente capaz de escribir las que parece son algunas de las mejores obras del siglo XX. Bravo.

Me ha llamado la atención, por cierto que, en una pregunta, Roth comenta algo que el propio Levi cuenta en El sistema periódico. Sus "antepasados judíos, que llegaron del Piamonte, procedentes de España, pasando por Provenza, en 1500". Los supongo judíos expulsados. Y me surgía inmediata la consideración: "Cuánto talento a lo largo de los siglos que quedaban por venir expulsado con los judíos en 1492".

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