sábado, 22 de septiembre de 2012

Panfleto anarquista: por el colapso



"All the way from where we came / Built a mansion in a day / Distant lightning, thunder claps / Watch our neighbor's house collapse / Looked the other way / And then the storm was overhead / All the oceans boiled and rivers bled / We auctioned off our memories / In the absence of a breeze / Scatter what remains, / Scatter what remains!"
Desparrama lo que queda. Sí. Desparrama lo que queda.

Se habla mucho estos días, estos meses, esta era, esta glaciación, de rescates. Rescate a los bancos y rescate al sistema financiero, básicamente. Desde mi ignorancia, desde mi simpleza de profano -no hay falsa modestia aquí-, me pregunto por qué. Me pregunto si ese sistema tiene que ser salvado. Si, dentro de lo pésimo, no es mejor tocar fondo.

Me he hartado de escuchar a nuestros gobernantes un argumento que se compra fácil. Comparando el estado con una familia, repiten que "no se puede gastar más de lo que se ingresa". Suena obvio. Sencillo de captar.

Luego, eso sí, las cajas de ahorro quiebran por la irresponsabilidad y en ocasiones el fraude a sabiendas de quienes las pilotaban y en lugar decir ese Papá Estado: hijo mío, has dilapidado la herencia y encima has engañado, toca pagar, depurar, pasar hambre, quizá ir a la cárcel, asumir que todos esos fondos que invertiste en el casino se han ido por el sumidero, en lugar de eso, rompen el cerdito con los ahorros de toda la familia para salvar el culo de las inversiones que durante un tiempo tan buenos dividendos le había dado.

Claro que cuando de dirigentes de cajas (políticos y sindicatos, valga la redundancia) se trata, entonces la familia se convierte en famiglia. Para proteger a su ganado de incompetentes, hay que aplicar la evangélica parábola del hijo pródigo, aunque sea a costa de expoliar lo ahorrado por el conjunto.

No es la primera vez que muestro mi desaliento de corte existencial en este rincón. Lo que siento ahora lo considero casi anarquismo indiferente. Que no lo es. Pero empiezo a sospechar que el camino es el colapso, e incluso que hay que acelerar el proceso de esa caída.

Tienen estas palabras aromas rancios de revolución ya fracasada. De peligrosas utopías. Lo sé. Y quizás sean frívolas. Lo que resulta frustrante, no al nivel de un campesino ruso que muere de hambre mientras el zar se lo pasa pipa, vale, pero frustrante al fin y al cabo para nuestro umbral de hartazgo, es el abofeteamiento al que los miembros de esta sociedad (anestesiada durante mucho tiempo, no hay que negarlo) estamos siendo sometidos por los poderosos. Por los pecados individuales de muchas personas, sí. Pero también por una estructura en la que lo que cuenta es crecer, cuando crecer es consumir y producir más.

Ante eso, el conservadurismo en la respuesta es parte del problema. (¡Nada de revoluciones! ¡Pancarteros! ¡Melenudos y ruidosos!: a veces las estructuras de orden pueden convertirse en el abuso por parte de los débiles, que no sé si lo dijo Nietzsche, pero le pega.)

Lo triste, por otra parte, es que las propuestas alternativas que más eco tienen son fantasmas del pasado, castillos en el aire ya ruinosos después de todo un siglo. Como si toda la crisis de estructuras no fuese efecto del cóctel perfecto entre la socialdemocracia más bienestarizada y el capitalismo más liberal.

No creo en las utopías. Creo en la responsabilidad personal y en la falibilidad del ser humano y de todas las estructuras que crea. Creo en el adagio que los teólogos enunciaban de la Iglesia: semper reformanda. Y eso aplicado a personas y estructuras. Pero creo que a veces las reformas requieren amputaciones o incluso el derrumbe de un puñado de tabiques.

Me voy a dormir, que estoy empezando a confundir cansancio con tristeza.

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