miércoles, 5 de septiembre de 2012

Madrid, zona de silencio

“¿Queréis hacer una obra intelectual? Empezad por crear dentro de vosotros una zona de silencio, un hábito de recogimiento, una voluntad de desprendimiento, de desapego, que os haga disponibles por entero para la obra; adquirid ese estado de ánimo, libre del peso del deseo y de la propia voluntad, que constituye el estado de gracia del intelectual. Sin ello, no haréis nada o, al menos, nada que valga la pena. 
El intelectual no es hijo de sí mismo; es hijo de la Idea, de la Verdad eterna, del Verbo creador y animador inmanente a su creación. Cuando piensa bien, el pensador sigue de cerca las huellas de Dios, no sigue su propia quimera. Cuando tantea y se bate en el esfuerzo de la búsqueda, se asemeja a Jacob luchando con el ángel y haciéndose ‘fuerte contra Dios’” (p. 6; Prólogo a la segunda edición, La vida intelectual, A.-D. Sertillanges. Ed. Encuentro. Madrid, 2003)
"Y no me da la gana de pensar que nada es para siempre / Si esta canción se acaba que acabe el mundo para todos / Todos somos nada sin las palabras dime qué nos queda" ("Tierra", Xoel López, de Atlántico, 2012)


Subiendo desde la calle Pez por la de la Madera, una de esas cuya fisonomía mejor retrata la geografía de Malasaña, y si no vas leyéndote el futuro en la puntera de los zapatos, te puedes topar con uno de los cartelitos romboidales que van anunciando por los rincones del centro de Madrid que tal o cual personaje más o menos famoso, castizo o histórico vivió allí. El de Madera fue Luigi Boccherini, compositor italiano de finales del XVIII, cuya estancia en las calles de la Villa y Corte le inspiraron su Musica Notturna delle Strade di Madrid (de la que los profanos apenas alcanzamos a pensar: "¡la de Master and commander"). ¿Quizá era entonces la capital un lugar apacible que empujaba a la contemplación y a la creatividad?

No parece. Madrid debía de ser entonces tan bulliciosa y (¿poco?) cosmopolita como lo es hoy en día, y, de hecho, como la entrada de la Wikipedia que enlazo explica, Boccherini se unió al exilio en Ávila del infante Luis Antonio "y tuvo mucho tiempo para la composición, donde completó más de un centenar de piezas".

Todo esto venía (Madre de Dios, cada día me parezco más a mi padre en lo que se refiere a los prólogos de lo que realmente viene al caso) como beatus ille del agosto madrileño. Quería ser esto un menosprecio de masa y alabanza de Corte vaciada, de los períodos vacacionales en los que el pueblo de Madrid huye. Como también Semana Santa. Momentos de solitariedad en los que no hay soledad. Remansos nutritivos para la creatividad y el espíritu. (Y un poco también para la carne, habiendo unas fiestas de la Paloma en pleno mes, tampoco exageremos). Épocas que dejan las calles un poco más limpias y puras.

Porque me pasa no sufrir peor soledad que la de estar acompañado, pero no por la persona amada. No hay peor soledad que la ansiedad de compartir ciudad, fin de semana, azulísimo cielo madrileño, con quienes quieres, y no verles mientras tienes la impresión de que algo gordo está pasando y tú te lo estás perdiendo. Ansiedad que paraliza.

Ese agosto que añoro y que terminó hace unos días ha sido para mí un mes novelesco, lleno de horas de gozosa mismidad, de baños con un buen libro, buena música y una cerveza; ratazos de sofá al amparo del aire acondicionado y de la imaginación. Agosto ha sido un mes de narrativa, de lectura y de fotones. De paseos tranquilos. De planes sin prisas. De dejarse mimar por el tiempo, en lugar de dejar que este te atropelle como ya empieza a pasar en estos primeros días del nuevo curso, de la nueva temporada. Después de este mes de narrativa, y para contradecir al estrés y al tráfago, septiembre, y octubre, y noviembre, ese otoño siempre amenazante para la salud neuronal de este ciclotímico, debiera ser un tiempo de ensayos.

Hay quien cura la depresión y el cansancio comprándose un vestido caro o unos zapatos monísimos y baratos en las antepenúltimas rebajas. Renovando o sobresaturando el fondo de armario. Bravo. Otros acallan la melancolía con alcohol y chuletones. Fenómeno. No digo que yo no sea de estos, pero a mí me hace muy feliz entrar en una librería -la amplia oferta de la Casa del Libro me conquista- y gastarme los euros en libros que quizá nunca lea porque otra compra voraz en la siguiente depre vendrá a reemplazarlos en la cola.

Volvía hoy por la Gran Vía tras un día infernal de trabajo, de esos en los que tienes sensación de no haber parado y de no haber solucionado nada a un tiempo. Me ha dejado el bus de la línea 2 frente a la Casa del Libro, y allí me he hecho rápidamente con el libro que buscaba, las Cartas a un joven poeta, de Rilke. Y en esa captura, en mis redes -o yo en las suyas, me temo- se han venido también otro par de ensayos: De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, y El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, de Philip Roth. Ya os contaré qué sorpresas o decepciones me deparan estos señores, maestros de provecho, espero, para la construcción de la persona que quiero ser.

O el personaje. Pero de eso hablaré, supongo, otro día.

5 comentarios:

Eduardo Laporte dijo...

Yo me defino como 'personaj', algo entre la persona y el personaje.

Siempre he querido acercarme a ese libro rothiano, pero el destino no lo ha querido. Igual te lo pido, jej.

Ayer solicité uno de Richard Ford, sobre autobiografía, que sacó Anagrama la primavera pasada, muy apetitoso.

Comentaremos.

Otoño es la mejor estación para escribir. Quizá también para vivir, se puede estar tranquilo ensimismado en los trabajos personales.

Agus Alonso-G. dijo...

Personaj, carcaj.

Pues ya te contaré, yo no lo conocía. Y si eso te lo dejo.

Y ya me dirás de Ford, que me gusta.

Otoño me deprime generalmente. Veremos este año.

He empezado con Rilke y mola, muy intenso.

Eduardo Laporte dijo...

Septiembre y otoño tienen muchos matices positifos. Pásate por mi blog y te explico más.

Migrant dijo...

BRAVO. Veo que si te punzan, sangras como el escritor que eres. La paradoja aparece cuando el “intelectual” vive eternamente en ese “hábito de recogimiento” porque se conforma con lo que tiene y es feliz con ello pero, no está LOCO por ello. Entendiendo esta locura como el grado máximo de felicidad. Algo que, ya sabemos, no es accesible fácilmente. A menudo, se ve ensombrecida por la resignación y pocos son los aventurados que salen a su encuentro. Yo me resigno a no ser uno de los aventurados aunque, a veces, temo acabar como Günter Wallraff, creándome una identidad ficticia, un sujeto que viva por mí todas las experiencias para que, si algo sale mal, pueda excusarme en el amparo de ese personaje. Muchas veces uno se escuda en una motivación para que “el sentido” sostenga su vida. Otros, hasta la inventamos. Esta puede ser una de las respuestas a la soledad. Dar con esa motivación es el consuelo a un día perdido. Entendamos por "perdido" continuar en la búsqueda de uno mismo. En mi caso, soy mujer que no se agobia con cuestiones de “tiempo”. Ese destierro personal me da pie a buenas reflexiones, a pensar lo que quiero en la vida, hasta dónde he llegado y hasta dónde estoy dispuesta a llegar y, cuando sea capaz de compartirlo con alguien a quien ame, regresaré de mi exilio emocional. Pero ya sabemos que esa es, quizá, la mayor batalla librada por el hombre a lo largo de la historia.

He de decir que discrepo contigo en “el peso del deseo”. Entiendo resignarse a la voluntad para no sucumbir a lo insustancial pero, ¿al deseo?. Este mueve las cuerdas que manejan la marioneta a la que llamamos “mundo”. El deseo es autenticidad, pasión, locura…es lo que te hace vibrar cuando lees una obra.

“Y hace tiempo que yo ya me fui, yo siempre me estoy yendo (…). Cuando me quedo mirando como si estuviera ausente es porque estoy viajando (…). La vida siempre tiene algo preparado que supera cualquiera de mis fantasías, nada comparado con lo que realmente sucedía”. Es curioso que escojas justo esta canción. Una vez más dejas entrever tu deseo de vivir, pero de esa forma de vida que sueñas cuando andas por las calles de Madrid “leyéndote el futuro en la puntera de los zapatos”. Me encantaría pensar que, efectivamente, hay algo que sea para siempre. Quizá, además de cierto grado de locura también conservo algo de romanticismo. No quisiera que los sentimientos empezasen a tener fecha de caducidad y que en los otoños se convirtiesen en hojas caducas. Lástima que al caminar diseccionando la personalidad de la gente a través de sus rostros me encuentre sumergida en una lastrada encrucijada como son los propios sentimientos. En una ocasión resaltaste: "Hay tiempo para leer como hay tiempo para amar". En mi opinión hay, quienes ausentes de una historia en su vida real, tal vez por temor, la viven y sienten a través de los libros.

Cuanto te leo atisbo un hombre seguro de sí mismo, que ha conseguido una gran parte de los propósitos que se ha fijado en la vida pero, no sé por qué razón hay un vacío del cual desconozco su causa. Creo que es ese mismo vacío el que te hace envolverte en ese “hábito de recogimiento” pero carente de ese deseo que mueve al escritor y que da vida a sus personajes. Aprovecha el melancólico otoño para crear. Aparca la sensación de “no haber solucionado nada a un tiempo” y con ello no me refiero en el trabajo sino fuera de él. Sé un tanto haragán. Seguro que lo mereces. Inspírate en los bullicios o refúgiate en las soledades. Prueba a regodearte en la ipseidad, lo imprevisible es “sorpresa”. Ya sabes, “fugit irreparabile tempus”. Constrúyete. Aunque en mi opinión, creo que ya lo has hecho. Te has creado un personaje en la vida e intentas proyectarlo a tus novelas. Seguro que en el fondo te sientes más cómodo siendo el “antihéroe”. No pareces ser como los demás. No tienes pinta de ser rutinario ni de ir en la corriente en la que nadan las masas. Di lo indecible. Sé como una de esas cosas que tanto te gustan: inexplicable.

Agus Alonso-G. dijo...

Migrant, me has humedecido los ojos, tía. Guau... Muchas gracias por dedicarme tanto tiempo. Meditaré todo lo que dices...