sábado, 8 de septiembre de 2012

Emoción poética en el mercado

En sus cartas a Franz Xaver Kappus, Rilke pondera la naturaleza como fuente de inspiración para la poesía. Se ha alejado por enfermedad de París, "donde todo resuena y se extingue de otro modo a causa del estruendo que hace retemblar todas las cosas" y le dice que "si se atiene usted a la naturaleza, a lo que hay en ella de sencillo, a lo pequeño, que casi nadie ve, y que tan imprevisiblemente puede transformarse en grande e inconmensurable; si siente usted este amor por lo pequeño e intenta ganar con toda sencillez, como quien presta un servicio, la confianza de lo que parece pobre, entonces todo se volverá más fácil, más homogéneo y de algún modo más reconciliador, tal vez no en el entendimiento, que se echa hacia atrás asombrado, sino en su más íntima conciencia, vigilia y saber".


Me he acordado esta mañana de Rilke cuando el pollero del mercado de Mostenses me fileteaba un par de pechugas de pollo. No te rías porque no bromeo.

Es verdad que la naturaleza en su pequeñez es hermosísima. A mí me habla de Dios, Eterno Escultor, o Eterno Pollero, también, por qué no. Pero en nuestro esfuerzo prometeico de imitación de la naturaleza, qué narices, mujeres y hombres también logramos altas cotas de perfección a través de la técnica (sea arte o mecánica). Obras que conmueven el ánimo del que observa y le provocan un temblor.

Cuando esa experiencia intuitiva tiene lugar en un entorno tan aparentemente hostil a la belleza como un mercado y mientras se hace la compra en chándal y playeras, se recibe si cabe con mayor alegría, como un don inmerecido. "tan vertical, tan gracia inesperada, tan dádiva caída, que no puedo creer que sea para mí" (Pedro Salinas).

Y ahí estaba yo, mañana de sábado sin resaca, paráfrasis de lo que seguramente sea el Paraíso, cogiendo mi tique [sic RAE dicet] de la carnicería, esa que de tan buenos medallones de solomillo me ha surtido (también daría para tres o cuatro églogas urbanas el buen trabajo del trío que atiende su mostrador), y aprovechando la espera para bajar a la planta sótano y hacerme con algo de pollo. Con prisas.

Qué bien, nadie espera. Finiquitemos esto y a otra cosa mariposa, que el sábado está lleno de promesas. Le pido tres muslos deshuesados. "¿Muslos o contramuslos?", me dice con cierta altanería que un capullo -yo mismo con menos horas de sueño- leería con mala leche racista: estos sudacas. En cambio, veo en la pregunta la guía del maestro que sabe lo que quiero. Yo, neófito del mundo doméstico, comprendo que sí, que lo que quiero son contramuslos. "¿Algo más, hermano?". Coge las pechugas, brillantes, orondas, y las pone sobre el papel plástico de envolver. Las corta cuidadosamente y las despliega como quien prepara el pañal para su hijo, o como quien disecciona una rosa. Llega entonces la epifanía y el día tiene otra pintura. Nos vamos a casa felices y hasta envolver la carne picada para el congelador tiene algo de espectáculo de Circo del Sol, de natación sincronizada.

He titulado esta entrada "Emoción poética en el mercado". Sería más exacto decir "Poesía en el mercado", porque, como decía Chesterton, "enamorarse es más poético que ponerse poético" y el mimo con el que mi pollero fileteaba las pechugas mientras me preguntaba si quería algo más, "hermano" (y realmente lo he percibido así, fraternalmente), es más poético, o más hermoso, que yo emocionándome con ello, aunque alguno diga que todo esto no existe más que en la sensibilidad del que observa. Supongo que con este pequeño homenaje, uno solo quiere eternizar ese bello momento o cantar "que son manos como esa, que es esa mezcla trascendental de belleza ética y estética, lo que sostiene el mundo" (y aquí, Eduardo Laporte, me autocito). También -o sobre todo- al hacer filetes de una pechuga de pollo.

[*La cita de Rilke es de Cartas a un joven poeta; pp.49-50; Ed. Hiperión, 2010, trad. de Jesús Munárriz]

8 comentarios:

Rosie the Riveter dijo...

¡Genial!

Nicolás Fabelo dijo...

Ciertamente, en un acto cotidiano como el que describes pueden expresarse cosas como la belleza y la bondad, puede uno incluso reconciliarse con el mundo.

Pero lo que a mí más me turba es que también hay algo terrible subyacente que aún se te escapa (como a la mayor parte de la gente): el triste cadáver troceado de un animal joven sensitivo -con el que compartimos antepasados, hecho de la misma materia que nosotros- que fue criado en condiciones penosas y matado solo para servirte de alimento.

Un abrazo

Agus Alonso-G. dijo...

Gracias, Rosie.

Nico, yo no lo veo así. :)

Eduardo Laporte dijo...

Exquisito post con el que comulgo de cabo a rabo. Es más, sentí parecidos síndromes Stendhals en el mismo escenario del que hablas, cuando moraba a dos calles del mercado citado. En concreto, y esto tiene también su miga, en la sección de Casquería. Todos esas visceras tan espectaculares, y los micronervios de los sesos de los que creo que habló, o si no habló, poco le faltó, el amigo Gómez de la Serna.

Y qué maravilla los sábados sin resaca. Cada vez soy más partidario.

Eduardo Laporte dijo...

Joder, cuatro intentos me ha costado el puto captcha ese

Agus Alonso-G. dijo...

El captcha es ETA. Joer, pues probaré la experiencia casquera.

Los sábados sin resaca son maravillosos y ahora hay que ir a por los fines de semana enteros sin resaca...

Eduardo Laporte dijo...

Lo que es fundamental es suscribirse a los comentarios... Durante años llevaba una 'cuenta mental' de los blogs que había comentado, para ver el posible feedback posterior, y nada más coñazo.

Agus Alonso-G. dijo...

Jajaj, sí.