lunes, 25 de junio de 2012

Fragmentos de un diario etíope (I)


Día I. 6 de junio de 2012. 21.00

La jornada de mi aterrizaje en Etiopía llega a su fin. Trato de esbozar un germen de diario, a solas, en mi habitación. Hacer balance del día desde una mirada literaria. Hay que levantar acta de esta experiencia que a mi alrededor muchos –sobre todo muchas- dicen envidiar.

Pero después de un rato intentando encontrar frases, desisto. Estoy convencido de que lo que ahora soy capaz de relatar no haría justicia a este lugar ni al sitio que me acoge. Si uno trata de escribir después de haber dormido poco, tras un viaje de 18 horas con tres vuelos diferentes, y con el disgusto de que le hayan robado la cartera con todo el dinero y la tarjeta de crédito, la mirada solo puede ser turbia.

Y me niego a comenzar mis dieciocho días aquí con lamentos y amarrado a la nostalgia. Eso solo haría de la experiencia algo parecido a un infierno. Pido a Dios, de hecho, que el sueño sea reparador y mañana sepa afrontar la vida aquí con el mejor de los ánimos.


Día II. 7 de junio de 2012. 22.15

En la misión de Saint Mary, antes y después de cada comida le toca a alguien improvisar una bendición y una acción de gracias. Religiosa, laica, mediopensionista... dependiendo de las convicciones de cada uno.

A mi llegada, además de Abba Melaku (así se le conoce aquí al padre Ángel Olarán) y otros dos Padres Blancos negros, valga el oxímoron graciosoide, hay otras nueve personas. Somos trece en total. Apretados cabemos en una de las dos mesas rectangulares que ocupan el comedor.

Digo que en cada comida le toca a uno improvisar. Si yo tuviese que improvisar ahora una acción de gracias de final del día, sería algo así como “gracias, Dios mío, por la fortuna de haber descubierto otro mundo, en muchos aspectos no tan diferente del nuestro, y en tantos otros completamente distantes, pero gracias, sobre todo, por haber vivido una jornada rodeado de amor”.

Porque si hace apenas 24 horas estaba depresivo y aferrado a la nostalgia, esa ansia de lo no presente, ahora me encuentro feliz. En efecto, mi muy cínico lector, yo también me digo “sí, muy bien, pero y mañana, ¿qué?”.

El día empezó con una ducha a base de jarrazos, si entendemos por jarra media botella de plástico, debidamente mutilada previamente con la tijera para las uñas de los pies. Raramente hay agua corriente en la misión, así que esta se acumula en varios depósitos y bidones de los que uno hace acopio con cubos y botellas. De esa agua hay que tirar para la higiene personal.

Así que, de buena mañana, bien servido de horas de sueño, me duché en chancletas sobre un plato lleno de mugre y, luego descubrí, atascado. Un jabón de manos que había en el baño y mi HyS hicieron su labor.

Aquí toca decir que el deprimente expolio que sufrí en Makele algo de vía purgativa ha tenido hacia el despojamiento necesario aquí. Cuando ayer llegué a mi habitación y empecé a deshacer la maleta, vergüenza me dio la cantidad de ropa, calzado y aparatitos electrónicos con sus correspondientes cargadores que me había traído. Tener que ducharme en las circunstancias que relato no ha hecho sino subrayar la rídícula exuberancia de mi equipaje.

La mañana comenzó con el desayuno. Y es precisamente eso, la convivencia con las maravillosas gentes con las que me ha tocado compartir estos días, lo que ha insuflado a todo mi día como un aliento de gozo. Me dice Lierni, una joven y chiquitilla –pero muy mona- ingeniera que lleva aquí diez meses trabajando en la construcción de una presa, que he llegado en un buen momento porque somos pocos y todos gentes, digamos, que aportan, o que al menos no restan. Y es cierto.

En el desayuno mi atención se centró en el abba Malaku, al que escucharle contar historias de sus más de veinte años aquí es conmovedor. El horror vacui a no tener nada que hacer en estos días se ha disipado cuando ha surgido un plan al que me he podido sumar: visitar un proyecto a 20 minutos en coche de Wukro. Primero a través de la carreta asfaltada construida por los chinos, y luego por caminos de tierra, hemos llegado al lugar, donde se trabaja para construir gaviones en el cauce de un río y una pequeña presa que sirvan para aprovechar durante todo el año las aguas de la temporada de lluvias y así irrigar las tierras de los alrededores, mucho más verdes de lo que al parecer eran hace cuatro años.

La visita, una pequeña excursión por el monte, ha sido muy interesante. Mulu nos ha explicado con gran diligencia y buen humor en qué consistía el proyecto. De la misión veníamos en la camioneta Mikel, Kontxi, Ainhoa, Eva y yo mismo, además de Mulu, Daniel (con acento en la a) y una chica de la zona.

De todos ellos, me quedo completamente fascinado con Mikel, también padre blanco, y amigo personal de Malaku, con una vida que ni Joseph Conrad. Además de haber sido misionero 40 años en Argelia, donde era profesor de formación profesional, se metió luego en un barco, donde estuvo cuatro meses como uno más de la tripulación, y ahora trabaja en Bruselas en un proyecto para la integración de musulmanes en Europa. Antes de Argelia, vivió en Canadá… Pero qué sonrisa, qué normalidad, qué entrega y sacrificio. Un tipo lleno de amor desinteresado.

Él ha sido uno de los grandes responsables de que mi jornada haya alcanzado una plenitud, entre otras cosas por el detalle de interesarse sobre el atasco de mi ducha. Finalmente, lo he logrado arreglar gracias a la ventosa que él mismo se ha encargado de buscar en la cocina.

Mikel ha venido con Santi, que es su primo, y Kontxi, mujer de Santi. Santi es otra de las atracciones del equipo. Es un cirujano que se acerca a los sesenta -Santi, si me lees: "que tiene cincuentaypico"- y que se está dedicando a operar en el hospital de la ciudad y a dar consejo médico a los enfermos del entorno de Saint Mary. Hoy ha comenzado el día operando a las ocho de la mañana y lo ha acabado después de cenar en algunas de las casuchas de las gentes enfermas. Y no ha perdido ni sonrisa, ni buen humor. Kontxi parece hecha de la misma pasta.

Otro de los momentos grandes de este día ha sido mi primer contacto con los huérfanos que acuden a la misión. Los mayores se supone que estudian y los más peques tienen clase de inglés a las cinco de la tarde, impartidas por Jorge, un donostiarra de origen maño recién salido de la carrera que lleva aquí tres o cuatro meses. Porque, por cierto, el cupo vasco es abrumador: Malaku, Ainhoa, Eguski, Mikel, Santi, Kontxi, Jorge y Lierni. Solo Marta, Eva y yo, y los otros dos abbas, que van muy a su aire, hacemos frente a la hegemonía vasca.

2 comentarios:

Crónicas Marianas dijo...

Deseando que lleguen las próximas entregas del diario etiope.

Agus Alonso-G. dijo...

:) ;)