sábado, 17 de marzo de 2012

Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo

El hispanismo estadounidense, por su parte, no tardó en prestar en atención a esta novela que serviría para ejemplificar las posturas de todas las escuelas interpretativas, desde las más tradicionales hasta las situadas en los extremos postestructuralistas, pasando por la sociología de la literatura, el marxismo y los llamados Peace Studies. Durante lustros Ander Alkarria sería llamado de todos los lugares imaginables para hablar de su novela. Su fama empezó a decaer hasta ser completamente olvidado cuando, hastiado de comparecencias públicas, cócteles y universidades de verano, se dedicó en serio a escribir. (p.77; Ventajas de viajar en tren, Ed. Tusquets, 2011)

En ocasiones, tengo crisis de gusto. Le pido mucho a la narrativa y me pasa que acabo una película o un libro en muchos casos ampliamente elogiados con la sensación de que "bien, pero ya". ¿Me habré vuelto demasiado exquisito?, pienso. Quizá han dejado de gustarme como solían el cine o la literatura. Ya no estoy enamorado.

Y entonces te encuentras con esas obras que te reafirman en tus exigencias. La novela de Antonio Orejudo, que fue publicada en 2000 por Alfaguara y ahora ha sido reeditada por Tusquets, es una de ellas.

La tenía ahí esperando, casi me había olvidado de ella. Un libro de 150 páginas que me habían descrito como "de Barco de Vapor", ideal para leer metido en un baño de agua caliente y espumosa. Han sido dos horas de eso que algunos llaman suspensión de la incredulidad y yo llamaría suspensión de la baba. Y lo mejor es el descubrimiento de este libro es una puerta abierta a otros. Me relamo.

El comienzo del libro ya lo querría yo para uno que yo escribiese:

Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda.

Y ese "imaginemos" me parece antológico, porque en efecto explica maravillosamente lo que yo entiendo por narrativa y adelanta lo que esta novela hace con maestría de primera línea: inventar historias, pero inventarlas haciendo eso que algunos llaman suspender la incredulidad, especialmente complicado en el laberinto de juegos entre realidad y ficción en el que Orejudo se y nos mete y que al final te deja satisfecho de ficción de la buena, como quien se ha metido un menú degustación en Casa Juan.

Además de su inventiva, a la que encuentro el regusto del mejor Auster, Orejudo ofrece dos de los elementos que exijo a las obras que me enamoran. Una escritura cuidada y original, de calidad y fresca, acerada, y una arquitectura narrativa que me sorprenda. El artificio, que junto a ese "imaginemos" da sentido a la narrativa. La capacidad para manufacturar la realidad con tal maestría que el pan resultante te parezca más auténtico que la harina y más natural que el trigo.

Y todo esto, que en el tren le había parecido extraordinario, pero posible, verosímil y hasta divertido, sintió que se iba convirtiendo conforme ella lo relataba en una cómica sucesión de disparates, como esos sucesos perturbadores, como esas ideas geniales que se nos ocurren en sueños, y que al verbalizarlas se diluyen en el aire o dejan al descubierto su condición de gilipollez. (p.136)