jueves, 15 de marzo de 2012

Donde Mafalda me lleva a Terrence Malick

Dos películas -dos peliculones- han pintado recientemente el mundo de las emociones y las sensaciones infantiles con una destreza que encuentro sublime: Where the wild things are, de Spike Jonze, y la malickiana The tree of life (y me disculparéis el esnobismo de llamarlas por su nombre original, pero hace tiempo que formamos parte de la OCDE).

Hablo de emociones y sensaciones, no de personajes o caracteres; de pintar y no de retratar. De lírica. De percepciones inaprensibles con las que conectamos a un nivel superior, intuitivo. No hablo de narrativa espilbergiana (que también me pirra).

Esa languidez de los chavales del barrio residencial del EE.UU. de mitad de siglo XX que moldea la cámara de Terrence Malick. Ese tedio vital que llenaba muchas tardes de nuestros veranos. Esas heridas de la soledad y el egoísmo típicamente infantiles que Jonze arropa con musica de Arcade Fire y Karen O. Hiperestesia preadolescente.



Se ensalza la infancia como tiempo de felicidad ininterrumpida. Entonces las preocupaciones, dicen, eran chorradas. Niego la mayor. Aquellas chorradas, entonces, para nosotros, eran el fin del mundo. Y aquellos años estaban tan llenos como ahora de momentos aburridos, de retales de tiempo tirados en las esquinas, tic-tacs del segundero un punto depresivos, acompañadamente solos porque en un momento dado no formábamos parte de la camaradería de nuestros hermanos o así lo sentíamos.

Gracias a Dios estaban los libros. Y mis mejores lecturas de infancia vienen asociadas a esos largos veranos de huertas bercianas y eras, de petardos junto al pajar y gallináceas y boñigas de vaca que salpicaban las pantorrillas desnudas: La historia interminable, El Señor de los Anillos, La potencia de uno, Sherlock Holmes, Gaston Lerroux, los papeles de Pickwick...

Toda esta evocación de la languidez veraniega y medio campestre viene a cuento por Mafalda, cuyo aniversario se celebra hoy. Mafalda me lleva al sopor de la sobremesa en "la solana", aquel cuartito de estar del piso de arriba en la vieja casa del pueblo, donde había una estantería y un televisor en blanco y negro con dos canales donde veíamos El príncipe de Bel-Air y el "parte" con mi abuelo, donde vi a Rebollo encender la antorcha en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona junto a mi tía-abuela.

Precisamente a mí tía-abuela, no mucho mayor que su sobrino, mi padre, pertenecía aquella estantería llena de libros de lo más variopinto, desde manuales de cocina, libros de moda y guías de viajes a dos o tres novelas con portadas y títulos bastante inocentes pero que en aquel momento me erotizaban. Entre aquella descriteriada colección, estaban casi todos los cuadernos cuadrangulares en los que se recogían las tiras protagonizadas por esa simpática pedantorra con pelo acacerolado, Mafalda.


Me considero un gran detractor no de los cómics, pero sí de su elevación y encumbramiento como manifestación cultural de primer orden que vivimos estos días. El esquematismo como gran herramienta narrativa. La lectura facilona frente al esfuerzo intelectual. Pero a Quino lo considero uno de los grandes autores del siglo XX. Gracias a Mafalda, tiene un hueco en el Parnaso. Me pregunto qué de intuitivo y qué de intencional y racionalizado tiene la creación de esa galería de personajes. Pero mezcló socarronería, acidez y ternura en un combo tan perfecto que me parece genial. Sabiduría socrática y ternura de cuento popular. Narrativa de viñeta de periódico y profundidad de relato chejoviano. Haikus del humor ilustrado.



Mafalda me lleva a Terrence Malick. Me pongo Youth Lagoon en Spotify. Un rayo de esta primavera adelantada se cuela por la ventana y me acaricia en los labios. Sabe a veranos en la solana, a suelo de madera, a bambas manchadas de mierda vacuna, a fútbol junto al establo y moscas que dan el coñazo junto a la oreja, a avispas junto a la reguera. Tengo que volver a leerme El vino del estío, de Ray Bradbury, para cerrar este círculo perfecto de evocaciones rurales.

Mi infancia fue muy feliz. O así la recuerdo.

1 comentario:

kañita dijo...

Si, a mi me pasa lo mismo. Y la desgracia es que hay muchos niños que no pensarán lo mismo cuando sean mayores.