sábado, 28 de enero de 2012

Un viernes en mi Madrid

Nunca escribas a partir de las tres de la mañana una entrada de blog con más de tres cervezas en el cuerpo. Regla de oro que me dispongo a incumplir. Es esta una noche, cual magdalena proustiana, llena de evocaciones.

Celebraba Isma su cumpleaños. Lo celebraba su mujer, realmente. Una fiesta sorpresa junto a Plaza Castilla. Entrañable. Llevaba un mes preparándola.

Calle Félix Boix. Me dije: "¿No será aquel lugar donde celebramos el cumpleaños de -, el amigo de...?". En efecto, lo era.

Me has echado en cara que no hablase de ti en este blog durante año y medio. Son muchos los motivos. Pero, más que nada, eras algo demasiado importante e íntimo como para hacer literatura de la inmediatez. Créeme. Hoy he pensado en ti, en lo bien que besabas. En lo buena que eres. En todo lo que te mereces y que yo no te he dado.

Me he reencontrado con César, con Alfredo, con el mismo Isma. Gratísimas conversaciones. Sensaciones de recuperación de trozos de vida que uno se va dejando por ahí tirados como por descuido.

Y es uno afortunado cuando testigo de esos gestos de amor sincero, abnegado. Patricia preparando con mimo y dedicación esta noche sencilla, unas cervezas, unos panchitos, unas tortillas compradas, unos sándwiches de paté untados por ella misma seguro que a matacaballo. "¿Tú crees que ha disfrutado?". Y todavía dándote las gracias por haberte presentado en ese rincón de un Madrid que no te interesa. Que no, Patricia, que no, que gracias a ti por hacerme presenciar esta ceremonia del amor, que eso es en definitiva todo esto. Amor vuestro de compañeros y amantes, y con ocasión de ello amor nuestro de amigos.

Recorro la Castellana de parte a parte, en un taxi, silencioso, hostil a cualquier intento de conversación del conductor. Mecido por esas hondas impresiones afectivas que no son una mera exaltación de la amistad.

Qué suerte tengo, es lo único que quiero pensar.

La noche acaba con un paseo por Gran Vía, música pop contemporánea en mis auriculares, embocando la calle Estrella y caminando unos paso por detrás de una pareja. Él lleva unos pelos como los de Montxo Armendáriz. Me dan ganas de hacerle una foto coñera con el iphone y colgarla en Facebook: "Un Montxo Armendáriz wannabe".

Llego a mi portal, donde ellos se han detenido también. Él me sostiene la puerta. Es Montxo Armendáriz. Me dan ganas de decirle: tío, cómo me jode que no te hayan nominado tu película a más goyas... Pero soy su vecino, el del segundo, y no corresponde ese tipo de frikadas de gruppie. Le cedo yo el paso a él.

Estamos en Malasaña, señores. Y a mí, chico de la periferia, vallecano de Moratalaz, me hace un poco de gracia todo esto. Imposible no sentirme un poco extra de una serie, de un telefilme. Tiene todo esto algo de ficción, de tratamiento de guion, de trazos para un boceto de un algo más.

Quizá lo nuestro es eso, una novelita, un esbozo de capolavoro, el esquema para una sinfonía.

2 comentarios:

Agus Alonso-G. dijo...

Este final de entrada me ha sonado laportianísima.

Ingrid dijo...

Ayer estuve en la Romareda viendo a nuestro Rayito :-)