jueves, 12 de enero de 2012

'Luz de noviembre (por la tarde)', de Eduardo Laporte

Preguntado el entrañable y sabio José Jiménez Lozano (mañana se muere y nadie se acuerda de él) acerca de qué libros "hay que leer", nos decía, pillo él, que a los clásicos "y a los amigos".

En 2011 he leído poco, muy poco, aquí lo confieso. Algún clásico, alguna novedad liviana... Y a un amigo, y de los buenos, de los muy buenos. Edu, nuestro náuGrafo, ha dado a luz ese Luz de noviembre (por la tarde) que ha golpeado las librerías españolas este otoño.

El libro, os lo digo desde la más amistosa subjetividad, se hubiera merecido un panegírico lleno de lirismo y alambicado hace dos meses y pico, cuando me lo leí. Recuerdo entonces incoar mentalmente alguna comparación con el Mortal y rosa umbraliano, esbozar alguna imagen aguda que buscaría epatar el paladar de ciertos lectores de este blog y hubiera emocionado al autor.

El libro descansa ahora a mi lado y me temo que no puedo hacer el elogio debido de su belleza estética, que la tiene, porque tristemente su huella ha ido desapareciendo de mi sensibilidad: ya ha corrido mucho río, mucho tiempo relativo, experiencias fugaces, inputs, percepciones de todo tipo que se amontonan y a uno le van acorchando el paladar para lo que realmente importa.

Y, sin embargo, me gustaría aportar algo que creo no se ha dicho de esta novela-diario-autobiografía-narración-nivola. Muchas amigas y fans de Edu se han sentido tocadas por la narración de un hijo veinteañero que ve morir a sus padres en un lapso de menos de doce meses. Incluso su editor hacía en la presentación una interpretación apasionada de una supuesta honestidad de la introspección.

Conocen o seudoconocen al autor y llevados(as) por un sentimentalismo de saldo en el mercadillo de los afectos se han apresurado a compadecer a la persona, como si hubieran leído un libro de Almudena Grandes. Se han olvidado de la literatura, del espíritu, es más, del zeitgeist que rezuma por todas partes esta obra, y que es posiblemente su mayor valor -junto a la propia prosa: segura, flexible, madura, cargada de intención-.

Laporte -y le llamo por el apellido para distanciarme de la persona y juzgar el producto de su ingenio- ha narrado desde la asepsia emocional, desde una involuntaria contención (¿naturalidad o brutal distanciamiento?, es la duda), la muerte de sus padres, las personas que generalmente más marcan la vida de las personas.

Ayer recordábamos el Mersault de Camus. Y aunque el protagonista de Luz de noviembre (por la tarde) no llega a esos límites de extrañamiento que rozan la inhumanidad, hay abundantes reflejos de ese ser posmoderno solitario. No hay que olvidar que el libro se escribe desde la distancia, unos años después, es una deglución de los hechos ya rumiados, un dolor suponemos medianamente digerido.

Hay a ratos chispazos que nos hacen ver que quieren salir a borbotones el romanticismo, la sensiblería, el llanto dolorido del narrador... pero al final se impone la sobriedad color ikea. No sabemos si este podía haber escarbado en sus sentimientos como quien hunde sus manos en el suelo, llenándose las uñas de tierra, y decidió la distancia emocional, que es una forma de defensa, o simplemente se dejó llevar por esa especie de frialdad de cirujano porque no le quedaba otra.

Tengo la suerte de conocer al Edu amigo, persona, y sospecho que ese secreto se lo llevará a la tumba.

No hay comentarios: