miércoles, 10 de agosto de 2011

Countdown

Cuatro días para volver a Madrid, y no debiera tener tiempo ni para ponerme a hacer literaturas por este blog -porque eso es lo de aquí, pura literatura- de cómo se me van los días entre los dedos. Acabo de volver de tomarse unos vinos con queso en una azotea de Madison Avenue, sencilla pero precisamente por eso agradable. No está uno ya para multitudes.

Multitudes que me sorprendieron desagradablemente en el MoMA. Me habían avisado de la fantástica colección del museo y aun así casi me caigo de culo. Nada más llegar, un cara a cara con Cezanne me puso en mi sitio. O en el suyo. Fue entonces cuando empezó a exasperarme el hecho de que dejen hacer fotos...

En esta puta sociedad del simulacro, el borreguismo de la masa viene definido por su capacidad acrítica de hacer fotos. (Toma machada reduccionista.) Cámaras reflex, esmarfones, flips, lo que sea. La gente hace fotos peores que una postal. En vez de disfrutar de Van Gogh, de Monet, de Picasso, de Léger, de Miró, de Kandinsky, se hacen fotos con sonrisas estúpidas junto a sus obras, quizá para colgarlas en Facebook, como si estuviesen junto a una imitación de la Estatua de Libertad. Por un momento, a punto estuve de eregirme en un Jesucristo del Arte, tomar unas correas y expulsar a toda aquella gentuza del museo cual mercaderes de la inepcia.



Al final, me puse los cascos, musiquita, evasión, y victoria. El edificio, que subraya las masas de turistas, una castaña. La colección, fantástica.

Necesitaba este ensimismamiento. Y en esa línea introspectiva, estuve en el norte de Manhattan, en una iglesia románica transplantada directamente desd España y Francia. No es que sea una locura. Para un hispano que se ha batido el cobre turístico por Huesca, no impresiona. Pero encontrase uno en Manhattan como si estuviese en Segovia, pone los vellos como escarpias.

El domingo salí para Boston. Apenas dos días, pero intensos. Me alojaron Donald y Gina, dos amigos de una sensibilidad y un saber estar exquisitos. Después de un Nueva York en el que se hace difícil no hablar español, ha sido una inmersión en América. La fisonomía bostoniana es más europea que la de Nueva York, pero no sus gentes. Tuve tiempo para descubrir el béisbol gracias a un televisado Red Sox-Yankees, un Madrid-Barça del beísbol.

En los museos bostonianos (yo vivía en Cambridge, al otro lado del río) he descubierto un puñadito de pintores figurativos de comienzos del XX. Sobre todo a John Singer Sargent, pintor figurativo de principios de los años cuyo "El Jaleo" es fruto de su paso por España. Antonio Mancini, Anders Zorn o Cushing son nombres que me guardo en la buchaca.

Es este un post que debiera ser un puñado de post. Hablar de la masa alienada que turistea por llenar la hoja Excel de lugares visitados (y fotografiados) da para un chorreo de párrafos agudos. Contaros la experiencia de los muchos manhattanes que hay en manhattan (aunque me decía una manhatteña que no, que lo del calustro no es Manhattan: buah, le digo yo) es una entrada. Un día de bicicleta bajo la lluvia recorriendo Manhattan de orilla a orilla da mucho juego, literatura épica. El descubrimiento de autores fuera del canon vanguardista de comienzos del siglo XX que he descubierto en Boston, más. Donald y Gina, ellos -y su casa, de la que no he sacado ni una foto, y los partidos disfrutados junto a ellos- darían para tres entradas. Y el deseo de no marcharse. Y.

Pero parece que cuando uno vive con tanta intensidad, el tiempo para la literatura se acorta. Vivir o escribir, parece que es el dilema.

4 comentarios:

Nicolás Fabelo dijo...

Bueno, Agus, ¡que te quiten lo danced en NY!

Agus Alonso-G. dijo...

Pues así es, compañero Fabelo, así es.

Anónimo dijo...

Algunos vivimos más, al leer lo que escribes.

Agus Alonso-G. dijo...

Muchísimas gracias, Anónimo, nada me podía resultar más halagador.