viernes, 8 de julio de 2011

Notas para una historia

He conocido a una persona estos días que podría ser la base perfecta para el personaje que protagonizaría la historia que os contaba hace unos días. La de los cinco años. Una vida en cinco años.

Se trata de un libanés de nombre español, imaginemos que se llama Alberto -su familia es cristiana maronita y es costumbre poner nombres cristianos para distinguirse claramente de los musulmanes y puesto que Alberto tiene familia española preguntaron por un nombre español y este fue el elegido-.

Que ha crecido en medio de una guerra, que se va a estudiar un par de carreras a España, Valencia por más señas, donde a la vez trabaja de fotógrafo, que luego se va a Londres y allí hace un curso de publicidad y se dedica a ello, primero en Londres y luego en una empresa con base en Líbano. Un año en Catar, trabajos en Dubai, un mes en Dinamarca...

Tiene casi 40 años y sus mejores amigos son españoles, aquellos con los que hizo la carrera, su primera carrera... de hecho, tiene alma española, habla -en un perfecto español- con pasión de nuestro país. Y, sin embargo, como Don Draper, le aburre la continuidad, necesita cambiar de país, de ocupación, ¿de nombre?, cada cierto tiempo.

Le conté el otro día que podía ser perfecto para esa historia. Y él me dijo que no le extrañaría que tuviese algún hijo por ahí, de algún viaje a una isla exótica.

Podría ser un buen comienzo para una historia. Varios tipos que conectan a través de internet (¿Facebook?) porque tienen el mismo nombre, un nombre muy particular -no Alberto, claro, o un nombre con un apellido- y descubren que ninguno de ellos conoce al padre que les dio nombre. Eso desencadenaría la búsqueda que terminaría desvelándonos a ese Dorian Gray wannabe.

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