lunes, 4 de julio de 2011

Lecciones en Saint Patrick



Hasta hoy, esta canción me parecía fea y hortera. Me trasladaba a una pista de circo, a un capítulo de Los Simpsons que no he visto, a uno de la familia Berenstein que sí. Me transmite un aroma a majorette, a cierta grandilocuencia pastelosa que de una parte de la cultura popular norteamericana se ha formado mi cabeza, a Clint Eastwood con gafas de sol y John Malkovich espiando desde una ventana en En la línea del fuego (donde creo que no aparece la marcha, por cierto).

La cosa es que acabada la Misa dominical, cinco de la tarde en Saint Patrick, el organista va y se lanza a tocar la citada marcha: "Star and stripes for ever", de Joseph P. Sousa. Y yo que me quiero morir. Y que quiero matar a la señora oronda y de negro que se ha sentado en el ínterim delante de mí y que aplaude cuando termina.

La chisto, sintiéndome responsable de la ortodoxia. Y ella se gira, me ve y me dice que ellos aplauden. ¿Ellos? Supongo que los norteamericanos, claro. "¿Eres alemán?". (Es la segunda vez que estando fuera de España me preguntan si soy alemán.)

La buena señora tiene la mirada lluviosa, como el día hoy por Nueva York. Y resulta que llora porque esa canción tiene un profundísimo significado para ella. Su abuelo alemán, huido de su país de origen, salió adelante en EE.UU. como sastre. No le querían aceptar en el sindicato por ser alemán. Al final lo logró, un Labour Day de hace décadas.

"Hay gente que tuvo que venir a este país contra su voluntad y ha dado y ha dado y ha dado... Esta marcha representa lo que es América... Tiene un profundísimo significado". He tenido que pedirle perdón, aunque ella no se ha mostrado ofendida. Solo curiosa. ¿En España no aplaudís? "En ocasiones excepcionales"... No podía evitar pensar en lo bien que estaba cooperando con apenas un ligero gesto -chstt- a acrecentar esa imagen de una España católica, oscura, de luto, rigurosa.

Creo que he arreglado el desaguisado asegurándole que cada vez que escuche esta canción pensaré en ella y en su abuelo el sastre. Se ha secado una lágrima y me lo ha agradecido. Yo le he pedido que rece por mí cada vez que ella la escuche.

Lo cierto es que la marcha de Sousa no ha dejado de parecerme fea. Pero para fea la suficiencia de un español pringado que se topa con la humildad de una feligresa de San Patricio.


Mi primer brunch neoyorquino.

2 comentarios:

el náuGrafo dijo...

Estoy en el curro y no puedo escuchar la música, pero luego lo haré.

Ese brunch tiene muy buena pinta, aunque el entorno que te rodea podría parecer más bien el barrio de Hortaleza que el dauntaun de Nueva York.

; )

Agus Alonso-G. dijo...

Jajaj, es que es Chelsea, Hortaleza es un Chelsea wannabe, o sea que sí. Y eso que no enfoco hacia otras ventanas con la bandera arco iris.