martes, 1 de febrero de 2011

B16 y Jiménez Lozano

Pasé el fin de semana más otro día y medio retirado en una casita a los pies de la sierra madrileña. Retiro espiritual. Religioso. Ascético. Nada de misticismos newage. Reflexiones, pensamientos, meditación, eso sí, claro.

Para acompañar las divagaciones y la oración, me hice acompañar de Luz del mundo, el libro con la entrevista a Benedicto XVI de Peter Seewald -la del preservativo, sí, esa-, y Los cuadernos de Rembrandt, el último tomito de los diarios de José Jiménez Lozano (Pre-Textos). Leerlos simultáneamente permite apreciar la sintonía ideológica entre ambos. Como dos tonos de una gama cromática. O notas de una misma escala musical.

Podría comenzar a enumerar citas de ambos y pasarme así los próximos meses. Cada uno de los fragmentos que subrayé con su glosa correspondiente podría servir para alimentar este rinconcito largamente. ¿Y por qué no lo haces?, puedes decir. Pues es verdad, te diría yo a mi vez.

El análisis de ambos -B16, JL- es ciertamente sombrío. El soniquete en JL es más pesimista. En B16 hay un evidente poso de esperanza. Al fin y al cabo es el Papa y tiene que "confirmar a sus hermanos" desde el realismo cristiano.

JL habla de sí, quizá sin saberlo, cuando asegura socarronamente que "Casandra, esto es, quien ve mejor y más allá que nosotros, es simplemente una agorera y aguafiestas. Siempre perdería unas elecciones". Eso, y -como me decía hace poco un crítico literario- su condición de católico, hacen que no lo veamos demasiado por las páginas de esos suplementos que se dicen culturales. La cuestión es qué cultura, claro.

¿Hasta cuándo va a durar esta cháchara sobre civilizaciones y culturas, los antiguos y los mdoernos, el progreso y la reacción? Lleva trazas de ser una escolástica bastante tediosa.

El pensamiento, el sentimiento y la acción humanos siempre pasan por el defiladero entre Scylla y Caribdis, siempre se realizan en un movimiento pendular; y podríamos poner como ejemplo el etnocentrismo cultural europeo de hace solamente unos años, y el multiculturalismo nivelador o el masoquismo cultural europeo de ahora mismo.

Ni siquiera la Ilustración, ni el racionalismo subsiguiente, cuando hablan del género humano se están refiriendo a otros hombres que a los occidentales. Ni Hegel ni Marx ni Freud ni Nietzsche escapan al etnocentrismo europeo. Ni el cristianismo mismo, que sabe de la igualdad radical de los seres humanos, y que en 1554, en Valladolid, tuvo que discutir, por boca de Las Casas y contra los restos del aristotelismo y etnocentrismo romano de Sepúlveda, lo que es un hombre y afirmar enfáticamente que los recién descubiertos habitantes de las Indias Occidentales son hombres. Es una grandeza de nuestro tiempo el que, hasta cierto punto, hayan entrado en la conciencia general la idea y el sentimiento de que un hombre es como otro hombre, y que sus diferencias son meros accidentes. Pero estas diferencias son facilidades para unos hombres y un peso o un cepo para otros, y no cabe el orgullo de nuestra propia civilización y el desprecio de otras, y lo que unos hombres conquistan es para todos, y hay obligación de ofrecérselo. No podemos decirle a un africano, sin despreciarle ni ofenderle, que los sonidos del tantán son como una coral de Bach, o la medicina europea como la suya; esto sería una burla y un insulto.

Y en el plano del tiempo, hacemos los mismos juegos comparativos de valoración o devaluación; pogamos por caso la tablarrasa del pasao, que ahora casi todo el mundo se considera obligado a hacer, y la idolatría rendida a nuestro presente, que incluso tornaría virtudes ciudadanas lo que en el pasado fueron crímenes, ungiéndolos simplemente con la retórica de la ciencia o de la técnica. Y entocnes estamos aceptando "un humanismo" que implica lo que podríamos llamar "nuestros métodos civilizados" de resolver problemas que en las antiguas culturas bárbaras se han resuelto con el infanticidio y la liquidación de los viejos y enfermos. y esto no sólo como costumbre consagrada, sino hasta con implicaciones religiosas de ofrenda a las fuerzas cósmicas personalizadas en los dioses antes, y ahora en la Némesis racionalista de la economía o de la ciencia.

¿Por qué traemos continuamente a colación el ayer y el hoy, la reacción o el progreso, y todavía otros dioses menores, encarnados en ideologías? ¿Cómo no se va a amar al tiempo que es el de uno, y cómo no esperar un futuro mejor e ir sembrándolo? El pasado está muerto y está lleno de horrores; pero también de esplendores, y no hay que idilizar ni glorificar el ayer ni el hoy ni el mañana, sino que tenemos que librarnos de estas idolatrías, como Huxley mostró apodícticamente que eran. Y no saldremos de esta viejísima repetición idolátrica ni no reconocemos la idolatría que nos es propia." (Los cuadernos de Rembrandt)

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