sábado, 27 de marzo de 2010

El Papa en Getsemaní

Con firma 4 de noviembre de 2005, la Santa Sede publicó un documento titulado Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas [puede leerse aquí]. En él se señalaba que los homosexuales no son idóneos para el sacerdocio porque “no son irrelevantes las consecuencias negativas que se pueden derivar de la ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas”.

La jauría enrabietada y espumeante que entonces lideró las acusaciones de "homofobia" contra la Iglesia Católica, y especialmente su cabeza, Benedicto XVI, son los que ahora vuelven a buscar la cabeza del Papa en bandeja de estaño por los casos de pederastia. Indigna el cinismo y la mala fe.

Tras desvelarse en 2002 casos semejantes en EE.UU., se llevó a cabo una investigación, que dio como fruto un minucioso informe que fue publicado en 2004. La abrumadora mayoría de los menores víctimas de abusos, un 81%, eran varones. ¿Estoy vinculando homosexualidad y pederastia? No. En este caso estoy vinculando sacerdotes homosexuales y pederastia en la Iglesia.

Como tan certeramente decía Terzio en su blog, "han ensuciado todo, han hipersexualizado todo, han puesto por decreto ley máquinas expendedoras de condones en los retretes de los colegios, han prostituído todas las conciencias que se han acercado a su tugurio. Han corrompido el mundo. Y ahora se "escandalizan" por las historietas de miseria que quizá ellos mismos han leído complacientes. Todos han admirado al Nabokov de la Lolita. Todos se han relamido con los relatos del escritorzuelo de temporada o la re-puta-da escritorucha de suplemento dominical, gana-premios experta pasando por el catre de todo el tribunal que concede el premio. Y ahora se escandalizan por las noticias de los clérigos, y hacen chistes, y cuentan cosas".

Lo revela un vaticanista llamado Luigi Acattoli, y es verdad que desde 1995 se han denunciado en Alemania 210.000 casos de abusos sexuales; de ellos, sólo 94 afectan a personas o instituciones de la Iglesia católica. Y que incluso en estos días han surgido casos que nada tienen que ver con el clero católico, como los de la prestigiosa escuela Odenwald de Heppenheim; se habla de entre cincuenta y cien casos a partir de 1971.

Hay otros datos que señalan que la pederastía se da menos entre clérigos católicos que entre personas casadas o clérigos de otras religiones [Este documento (en PDF) analiza la cuestión con bastante ecuanimidad desde una visión católica].

Todo eso es verdad y sitúa las cosas en su contexto objetivo. Y, sin embargo, entiendo y comparto el escándalo de las personas de buena voluntad. Lo hecho por estos sacerdotes y por quienes no supieron o quisieron gestionarlo con contundencia es aberrante, es un pecado monstruoso. Pero lo que no sólo no es lógico ni esperable, sino vomitivo y abominable es que los escandalizados, los inquisidores de nuevo cuño, sean los predicadores de la revolución sexual que nos está trayendo lo que nos está trayendo.

Y la víctima propiciatoria, el Papa Benedicto XVI. El diablo y su cuadrilla saben bien dónde apuntar. Al Santo Padre le toca ahora su Getsemaní particular.

Viendo estas cosas, la ira me borbota, la indignación alimenta odios en mi interior. Insisto, me cuesta tolerar que quienes matan el tiempo día tras día con pornografía ante la pantalla del ordenador, pretendan dar lecciones de "pureza". Pero supongo que no es el discípulo más que su Maestro y el Calvario es paso inevitable del cristiano.

En los comienzos del cristianismo, los que salivaban en las gradas del circo acusaban a los cristianos de sacrificar niños en sus reuniones (!); en la modernidad, los creadores de la guillotina y los promotores del aborto libre no han parado de dar la barrila con la Inquisición. Ahora (y Dios sabe por cuánto), los ya dichos no dejarán de darnos la tabarra, aleccionándonos con su provechosa manera de vivir la sexualidad.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Salvar el Misterio (I)

Como escribía Junichiro Tanikazi en su libro El elogio de la sombra: 'Los occidentales, siempre al acehco del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor que la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de sombra'. (...) Todos nosotros somos ahora los herederos, los beneficiarios y los continuadores de la civilización de las Luces, es decir, de la repulsión a lo oscuro.

Ahora bien, la exuberancia cansa y provoca en ciertos habitantes del planeta iluminado el extraño sentimiento de haber sido expoliados de lo indisponible. De este expolio, de este embargo de la experiencia misma del sobrecogimiento, nace la idea insólita, el deseo inopinado de salvar lo oscuro y de restituir a la noche una parte de su imperio" (Nosotros, los modernos; Alain Finkielkraut)



La batalla entre el error y la verdad es necesariamente ventajosa para el primero, por su misma naturaleza, ya que se libra con las armas de un lenguaje establecido o de un tratado metódico; esto se debe no sólo a la razón ya indicada -la deficiencia de la verdad en cuanto a recursos de elocuencia, e incluso de palabras-, sino además a la nitidez y a la precisión de método que se requieren en un debate escrito o hablado. La verdad es amplia; vista como conjunto orgánico se extiende hasta muy lejos, y considerada en cada una de sus doctrinas depende de la combinación de numerosos indicios, delicados y dispersos; de ahí que difícilmente pueda exponerse en un número determinado de frases. Si empieza a exponerla, su defensor, incapaz de mostrar nada más que un fragmento del conjunto, se ve obligado a redondear y reducir sus extremos indomables, y a unir sus líneas desparramadas, mediante un proceso muy parecido al de transformar una narración histórica en una novela. En esto consiste precisamente el arte de la composición, que, como es lógico, sólo con grandes apuros se salva del artificio exagerado." ("El testimonio personal, medio de propagar la Verdad", en La fe y la razón. Sermones universitarios, John Henry Newman, Encuentro, 1993)