sábado, 27 de febrero de 2010

El poder transformador de la belleza

No hace falta tener una sensibilidad exacerbada para quedar raptado por la belleza, por el bien, por la verdad. El otro día hablaba con una persona que las obras de arte que más me gustan me hacen mejor. Qu es extraño, porque por un lado te evaden -no quieres volver a la realidad-, pero por otro te hacen querer ser mejor (y eso ya es ser mejor), transmitir esa luz al mundo, llenar con una pizca de esa belleza (o de verdad o de bien, que todo es lo mismo) este mundo herido.

sábado, 20 de febrero de 2010

Decíamos ayer...

Hola amiguitos. No he muerto. Hago un paréntesis en mi visionado de la segunda temporada de Lost para dar señales de vida. Estas últimas semanas han sido agotadoras. He estado embarcado con los Goya y con Cibeles (jajaja, sí).

Os dejo una pieza del TD en la que daba mi opinión. Ese no soy yo. Estoy tenso, nervioso. Demasiado serio. Uno no nace sabido.

Los que saben de cine hacen sus apuestas para los Goya




El tiempo que me ha quedado lo he dedicado quizá demasiado al ocio ruidoso, un poco al yonquismo social madrileño.

He visto algunas películas. Unas me han gustado y otras no. Tres días con la familia, primer largometraje de Mar Coll, me gustó bastante. Gordos no me gustó nada. Sherlock Holmes me decepcionó. La carretera, una trasposición literal de la novela, que a mí no me entusiasmó, ya lo siento. Shutter Island sería un telefilme si no fuese por la mano prodigiosa de Scorsese -qué desasosiego me produjo- y un reparto de luxe, un juego de poleas narrativas mil veces utilizado.

He terminado con Los Soprano, y casi lloro por tener que abandonarlos. Qué genialidad. Ahora estoy con Lost. Y con una pila de libros esperándome en el escritorio. Ver mucho, leer poco, el camino de lo cómodo.

Supongo que lo que más me ha impactado en las últimas semanas es la visita que hice al convento de monjas clarisas de La Aguilera. Espero visitarlas la semana próxima y recuperar las emociones, los pensamientos que me evocaron hace unas semanas. Es algo emocional, no sentimental, pero tampoco puramente intelectual.

lunes, 8 de febrero de 2010

Mientras tanto...

El sábado estuve por primera vez en el convento de monjas clarisas de La Aguilera. Había oído hablar mucho de él, pero hasta que no ha ingresado en él mi hermana pequeña, no he terminado visitándolo para ver de primera mano el milagrazo. Contaré con más detalle cuando tenga tiempo.

Ahora, hago un poco de autopublicidad y os enlazo a nuestro superespecial de los Goya 2010. Sé que alguno piensa que no hay que utilizar el blog para hablar de curro, pero en esto he estado embarcado física y emocionalmente estos últimos días.

lunes, 1 de febrero de 2010

La cinta blanca, de Michael Haneke

A ver la película de Haneke (míjail aleman, no máikel inglés) fui bastante virgen en lo que respecta a sus "pretensiones ideológicas". Conocía vagamanente que pretendía reflejar de algún modo a la generación que luego formaría parte del NSPD o/y lo votaría o/y callaría ante la terrible experiencia del nazismo.

El hecho de que la propia historia apenas tenga referencias históricas hace más fácil acogerla como una parábola atemporal, que es como pienso que La cinta blanca se expone en todas sus (enormes) dimensiones.

En los comentarios a una entrada previa, Rosie the Riveter señalaba algo que bien podría enmarcar la reflexión sobre la película (mi reflexión): "Como retrato de costumbres, de atmósferas, de miserias, como explicación de comportamientos individuales, en el plano técnico-formal, el trabajo de los actores (sobre todo los niños y la niñera...) perfecta. Pero la pretensión de elevarlo a tesis de alcance general, que dé cuenta de la incubación sociológica del nazismo, me chirría... ¿Qué tendrá que ver el sentimiento de culpa judeocristiano o la hipocresía de la doble moral con el origen del nazismo?".

Y es que Haneke sí ha señalado claramente esa intencionalidad. Leo a través de Aceprensa las palabras del cineasta: “Mi principal objetivo –señala Haneke- era presentar a un grupo de niños a los que se inculcan valores considerados como absolutos y cómo los interiorizan. Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo”.

Afirmación muy posmo, pero que tiene mucho de machada sin matices. Creer en valores absolutos no significa la imposición, la violencia, el dogmatismo en todo y para todo. Uno también puede poner el amor, la entrega al otro, como valor absoluto. ¿Eso también lleva necesariamente al terrorismo?


Me quedo, sin embargo, con las palabras en la entrevista a Haneke de La Vanguardia que enlazaba Klaudine en los mismos comentarios: "Todos [los espectadores] la entienden, pero la toman de una manera diferente. Hay tantas películas posibles como espectadores en la sala. Es lo mismo que ocurre con un libro. Una película es una rampa que tiene que saltar el espectador, que es quien vive la experiencia".

El espectador Agus se queda con esa radiografía de las consecuencias del abuso y del autoritarismo. Con la parábola contra la doble moral, la de una sociedad cristiana que se ha vaciado de fe y ha perdido el espíritu que debería alentarlo convirtiendo su vida en un código moral vacío de sentido profundo. Una comunidad que se cuece en la salsa de su autocomplaciencia rigorista.

La cinta blanca conecta con Bergman y Dreyer, y con El festín de Babette (¿es casual que el único aliento de vida en esa comunidad cerrada y asfixiante sea el un personaje que viaja a Italia?). Algo me recuerda también, en la mezcla de terror e infancia, al expresionismo del M de Fritz Lang. En general con todo ese cine nórdico de ascendencia luterana o/y calvinista que trata de explicar su mundo.

Si uno no quiere desperdiciar todo el jugo humanista de una película como esta, no debe caer en la trampa de pensar que algo como lo que cuenta sólo puede ocurrir en un tiempo y en un lugar determinados. Porque en las buenas obras de arte, como interpretaciones del cosmos, el ellos es también el nosotros.

Esa catarsis es la que permite que historias devastadoras como la de Haneke puedan hacernos mejores.