lunes, 29 de noviembre de 2010

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong qué-más-da

Si, como ha escrito mi apreciado Jordi Costa, la ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2010 ofrece "las estrategias narrativas de la posmodernidad" para "evocar la libertad primigenia de las mitologías fundacionales y la comprensión cosmológica del budismo", uno está esperando que esa posmodernidad y sus estrategias narrativas pasen cuanto antes. Hemos escrito y sugerido repetidamente que no todo cambio es a mejor. ¿Cualquier tiempo o estrategia narrativa pasada fue peor? No. ¿Lo diferente y nuevo es cool por el hecho de serlo? (Nos) No lo creemos.

La citada película, de un tailandés, nos parece una película infame. Y digo no porque fui con un amigo al cine y le pareció lo mismo. Mal de muchos... Ni la patética Canino consiguió indignarme tanto como lo hace ésta. Será porque el mayor nivel del premio de Apichatpong.

En Uncle Boonmee no hay lógica interna ninguna, ni siquiera la que uno espera en las disonancias. No hay narrativa, sino una yuxtaposición de elementos y sucesos que a este espectador no le conmueven ni estética ni intelectualmente. Ni hay poesía ni hay filosofía que le enganchen.

No es que haya monos de corte George Lucas con ojos rojos, ni fantasmas, ni peces que fornican con princesas con rostros desfigurados... Este espectador ha defendido -a lo Chesterton- el derecho a creer en unicornios. Pero ninguno de esos elementos fantástico-mitológicos que el señor Apichatpong va repartiendo como perlas por su película me dicen nada. Quizá no tengo paladar o/ni la suficiente formación en cosmologías y mitologías orientales para acceder a ese recinto sacro para iniciados.

Hallazgos estéticos no observo ninguno. Ni la fotografía es reseñable, ni la composición del encuadre suscita a este espectador una emoción estética, ni la pretendida búsqueda de contemplación que hace durar minutos algunos planos logra evitar que sean simplemente aburridos. De hecho, considero bastante mediocre la realización.

Al final, acabo participando de la misma indignación que Boyero gritaba al mundo entero el pasado mayo. No pensaba que fuera a suceder, la verdad, pero entiendo -es más, comparto- semejante furia crítica.

Pienso que el de Apichatpong Weerasethakul es uno de los más portentosos y eostentosos trajes del emperador que se han tejido con celuloide en los últimos tiempos. Y pienso que la intensa veneración de cierto sector de la crítica occidental hacia estos atavíos imperiales tiene mucho que ver con su desprecio de la tradición cultural occidental.

5 comentarios:

J. dijo...

Por mucho que nos siga gustando/entreteniendo -cualquiera que sea el medio del que hablemos (literatura, cine, música o teatro)- el molde o la narrativa basada en la terna presentación, nudo y desenlace, hace mucho tiempo que caducó. En cine la dinamitaron tiempo atrás gente como Antonioni, Kluge, Godard o Bresson.

Si se repitieran las mismas fórmulas una y otra vez, ad eternum, y nadie diese un paso más allá, probablemente seguiríamos encantados inmersos en la narración oral, chocando palos entre sí y pintando manos en las cuevas. Probablemente sea un problema de gustos, inconformismo y de amplitud de miras.

Agus Alonso-G. dijo...

Que una obra no siga el canon presentación, nudo, desenlace no la hace ni buena ni original.

Si hubiera que aplaudir toda transgresión del canon, estaríamos todo el día encantados inmersos en la vaciedad de contenidos más absolutos. Probablemente sea un problema de gustos, de inconformismo y de creerse muy profundo.

Sé feliz en tu torre de marfil.

J. dijo...

Siento haberte irritado. Desde luego que tienes razón, que una obra no siga esa pauta no la hace buena per se, pero esa no era la cuestión.

Perdona que insista, pero calificar de "infame" una película porque carece de narrativa, un sentido claro o de una historia perfectamente legible es caer exactamente en la misma cerrazón mental que aquellos que descalifican la historia del arte a partir del impresionismo por abandonar la figuración, la música clásica contemporánea por no ser Mozart, la poesía por no estar llena de ripios, o la novela que no cuenta historias... Como apuntaba más arriba, esta manera de pensar propugna y se regodea en la facilidad de la repetición, de la estructura reconocible, de lo exitoso; de lo banal, del riesgo cero. Ciertamente es un problema de gustos, pero sobre todo de sensibilidad y de la lógica reacción/rechazo frente a lo extraño.

Sé feliz como una perdiz en tu sensatez complaciente.

Agus Alonso-G. dijo...

La película me parece infame porque me lo parece. Y, al final, en cuestión de obras de arte, eso es lo único que vale. Por muy objetivos que sean tus argumentos o los míos no tienen porque cambiar nuestra percepción.

Por otro lado, estoy esperando a que defiendas la película de Apichatpong en lugar de lanzar lugares comunes de quien cree tener una sensibilidad mejor o más interesante que la de los demás.

Ya se ve que tú no necesitas defender las virtudes de Apichatpong, te basta con matar al mensajero por la vía del desprecio. Con tus poderosos argumentos repetidos, ¿cómo era?, ad eternum, podrás cerrar cualquier debate en el que alguien opine diferente sobre una obra contemporánea. Eres un fenómeno.

Y, sí, la prepotencia del primero que pasa es bastante irritante.

J. dijo...

Es lo que pasa cuando tienes un blog.