lunes, 15 de noviembre de 2010

Erasmo (II)

(Erasmo de Rotterdam, Stefan Zweig; Ediciones Paidós, 2005, trad. de Rosa S.Carbó)
'Me preguntas', escribe alegre a un amigo, 'si me gusta Inglaterra. Pues bien, si me has creído otras veces, por favor, créeme también ésta: nada me ha sentado mejor. Aquí encuentro un clima agradable y sano y tanta cultura y erudición (y no precisamente banales o rebuscadas sino profundas y exactas en el estudio de los clásicos tanto latinos como griegos) que poco es lo que añoro de Italia, excepto las cosas que allí pueden verse. Cuando oigo hablar a mi amigo Colet es como si escuchara al mismo Platón y, ¿puede la naturaleza haber creado un ser más bondadoso, delicado y feliz que Tomás Moro?'. En Inglaterra Erasmo se curó de Edad Media." (p.47)

Para esta educación para la humanidad, el humanismo sólo conoce un camino: el de la cultura. Erasmo y los erasmistas creen que los seres humanos sólo pueden ganar en humanidad mediante la cultura y lis libros, que sólo el inculto, el ignorante, se abandona irreflexivamente a sus pasiones. Creen -he aquí la falsa conclusión a la que llegan- que el hombre culto, civilizado, ya no es capaz de ejercer la violencia bruta y que si las personas formadas, cultivadas y civilizadas fueran la autoridad, el caos y la bestialidad decrecerían por sí solos y las guerras y las persecuciones espirituales resultarían un anacronismo. Al sobrevalorar la civilización, los humanistas no captan la indomable violencia de las fuerzas primitivas del mundo de los instintos, y su optimismo cultural banaliza el problema, terrible y difícilmente solucionable, del odio que alienta a las masas y de las grandes y pasionales psicosis de la humanidad. Su cálculo es algo demasiado simple: para ellos hay dos niveles, uno inferior y otro superior, abajo la masa bruta y presa de sus pasiones, arriba el preclaro territorio de los cultos, perspicaces y humanos, civilizados; y les parece que con atraer a cada vez más gente inculta del nivel inferior al superior de la cultura, la mayor parte del trabajo ya está hecha. Creen que en Europa, igual que el yermo habitado por fieras salvajes y peligrosas había ido haciéndose cultivable, la humanidad tiene que conseguir relegar paulatinamente la sinrazón y la brutalidad para abrir una zona libre y fértil bien delimitada. Así pues, sustituyen la religión por la idea de unauge imparable de la humanidad. Hicieron de la noción de progreso, mucho antes de que Darwin la convirtiera en un método científico, un ideal moral en el que se basaron los siglos XVIII y XIX: las ideas erasmistas se convirtieron en muchos aspectos en los principios fundamentales del orden social moderno.

Sin embargo, nada sería más erróneo que ver en el humanismo, y desde luego en Erasmo, unos demócratas y unos precursores del liberalismo. Ni por un momento piensan Erasmo y los suyos en conceder al pueblo, inculto y menor de edad (para ellos un inculto es un menor de edad), el menor derecho, y aunque en abstracto aman a toda la humanidad, se guardan mucho de tener nada con el vulgus profanum. Mirado con más atención, no hacen sino sustituir la vieja arrogancia aristocrática por una nueva, una soberbia académica que se prolongó tres siglos y que únicamente reconocía el derecho a decidir sobre qué era justo o injusto, moral o inmoral a los que sabían latín, a los universitarios. Los humanistas estaban tan decididos a gobernar el mundo en nombre del derecho como los príncipes en el de la violencia y la Iglesia en el de Jesucristo. (...) Así pues, en los cimientos más profundos del humanismo, no hay negación de la nobleza sino una renovación de la misma en forma espiritual. Los humanistas tienen la esperanza de conquistar el mundo con la pluma como los caballeros con la espada y, como éstos, se procuran inconscientemente una convención social propia que los separe de los 'bárbaros', una especie de ceremonial cortesano. Ennoblecen sus nombres traduciéndoilos al latín o al griego con el fin de ocultar que proceden del pueblo. (...) Visten con especial esmero atuendos negros y ondeantes para distinguirse ya por su aspecto de los demás estamentos de la ciudad. (...) Esta cohorte noble e idealista sucumbe, bella pero impotentemente, al pesado, enérgico golpe de la revolución popular de Lutero o Zwinglio. Pues precisamente este menosprecio por el pueblo, esta indiferencia a la realidad, arrebatan toda posibilidad de durar al imperio de Erasmo y el efecto inmediato a sus ideas: el error consustancial del humanismo fue querer aleccionar al pueblo desde arriba en vez de intentar entenderlo y aprender de él." (pp.106-109)

"Ésta fue la tragedia más grande del humanismo y la causa de su rápida decadencia: sus ideas eran grandes pero no así los que las anunciaron. Estos idealistas de cámara tenían un algo de pequeño Grand Guignol, como siempre ocurre con los que quieren mejorar el mundo desde la academia; eran almas estériles, pedantes bienintencionados, decorosos y un poco vanos que escribían su nombre en latín como una mascarada del espíritu: la pedantería escolar cubría de polvo sus pensamientos más florecientes. Estos contemporáneos menores de Erasmo son conmovedores por su ingenuidad profesoral, un poco como esos hombres de buena fe que vuelven a reunirse hoy en día en sociedades filantrópicas y aspiran a mejorar el mundo. Son idealistas teóricos que creen en el progreso como en una religión, soñadores desapasionados que construyen en sus pupitres un mundo moral y escriben tesis sobre la paz eterna, mientras en el mundo real las guerras se suceden y esos mismos papas, emperadores y príncipes que aplauden entusiasmados sus ideas conciliadoras incendian el mundo pactando y guerreando alternativamente entre sí. Se encuentra un manuscrito de Cicerón, y el clan humanista cree que el júblio tendría que sacar al cosmos entero de sus casillas. Cualquier panfletillo los enciende y apasiona, pero no saben qué mueve a la gente en las calles, qué penetra en las profundidades de las masas, ni quieren saberlo. Al encerrase en sus habitaciones, sus palabras bienintencionadas no tienen el menor eco en la realidad. Por culpa de este fatal aislamiento, de esta falta de pasión y de cercanía al pueblo, el humanismo jamás logró hacer realmente fértiles sus fértiles ideas. El gran optimismo contenido en su fondo no es capaz de desarrollar ni desplegar su creatividad porque entre estos pedagogos téoricos de las ideas humanistas no había ni uno solo a quien le hubiera sido dada la inquebrantable fuerza natural de la palabra para llegar al pueblo. Un pensamiento grande, sagrado, se marchitó durante siglos en una descendencia sin fuerza" (p. 110)

Erasmo odia poner la propaganda y la agitación al servicio de la verdad, pues cree que la fuerza de ésta emana de sí misma. Cree que un conocimiento, una vez transmitido al mundo mediante la palabra, tendría que imponerse por vías puramente espirituales, sin necesitar del aplauso de la multitud o la formación de partidos para ser más verdadero o real. A su parecer, lo único que tiene que hacer el hombre de espíritu es establecer verdades y formular aclaraciones, no luchar por ellas" (p.129)

[Erasmo, tras la Dieta de Worms, que condena la doctrina de Lutero:] 'Aunque las costumbres corruptas del clero romano exigen una medicina extraordinaria, no es cosa mía ni de mis iguales arrogarnos la santidad. Prefiero soportar las cosas tal como están que levantar nuevos disturbios que a menudo acaban yendo en la direccion opuesta al objetivo perseguido. Nunca he sido conscientemente cabecilla o participante de una revuelta y nunca lo seré'" (p.150)

1 comentario:

Wesley Jackson dijo...

Qué interesantísimo libro, qué interesantísimo personaje y qué interesantísima época.

Te recomiendo que, cuando lo termines, te leas el "Elogio de la locura" de Erasmo: es un satírico repaso a la realidad social de su tiempo.

Fdo: un quasi-erasmista. :P