sábado, 9 de octubre de 2010

Una entrada de Teología pura y dura

Nada he dicho en las últimas semanas de la alegría que ha supuesto para mí la beatificación del John Henry Newman el día 19 de septiembre. Si no hubiese estado en San Sebastián trabajando, me hubiera gustado pasar el día en Birmingham u Oxford. No pudo ser.

Si no he dicho nada hasta ahora ha sido porque no merece la pena decir nada si no es con tiempo por delante.

El 8 de enero de 1860, Newman escribía en su diario:

Las circunstancias me han traído últimamente una tentación especial. Desde que me hice católico llevo esforzándome, bregando, trabajando con insistencia, sin poner mi confianza en última instancia en ninguna persona sobre la tierra, sino sólo en Dios. Pero todavía con un gran deseo de complacer a aquellos que me encargan el trabajo. Tras el supremo juicio de Dios he deseado, aunque en un orden diferente, su alabanza. Y no sólo no lo he conseguido, sino que he sido tratado –de muchas formas- con el desaire, la ofensa, la falta de amabilidad (...).

(...)

Y una cosa más, enséñame (porque es un tema que me prueba enormemente justamente ahora, sobre el que he rezado y sobre el que he ofrecido Misas); enséñame cómo emplearme más provechosamente, más para Tu gloria, en los años que me queden. Porque mi aparente fracaso me desalienta muchísimo. ¡Oh mi Dios!, me parece haber malgastado estos años que llevo como católico. Lo que escribí cuando era protestante tuvo un poder, una fuerza, un significado e influencia, un éxito, mucho mayor que mis trabajos como católico, y esto me inquieta muchísimo.”

Lo que denota, por una parte, la honradez intelectual y religiosa de Newman, al dar el paso de la conversión por la cabeza, no por el sentimiento, y por otra, lo misteriosa que es la vida.

¿Pensaría Newman a su muerte que su vida había alcanzado menos de lo que pretendía? ¿Que había fracasado en su "misión" (de la que tenía una clara conciencia)?

El bien que después ha hecho y el que aún le queda por hacer (con el ejemplo de su vida y con la fuerza de sus escritos) hacen más significativo el cristiano concepto de la Cruz, de la semilla que si no muere queda infecunda...

Se nos acusa a los cristianos de "enemigos de la vida" (Nietzsche). Hoy mismo escuchaba a una ficcional Catalina de Aragón decir que prefería la "extrema pena" a la "extrema felicidad" para no olvidarse de Dios.

El símbolo de los cristianos es una cruz, eso es indiscutible. Un instrumento de tortura en el que murió el que nosotros creemos Dios encarnado. Aquel que quiera ocultarlo se aleja de lo que Cristo enseñó. Es esto un escándalo (muchas veces también para nosotros), pero también es un símbolo que dota de sentido el transcurrir del hombre sobre la tierra, un transcurrir que siempre tendrá insatisfacciones.

Como dice Joseph Ratzinger:

Una visión del mundo que no pueda dar sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor sólo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos.

En la comunión con Cristo el dolor llega a adquirir su significado pleno, no sólo para mí mismo, como proceso de la ablatio en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen sino también más allá de mí mismo: él es útil para todo, de manera que podamos decir con San Pablo: ‘Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia’ (Col 1, 24)." (Ser cristiano en la era neopagana, Joseph Ratzinger, Ed. Encuentro)


* * *

El 7 de enero de 1887, en una de sus últimas cartas de cierta magnitud escritas por su mano, John Henry Newman escribe a William Knight:

En este día de indiferencia religiosa y de incredulidad ha sido mi esperanza y mi consuelo pensar que está en marcha un callado e íntimo proceso dentro del corazón de muchos hombres, que, aunque no tenga un pleno despliegue en esta generación o en la próxima, responde en cualquier caso a una verdadera obra de la Providencia Divina con vistas a lograr un estado de la religión como el mundo no ha visto hasta el presente.”


Aspiro modestamente a ser una de esas generaciones de las que él habla.

7 comentarios:

Nicolás Fabelo dijo...

"El dolor nos hace sufrir": parece una estúpida obviedad, como decir "el agua es líquida", pero es una verdad como un piano. Ya hay bastante dolor en el mundo como para no querer combatirlo temporalmente con algún humilde analgésico.

Agus Alonso-G. dijo...

El dolor es malo en sí mismo, pero la realidad es que por mucho que lo combatamos siempre lo habrá, porque si no es físico será moral. Y una cosmovisión que no da sentido o trata de explicar el valor que ese sufrimiento puede tener, fracasa.

Nadie desea pasarlo mal, pero todos tenemos la experiencia de que determinadas situaciones han sido como una forja para nosotros. Curiosamente, nos han hecho mejores. y ese es un misterio -el del dolor, el del sufrimiento- que requiere buscar respuestas, ¿no crees?

Nicolás Fabelo dijo...

Tienes razón, Agus, en que el sufrimiento puede hacernos mejores. Le ha pasado incluso a gente que ha sobrevivido a tremendas experiencias en campos de exterminio. Pero yo me pregunto si ellos se preguntarán: "¿ha valido la pena enriquecerme interiormente a costa de tanto horror?"...

Lectora dijo...

Más que "necesario", el dolor es inevitable. Y como todas las "inevitabilidades", es necesario (ea) aprender a vivir con sus muchas manifestaciones. Y yo sí estoy contigo, Agus, en que hoy en día no se nos enseña a convivir con el dolor, sino a obviarlo, a suprimirlo: pastillas de colores, hedonismo a gogó, consumismo ("compro, luego no me duele"). Claro que es bueno erradicar el dolor; pero ¿y cuando no se puede? ¿Y cuando el dolor está presente hagamos lo que hagamos por evitarlo? ¿Y cuando la persona es incoonsolable? Ahí ya no vale la política del avestruz. Entonces no sólo necesitamos un armazón que nos permita coexistir con el dolor, sino que además nos haga ser conscientes de nuestra derrota. Qué formas adapte ese armazón (la fe o un postulado humanista laico), cada uno sabrá. Pero que es necesario, ya lo creo.

Quidam dijo...

Valga la pena o no, el dolor (y el horror, muchas veces) es por naturaleza, como explica Agus, inevitable en la vida. La cuestión está en ser capaz de reconducirlo y ordenarlo, de convertirlo en una fuerza que nos ayude a crecer, sin quedarnos estancados en el fango de lo objetivamente malo; ser capaces de sacar de tal dolor un provecho y encontrar ese sentido que tanto nos cuesta darle. Porque, admitámoslo: no es fácil comprenderlo ni aceptarlo.

El dolor, lo queramos o no, es parte de la vida y hemos de saber ponerlo en su lugar. Ese es el secreto que el hombre de hoy en día muchas veces no ve y otras tantas no quiere ver (cosa natural, pues resulta difícil aceptar el dolor).

Anónimo dijo...

"El bien que después ha hecho y el que aún le queda por hacer (con el ejemplo de su vida y con la fuerza de sus escritos) hacen más significativo el cristiano concepto de la Cruz, de la semilla que si no muere queda infecunda..."

Para mí, lo mejor de esta entrada. Me temo que, muchas veces, los propios católicos nos dejamos llevar por el "buenismo" actual y "vendemos" el mensaje de Cristo como si fuera un montón de clichés sobre el amor y la felicidad, sin ahondar en el alto precio que debió pagar Dios para salvarnos ¿acaso va a ser más el discípulo que el Maestro?

No creo que esté mal buscar alivio y consuelo para el dolor (no sólo el físico, sino también el moral), pero creo que éste se lleva mejor y nos hace ver las cosas como son cuando nos damos cuenta de que el dolos además de ser devastador para el alma, también es uno de las maneras que Dios utiliza para desbastarnos.

Yavembar.

Nicolás Fabelo dijo...

Lectora, quise comentar tu comentario y al final me salió un post:
http://picandovoy.blogspot.com/2010/10/ante-el-dolor-y-la-muerte.html

¡Saludos!