lunes, 18 de octubre de 2010

La generación autocomplaciente

Pocas cosas deben producir más satisfacción para la gente de mente inquieta e ingenio afilado que la síntesis sociológica, el análisis premonitorio, el etiquetado a base de neologismos. La generación X, la generación Nini, la generación JASP, la generación NINJA, la generación SINK, la generación...

Si tuviera que taguear hoy a la generación de la que formo parte (español, entre 20 y 40 años, clase media, nivel educativo y cultural medio-alto) me decanto por el de la generación ASQMEQPMQ (Ay-Señor-qué-mal-estoy-y-qué-poco-me-quejo).

Se ha convertido en una idea de curso común entre esta generación que "lo tenemos más difícil que nuestros padres". La primera vez que lo escuché no pude dar crédito. Más tarde comprendí que es una idea bastante extendida. Non solum, sed... En estos tiempos de crisis se ha puesto de moda en los medios de comunicación pasarnos la mano por el lomo. Que si la generación perdida, que si la generación más preparada de la historia y con menos oportunidades...

Se suele poner como ejemplo el tema de la vivienda. Antes, nuestros padres no estaban hipotecados de por vida.

Y sí, es verdad. Pero tampoco vivían a golpe de dinero plástico. En lugar de gastarse 100 euros cada semana en ocio y entretenimiento, se montaban sus guateques "y a las 11 en casa", en lugar de en Ryanair a Londres volaban a Garcinuñez en ALSA o a la parcela en San Martín de la Vega. No mis padres, desde luego.

"Antes, nuestros padres no estaban hipotecados de por vida". Dice mientras apura su jarra de cerveza, junto a la que descansa un paquete de Lucky Strike y unas gafas de sol Ray-Ban.

Es justo aspirar a un bienestar propio de sociedad avanzada, dirán, ¿o es que debo sentirme culpable por ello? De acuerdo, hermano, pero si quieres aspirar a un bienestar propio de sociedad avanzada (y capitalista), asume la guarnición con la que se sirve ese plato, el de las expectativas incumplidas. Deja de lamerte el eczema.

Porque creo que es ahí donde reside la profunda herida de esta generación. Lo hemos tenido bastante más fácil que nuestros padres, por Dios, quién puede negar eso. Pero pensábamos (¿nos lo hicieron creer?) que el paraíso se conquista fácilmente. Somos la generación mejor preparada de la Historia. Eso debía bastar. Pero no ha sido así. Y la insatisfacción es mayor. Depresión. Ansiedad. Pánico.

Yo, lo siento, no albergo ninguna lástima por una generación, la mía, mientras siga repitiéndose como un karma sus propias dificultades y obstáculos. La queja sin oferta concreta de soluciones me parece debilidad de espíritu. Pusilanimidad.

No lo soporto, lo confieso. Mientras ellos lloran, yo pienso ponerme el mundo por montera. Sólo el que se arriesga a grandes fracasos, logra grandes fracasos, así que jugaremos nuestras cartas.

Mis padres han trabajado muy duro para que yo tenga lo que he tenido, un bienestar, una formación, un futuro... No pienso defraudarles -más, no pienso insultarles- yéndome al rincón a cultivar la autoindulgencia.

29 comentarios:

el náuGrafo dijo...

No creo que lo tengamos más fácil. En la generación de mis padres, había unos 40 estudiantes en la facultad de periodismo, en Pamplona, una de las dos o tres que había. Te licenciabas y te colocabas.

Ahora hay que hacer verdaderas piruetas sólo para lograr superar el primer escollo, el de que te admitan en esa facultad de precios bastante elevados, para luego lanzarte al abismo de la superpoblación de licenciados. Hay más oferta, pero el número de aspirantes ha aumentado exponencialmente.

Hoy todo está más concurrido, pero también porque hay más igualdad. ¿Es buena la igualdad? Supongo que sí. Pacote el del pueblo también tiene derecho a querer ser el nuevo Luis del Olmo, en vez de quedarse en la hacienda cultivando un trigo que, por otra parte, ya nadie compra.

Lectora dijo...

Pues sí, Agus, pues sí. Y en cuanto a que seamos "la generación mejor preparada de nuestra historia", pues... seremos la generación más "titulada", pero de preparaciones y falta de habría mucho (pero mucho, mucho) que hablar. En general, la tendencia de hoy es querer trabajar cada vez menos para ganar cada vez más. He ahí el origen de la frustración. Yo no he conocido en mi vida una jornada de trabajo inferior a la "media jornada", o sea: un mínimo de 12 horas de trabajo en sus diferentes variedades (combinación de trabajo y estudio, trabajo solo, o solo estudio). Y mis padres, ni te cuento (como los tuyos). Pero claro: ayer decían en las noticias que no sé cuántos niños menores de 10 años ya tienen teléfono móvil (salían criaturicas de 12 o 13 años diciendo que gastaban la friolera de 50 euros de móvil al mes). Vamos, que le llego yo a pedir a mi madre un móvil y me pega tal bocinazo que me deja tonta.

Y qué decir del tema de la vivienda. Ayer sacaban por la tele a una moza que acusaba a las administraciones públicas de "estar jugando con las ilusiones de la gente" porque ¡¡¡no le iban a conceder una subvención que le habían prometido!!! Ya, maja, es que es lo que tiene: que en la hucha pública no hay para todos. La moza en cuestión no pasaría de los 26 o 27 años. Y por ahí va eso de las "expectativas incumplidas" que comentas, esa ración extra de patatas que nadie está dispuesto a comerse.

No esperes mucho más de un país donde todo el mundo quiere trabajar de 8 a 2, tener fines de semana libres, vacaciones pagadas y cogerse bajas a tutiplén cuando les salga del moño. ¿Emprender? Ja. Eso que lo hagan los otros. Como siempre.

Agus Alonso-G. dijo...

NáuGrafo, mis padres no estaban entre esos 40 porque no estudiaron ninguno de los dos carrera universitaria. No pudieron.

No creo que sea correcto comparar el nivel sociocultural alto actual con el de esa generación. En esa generación, la gente de ese nivel era una minoría privilegiada.

Y claro que la igualdad es buena. Yo pienso que todos tenemos derecho a que el acceso a la formación y la educación no dependa fundamentalmente de los ingresos de nuestros padres.

Wesley Jackson dijo...

Pues la verdad que sí...

Una respuesta que me gusta mucho dar cuando me preguntan "¿qué tal estás?" es la de "no me puedo quejar", jeje.

Agus Alonso-G. dijo...

Lectora, sí que creo que estamos mejor preparados. Pero voy a lo de antes, no puedes comparar el nivel medio de la gente más educada antes con el de la gente más educada ahora. Hay que comparar el nivel medio, la alfabetización, la mayor formación... Así como no me gusta el victimismo de pensar que ellos lo tuvieron más fácil, tampoco creo que sea ajustado decir que antes tenían mejor educación.

el náuGrafo dijo...

Aportaré un dato cercano. A principios de los setenta, mis padres montaron una tiendita en Pamplona, en la que vendian modelos diseñados por mi padre. En pocos meses arrasaron. Bien por el buen gusto de mi padre, bien porque entonces, en una ciudad como Pamplona, solo había ropa para esas señoronas con alma de jarrón de rococó dieciochesco.

Pronto, el negocio se expandió como la seda, hasta que a partir de los noventa, con la crisis del 93, llegaron las jodiendas.

Hoy día, montar una tienda en Pamplona, como aquella, con toda la competencia china y patria, es un suicidio comercial en toda regla.

Lectora dijo...

Bueno, es que eso de "la generación mejor preparada de la historia" es una obviedad demasiado... hmmm... obvia, Agus. Claro, también un bachiller de ciencias sabe hoy más biología que Alexander von Humboldt. Lo cual no significa que el segundo siga siendo un genio y el estudiante de bachiller pueda ser un perfecto mediocre. Cada generación está (o no) preparada para los tiempos que le ha tocado vivir y compararlas no tiene sentido (mis padres empezaron a trabajar a los 13 años); y en ese sentido, yo creo que lo que sí deberíamos discutir no es si estudiamos más o mejor que nuestros padres, sino si realmente se nos capacita para hacer frente a las cosas a las que debemos hacer frente a lo largo de nuestra vida. Por lo que yo veo en mi aula, la respuesta es "no".

No se enseña, por ejemplo (y esto es una cosa muy reciente) a hacer frente a cosas tan mundanas como el fracaso o la frustración. náuGrafo plantea la cuestión de la "igualdad" y el acceso a la universidad. Se confunden las cosas: que todos tengamos el derecho a acceder a una educación superior de calidad semigratuita no debe implicar, de ninguna manera, que la universidad tenga que convertirse forzosamente en un supermercado de mediocridades. Porque entonces caemos en lo que dijo Botín el otro día: hay que acabar con las titulaciones "que no tienen salida". Pero señor mío, ¿desde cuándo la "salida al mundo empresarial" ha sido el propósito de la universidad? Que creen escuelas de negocios, colegios técnicos, academias superiores... lo que les dé la gana. Pero a la universidad que la dejen en paz, porque la universidad es otra cosa y no, no es un lugar donde obligatoriamente tenga que acudir todo hijo de vecino sí o sí. Me parece maravilloso que todos tengamos derecho a formarnos independientemente de lo que diga la cuenta corriente de nuestros padres; pero eso no implica que tengamos que convertir la educación superior en un basurero.

Mis alumnos no saben enfrentarse al fracaso. En un centro educativo medio, el profesorado se ve obligado a exigir cada vez menos porque la vara de medir ya no es "la media"; ahora, todos tenemos que ser "iguales"... *****por abajo*****, con todo lo que ello implica. Y que me digan a mí, que lidio todos los días con ello, que estos chicos el día de mañana sabrán lo que significan las palabras "esfuerzo" o "dedicación".

Lectora dijo...

Me corrijo: "pero eso no implica que tengamos que convertir la educación superior en un basurero".

Me refería, claro, a la superior, la inferior y la del mediolamitá. Porque tela, telita, tela la de cosas que hay que ver.

Agus Alonso-G. dijo...

Es que la búsqueda de la igualdad ha sido entendida por la ideología más radical de izquierdas (que ha sido la predominante hasta antes de ayer) como igualitarismo, esto es, como uniformizar a todos. Partiendo de un planteamiento positivo, que es tratar de paliar entre todos las descompensaciones naturales e históricas que sufren los más débiles, se ha llegado a pretender que es injusto que haya gente que logre mejores resultados o que esté por encima de otros. Pero es que la naturaleza es así y castrar a los mejores para igualar a todos es otra profunda injusticia: el igualitarismo. Siempre habrá gente más rica que otra, mejor preparada que otra, con más oportunidades que otras. ¿Y qué? Eso no es injusto.

En ese sentido, comparto la opinión de que la universidad ha de ser intelectualmente elitista como punto de partida. No todo el mundo tiene que ser licenciado porque si no la universidad se convierte en una gran escuela de oficios.

Agus Alonso-G. dijo...

Y no creo que la competencia -que haya más gente con título- sea un problema. Prefiero eso a que haya unos pocos que viven muy bien y una mayoría a la que la estructura social le hace muy difícil mejorar, como pasaba en España hace unas décadas.

No hay que temer al esfuerzo.

Anónimo dijo...

Todo es muy relativo.

Mis padres, ambos, nacidos a finales de la década de los 20, eran (mi madre falleció ya) licenciados en derecho. Mi padre era hijo de labradores y estudió en la Universidad acogido por unos familiares y con grandes esfuerzos económicos de sus padres. Mi madre, hija de funcionario del catastro, se quedó huérfana a los 18 años, y estudió la carrera por libre. Mi padre ejerció como abogado y mi madre aprobó, tras licenciarse, en menos de un año (no había dinero para más tiempo) oposiciones a un cuerpo superior de la Administración (de los pocos, muy pocos, accesibles a mujeres en los años 50).

Superaron un bachillerato con dos reválidas y un examen de Estado cuyos ejercicios eran eliminatorios. Sus condiciones económicas no eran, en absoluto, buenas. En la facultad mi padre se encontró con gente de posición acomodada (de los cuales unos hacían el zángano y otros no) y con otros de origen humilde que estaban allí, en gran número becados, gracias a su esfuerzo académico. Yo he conocido luego a muchas personas de extracción humilde, con historias similares y una extraordinaria carrera profesional.

La licenciatura, en aquellos años, garantizaba un modus vivendi, pero no, necesariamente,vivir como reyes. Personalmente, creo que en mi vida profesional he visto a pocos que trabajen tanto como mi padre.Pero el sistema educativo funcionaba como un ascensor social que premiaba el esfuerzo.

El sistema educativo no es ya un ascensor social. La degradación de la exigencia a que alude lectora, la extensión universal de la gratuidad de la enseñanza (con becas que no se ligan a unas exigencias de rendimiento merecedoras de tal nombre) ha hecho que, a la postre, cualquiera que no haya sido lobotomizado pueda, si lo desea, convertirse en licenciado. Partiendo de esta base, la diferencia la marcan ahora hechos que sí exigen ciertos posibles: masters de campanillas, oposiciones de alto nivel (que exigen poder dedicar varios años al estudio), titulaciones en prohibitivas universidades extranjeras, buenos contactos y otros por el estilo.


En cuanto a la "generación mejor preparada", si lo que se atiende es al nivel medio no cabe duda. Pero, a mi entender, las élites de antes estaban a un nivel muy superior al actual. Y lo más importante es que actuaban como focos de emulación.

Fuentes Quintana describió el problema en términos muy certeros en una de sus últimas entrevistas: antes los modelos sociales de un niño nacido en un pueblo eran el maestro, el sacerdote, el médico, el boticario y otros por el estilo. Hoy pueden serlo Cristiano Ronaldo o cualquier famoso del couche. Cuando yo era niño se veía "Cesta y Puntos" o "Torneo". Ahora parece que el único futuro profesional de media España es cantar o bailar.

Algo va mal, a mi entender.

Quidam dijo...

Gran entrada. Totalmente de acuerdo.

Pepe dijo...

Agus, yo francamente sí creo que los jóvenes tienen (¿tenemos?) muchísimas razones para estar descontentos. Algunas son precisamente las que han señalado Lectora y Anónimo: la universidad es un basurero y nadie valora el esfuerzo y la dedicación. Y es que los principales perjudicados de esta situación son, no lo olvidemos, los jóvenes que no tienen otra cosa que sus capacidades intelectuales y sus ganas de trabajar... o sea, no las élites precisamente. Porque si resulta que yo soy una persona inteligentísima y muy válida y acudo a la universidad, lo que me encuentro es: a) que se aprende poco y mal; b) que el que piensa, pierde; y c) que es lo mismo ocho que ochenta: para el sistema es indistinguible - puesto que reciben el mismo título - el tío semianalfabeto que no ha leído un libro en su vida y el que realmente tiene cualidades y está formado. Quiero decir, que al menos antes existían los mecanismos para avanzar con esfuerzo y dedicación, si se tenía capacidad, como ha contado Anónimo de sus padres (vale, que no todo el monte era orégano). Ahora, sin embargo, da igual que seas el tío más listo del mundo porque te van a dar el mismo título que a cualquier incapaz. Claro, obviamente hay que sacar a las élites de algún lado: allí están los masters carísimos, las titulaciones en prohibitivas universidades extranjeras de las que hablaba Anónimo, etc. O sea, paradójicamente, en el país de la igualdad, la brecha social se está agrandando. Y lo peor es que dices estas cosas y te llaman clasista, hay que joderse. Botín contento, claro, porque el no piensa en la universidad como en un lugar de crecimiento intelectual y tal y tal, sino en una fábrica de oficinistas. O sea, que sí, que me siento engañado, sí.

Pepe dijo...

Lectora, yo veo de lo más razonble aspirar a tener un trabajo de 8 a 2 y un sueldo decente. Lo que no es normal es trabajar 12 horas diarias por una miseria. Bueno, sí es normal: se llama pobreza (otra cosa es que nos creamos clase media por tener un ipod y viajar en Ryanaiar, o como se llame, y no nos idenfiquemos con otros trabajadores explotados que en el munndo han habido... pero este es otro tema).

Agus Alonso-G. dijo...

Yo no creo que todo sea muy relativo. Puede que todos tengamos parte de razón, pero habrá elementos del análisis acertados y otros menos, y sería interesante discernirlos en el debate.

No ignoro la multitud de problemas que hay en nuestra sociedad. Siempre hay desequilibrios, injusticias, problemas que solucionar. Yo no digo que no haya muchos motivos para el descontento, Pepe, pero insisto en que más tenía la generación previa en su conjunto.

La idea fundamental que quiero transmitir en esta entrada es que no lo tenemos más difícil que nuestros padres, idea perniciosa que se está extendiendo en nuestra generación y que nos retrata. Otra cosa es que esas facilidades -o bienestar- sumadas a determinada moral libertaria ha castigado el concepto de esfuerzo, el de excelencia. Pero las circunstancias son más favorables.

Tenemos mayor bienestar, tenemos más herramientas para llegar lejos, tenemos más acceso a un mínimo educativo. ¿Que para entrar en la élite hay que seguir teniendo un plus (también económico)? No nos chupemos el dedo. Está muy bien soñar con una utopía donde todos somos ricos y podemos estudiar en prohibitivas universidades extranjeras. Pero eso nunca sucederá. Siempre habrá desigualdades. Es un hecho.

(Lo cual no impide luchar contra las injusticias, aspirar a que esas desigualdades no deshumanicen ni degraden a los más débiles.)

Decir que hoy da igual que seas el tío más listo del mundo porque te dan el mismo título que a un incapaz me parece una machada poco rigurosa. Si España es una castaña, uno puede huir, pedir un crédito y lanzarse a la aventura, invertir en su propia educación. Sí, se mire como se mire, hoy es más asequible situarse decentemente en la vida. Aunque, insisto, no falten dificultades y obstáculos que derribar.

Por otra parte, Pepe, yo no creo que la brecha social sea ahora más grande que hace 50 años.

Si la universidad es menos exigente que antes, habrá que preguntarse por qué y tratar de mejorarla. Curiosamente, los sindicatos de estudiantes y colectivos de ese tipo son los primeros que han tratado de cargarse las pruebas de acceso a la universidad. Los que no soportan que se eleve el nivel de exigencia.

Porque los principales perjudicados somos los jóvenes... Sí, y muchas veces los responsables. Nadie sino uno mismo es en último término responsable de su propia desidia, de querer ser Belén Esteban y no Einstein, especialmente si es universitario. Qué fácil es culpar al sistema, al Estado, al sistema educativo, en vez de pensar que parte de ese sistema putrefacto es uno mismo y que lo que haga puede cambiar las cosas, aunque sea un poquito.

Seguiría pedaleando sobre este tema que me interesa muchísimo y que me alegra muchísimo que también interese a los lectores de este blog, pero tengo que irme a ver el fúrgol. Hala Madrid.

Yavembar dijo...

Magnífica entrada. De las mejores que has escrito (lo que no desmerece a las otras sino que encumbra a ésta).

Me la imprimiré para leerla cuando me dé el bajón de "qué injusto es el mundo".

Agus Alonso-G. dijo...

Gracias, querida Yavembar.

Quizá a veces sueno un poco nietzscheano, pero creo que la vida es don y tarea.

Pienso que no se puede decir -como hace Pepe- que "para el sistema es indistinguible - puesto que reciben el mismo título - el tío semianalfabeto que no ha leído un libro en su vida y el que realmente tiene cualidades y está formado", o sea, que la universidad está llena de jóvenes inútiles, y al mismo tiempo decir que "los jóvenes no tienen otra cosa que sus capacidades intelectuales y sus ganas de trabajar".

A ver si me aclaro: los jóvenes, así en plural, como categoría general, ¿son unos inútiles que consiguen un título con la minga o son unos tíos que sólo tienen ganas de trabajar?

Mi experiencia como estudiante de Filología Hispánica hace sólo 8 años es que no hacía falta unas enormes ganas de trabajar para sacar la carrera, pero mi experiencia como parte del mercado laboral es que si hay "ganas de trabajar" se consigue. Aunque no siempre exactamente en lo que uno quiere. Ahí llega la frustración, pero no la "miseria", como alguno ha dicho por aquí.

Lectora dijo...

"Partiendo de esta base, la diferencia la marcan ahora hechos que sí exigen ciertos posibles: masters de campanillas, oposiciones de alto nivel (que exigen poder dedicar varios años al estudio), titulaciones en prohibitivas universidades extranjeras, buenos contactos y otros por el estilo".

Completamente de acuerdo. Aunque debo decir (como apunte) que yo tengo una titulación en una universidad prohibitiva fruto de una beca que me costó lo que no está escrito conseguir... pero no dejo de ser una excepción. Claro, allí por mí misma no habría podido pagarme ni las zapatillas.

En cuanto a trabajar 12 horas u 8, Pepe. Pues depende, como todas las cosas. Depende de cómo pienses en tu "trabajo" y de lo que el trabajo suponga para ti. Yo soy traductora y docente, es decir: estoy acostumbrada a trabajar hasta cuando duermo. Para mí no existe el concepto de "voy 8 horas a trabajar a una oficina y hago lo que me manden", una cosa muy funcionarial y muy española. Nunca me ha gustado esa idea y no me identifico con ella. Si tengo tiempo libre, leo algún libro sobre traducción o educación; dedico mucho tiempo a preparar mis clases, independientemente de que me lleve 4, 8 o 12 horas a la semana. La diferencia es que yo no trabajo para nadie: trabajo para mí misma. Yo me impongo mis horarios, mi disciplina... Si trabajo 12 horas no es porque nadie me "explote", sino porque quiero trabajarlas (y naturalmente, recibo una recompensa económica a cambio, pero esa no es la razón que me lleva a tener una disciplina de trabajo como la que tengo). No es infrecuente que amigas que trabajan como funcionarias o asalariadas me digan que tengo mucha "suerte"; las mismas amigas, por cierto, que no entienden que a lo mejor un sábado por la noche yo decida quedarme en casa porque tengo que entregar una traducción el lunes a primera hora, y... ya saldré el martes, que total, lo mismo me da.

No me considero excepcional, pero creo que las cosas nos irían mucho mejor si parte de esa autosuficiencia de la que hablo (que no hay que confundir con individualismo) entrara a formar parte de la ética de trabajo del país.

Pepe dijo...

Agus, aclaro lo que escribí: no quise decir que TODOS "los jóvenes no tienen otra cosa que sus capacidades intelectuales y sus ganas de trabajar" sino que los principales perjudicados de que el sistema educativo sea una castaña son aquellos jóvenes – no todos - que sí tienen esas cualidades. Bueno, a los otros también les perjudica aunque ellos no lo sepan. Digo, porque al final a todos nos interesa que los profesionales estén realmente cualificados, que las decisiones las tome gente capacitada, etc. De todas maneras no te falta razón en mucha de las cosas que dices. Es verdad que todos somos un poco culpables… pero unos tienen más responsabilidades que otros. No creo que se pueda decir que la universidad es un asco porque a los estudiantes no les interesa que se eleve el nivel de exigencia. Puede que a la mayoría no le interese, no digo que no, pero es que para conseguir un mínimo de excelencia en la universidad española harían falta unas reformas profundísimas que nadie está dispuesto a acometer. Y quien dice universidad, dice educación primaria y secundaria. En definitiva, que estoy descontento porque entre otras cosas he visto conculcado mi derecho a la educación: sólo he tenido derecho a ocupar una plaza en centros públicos de distinto pelaje y a que me dieran un título al final que ni siquiera el propio sistema que me le dio valora especialmente. Y si hablamos del mercado laboral, nos encontramos con defectos parecidos. Claro, que como tú dices, de nada vale andar lloriqueando por las esquinas. Supongo que los problemas de ahora son más o menos los que ha habido siempre: la picaresca (que en español haya una palabra simpática para definir la falta de ética es significativo), la desidia, la falta de crédito que se da a las capacidades intelectuales, el nepotismo (que tiene que ver con lo anterior)... Quizás la realidad es la misma de siempre y lo que chirría es simplemente la falta de correspondencia entre las expectativas y la realidad. Puede ser.

Lectora dijo...

"Otra cosa es que esas facilidades -o bienestar- sumadas a determinada moral libertaria ha castigado el concepto de esfuerzo..."

Se me había pasado esto. Si por algo se distingue la moral ****verdaderamente**** libertaria es por valorar por encima de todo las capacidades y el esfuerzo personal. Creo que más que "libertaria", querías decir algo a´si como "libertarista". Que no es lo mismo ;-)

Lectora dijo...

Sobre la universidad, lo que dices de la reforma es completamente cierto, Pepe. Empezando porque la universidad española necesitaría una reforma... desde los mismos cimientos (demolición, vamos). Ese es otro tema, claro, pero es un síntoma más de lo que nos pasa. Y otro síntoma evidente es el hecho de que cuando salimos fuera, no sólo somos buenos, sino que estamos entre los mejores. Yo he trabajado con montones de compañeros (becados, al igual que yo) que destacan en sus campos respectivos pero a los que jamás se les dio una oportunidad en España. Algo muy gordo está fallando cuando un país no sabe reconocer la excelencia.

Pepe dijo...

Me releo y me corrijo:
… que me dieran un título al final que ni siquiera el propio sistema que me LO dio valora especialmente.
Lectora, da la impresión que sólo ves dos posibilidades: el trabajo responsable con jornadas laborales interminables o el trabajo negligente de irresponsables que sólo piensan en el escaqueo y en irse temprano a casa. Me parece legítimo (y necesario - para poder entre otras cosas atender a nuestros hijos) aspirar a una jornada laboral decente. Nada tiene esto que ver con la falta de ética en el trabajo. Siendo realistas, un trabajador motivado y realmente capacitado para su labor (y si se gestionara eficientemente), podría hacer en 8 horas lo que ahora hace en 10, en 6 lo que hace en 8, etc. Por los demás, estoy de acuerdo con tus planteamientos.

Pepe dijo...

Lectora, que me he releído y quiero aclarar una cosa: no quiero decir que tú tienes que echar muchas horas al trabajo porque estás poco capacitada y/o motivada, conste. Me refería a que en un país donde lo mismo son ocho que ochenta (o sea, donde no se sabe reconocer la excelencia, como muy bien has dicho) lo raro sería que no hubiera un desfase entre el valor que se da al trabajo que uno hace y el que realmente tiene.

Lectora dijo...

Completamente de acuerdo con tu último comentario, Pepe.

Al hilo, algo bastante sintomático:

http://www.elpais.com/articulo/espana/mayor/quiero/ser/funcionario/elpepuesp/20101019elpepunac_17/Tes

el fon dijo...

Buenos días. Interesante debate. Me mola. En muchas cosas estoy de acuerdo y en otras no.
Me apetece hacer varios comentarios:
1)A finales de los años sesenta podías tener un salario de 25.000 a 30.000 pesetas. Podías pagar una letra de la hipoteca de 5.000 pesetas. Esto supone una quinta o una sexta parte de tu salario. Comparado con lo que pagamos ahora, es ridículo.
2)En el colegio en que estudié EGB había una mujer que vendía gominolas a la puerta del colegio. Se llamaba: " La maruchi ". Tenía un piso. Y no porque se lo regalasen sino porque vendiendo chucherías más las chapucillas de su marido... se pudo comprar un piso.
3)La universidad española es una BASURA. Estudié derecho y no aprendí absolutamente nada. Memoricé y vomité el día del examen. Así, asignatura tras asignatura. Si hubiese empezado a trabajar con 18 años, ya llevaría trabajando 12 años... y sabría mucho más de lo que se ahora.

Anónimo dijo...

He leído este blog en varias ocasiones y, por fin, me he decidido a comentar...

No, no creo que lo hayamos tenido más difícil que nuestros padres. Para aquellos que, como yo, hoy están a punto de alcanzar o rondan la treintena no está de más recordar que el record de paro en España tuvo lugar en el 94, con más del 24%. Es decir, el mercado laboral siempre ha sufrido altibajos y es rara la generación a la que no le haya tocado un momento duro.

Estoy de acuerdo en que es necesario reformar la universidad, porque el nivel de exigencia es irrisorio en un gran número de carreras y eso no beneficia a nadie: ni a los que quieren forjarse su futuro laboral en la universidad ni a los que van por el placer de aprender. Pero la universidad no tiene por qué convertirse en una factoría de trabajadores, ni tener un título en un pasaporte para obtener un empleo.

Sí, nos quejamos mucho... pero es que hemos tenido de todo (unos más que otros, cierto, pero mucho más que generaciones anteriores). Yo no puedo quejarme, nunca he tenido muchas dificultades para encontrar trabajo; eso sí, a base de mudarme de una punta a otra del país y, últimamente, del continente; pero ese es un "precio" que pago gustosa. No se puede tener todo lo que se quiere, los resultados se consiguen con esfuerzo y algún sacrificio personal... eso es lo que no nos entra en la mollera.

Agus Alonso-G. dijo...

Jaja, el fon siempre tan directo y crudo.

Estimada Anónima, bienvenida a este blog. Espero que te encuentres a gusto y comentes más.

E. G-Máiquez dijo...

Grandísima entrada. Y "No me puedo quejar", un gran lema.

Agus Alonso-G. dijo...

Muchas gracias, Enrique. Hace mucho que no nos 'hablamos'. Ni te felicité por la criaturica, y ya después me ha dado casi palo ponerte nada en el blog.