jueves, 19 de agosto de 2010

Veranos en León

Mañana me voy al pueblo, a las fiestas. Siempre he sido de esos afortunados madrileños que tienen raíces fuera de esta patria chica tan apátrida.

Recuerdo con inmenso amor los veranos de mi infancia en una aldehuela del Bierzo. Aquello era todo un universo, un paraíso en el que uno ni siquiera pensaba que estaba en un paraíso, un lugar donde se vivía en inocencia, incluso cuando uno no era nada inocente.

Recuerdo el cóctel aromático de brezos y boñiga de vaca que te golpeaba al entrar en el pueblo, después de más de seis horas de viaje en aquella Nissan Vannette gris que discurría en buena parte por la antigua N-VI, toda la familia y los bártulos apretados. Sin aire acondicionado, pero también sin saberlo porque no existía tal cosa o era un lujo de ricos.

Recuerdo los ladridos de Tobi -aquel perro sacrificado tras romperse el espinazo-, que sonaban afectuosos y nostálgicos y desprendían una emoción de corte humano. Un año sin vernos y celebraba nuestra llegada con delirio.

Recuerdo las excursiones a Canales, idealizado rincón bucólico lleno de moscas y humedad, a la Fuente de la Risa. Recuerdo las huellas de jabalís en el suelo. La brisa de la noche en esas noches de literas compartidas con mis hermanos, de cuentos de la abuela. Las bicis -y los piñazos con las bicis también-, cómo aprendí a pedalear sin las manos en el manillar.

Recuerdo hacer de monaguillo en la Misa de diario y llevarme en el bolsillo, furtivamente, un puñado de obleas. Y recuerdo las arrugas pictóricas de los viejos y las viejas de lugar. Las Filomenas, los Jesusines, los Valentines, las Matildes... Y los tambores en la procesión de las fiestas, Y las campanas. Y los dimes y diretes procaces...

Y la adolescencia. Y las chicas como frutas frescas. Enamorarse de la primera con la que uno cruzaba la mirada en las fiestas de Matachana. Las cartas de amor. De amor platónico.

Buena parte de lo que soy lo compone ese pueblo, un don que la vida me ha deparado, un contacto con lo rural, con la naturaleza... y por lo tanto con las tradiciones que no muchos tienen. Y que muchos de los que tienen no valoran.

Mañana me voy al pueblo. Piensa uno que, desde hace quince años, las fiestas han decaído. El verano en Turienzo como concepto. (Si esto lo dice uno frisando la treintena, no quiero ni pensar las jeremiadas que lanzaré en la sesentena, jeje.) Por lo que dicen, y uno ha podido ver, aquello ya no es aquella especie de Nunca Jamás donde los jóvenes veraneantes llegados de todas las urbes españolas exprimían su infancia, su adolesencia, sin tantas prisas por crecer.

Eso ha cambiado. Quizá era necesario. Yo sólo sé que ese reducto infantil es un sagrario íntimo donde no importa la regresión, donde uno acude a chapuzarse en las aguas de la eterna juventud sin complejos, sin temer que le llamen retrógrado. O mejor, se mira en esas aguas para llegar a entender mejor quién es.

Gracias a Dios, al visitar la orilla de esos recuerdos, brota la alegría, "tan vertical, tan gracia inesperada, tan dádiva caída". Por lo que se es y por lo que se ha sido, si es que hay diferencia...

3 comentarios:

el náuGrafo dijo...

Turienzo tiene algo.. es un lugar con encanto. Pasadlo bien.

Anónimo dijo...

anda mira tu anonimo mas fiel tiene algo al menos en común contigo, yo también pasaba de pequeño los veranos en el bierzo....

peñalba de santiago?

Agus Alonso-G. dijo...

Turienzo Castañero