lunes, 30 de agosto de 2010

Lisboa

Me esperaba en Lisboa el encanto de lo añejo que uno se encuentra en tantos rincones de Roma, en el espíritu de la propia Roma, a pesar del caos y la suciedad. No son pocos los que hablan de esa gracia lisboeta, encumbrada, como siempre, por la mirada literaria de algunos buenos escritores.

Pero en la ciudad portuguesa he encontrado la vetustez de lo caduco y descuidado. El encanto en algunas estampas y rincones, sí, pero la miseria y la cochambre del caballito de madera que lleva décadas en el desván. Demasiado llamativas para ignorarlas.

Me sorprendió encontrar ese descuido, esa connivencia y convivencia con lo ruinoso. Hasta en las iglesias que debieran ser bellas y estar cuidadas. En la de Sao Domingos (foto de la izquierda) pareciese que hubiese pasado una revolución anticlerical y que nadie se hubiese ocupado de reparar los mordiscos en las columnas, las balaustradas simplemente desaparecidas, los desconchones en la pared...

Si yo no podría vivir en una habitación llena de mugre y ajada, ¿por qué iba a encontrarle encanto a gran escala?

Lisboa, como cualquier lugar del mundo, es, eso sí, un destino fantástico para viajar con un par de buenos amigos.

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