domingo, 2 de mayo de 2010

Salvar el misterio (II)

Quizá la división importante no es tanto la que existe entre los religiosos y los irreligiosos como la que separa a los que temen a la muerte de quienes no la temen. Formamos, por tanto, cuatro categorías, y está claro cuáles se consideran superiores: la de quienes no temen a la muerte porque tienen fe, y la de quienes no temen a la muerte aunque no tengan fe. Estos grupos ocupan el podio moral. En tercer lugar vienen los que, a pesar de tener fe, no pueden librarse del temor antiguo, visceral, racional. Y luego, sin medalla, a ras de suelo, bien jodidos, están los que temen a la muerte y no tienen fe"

Entre los últimos se encuentra Julian Barnes, que en Nada que temer nos plantea un ingenioso ejercicio de honradez. La de un agnóstico que decide enfrentarse sin tapujos a su miedo a la muerte. El libro aparenta ser un intento de autoafirmarse en su increencia, pero creo que termina siendo una muy inglesa autorrefutación de principios.

Una de las situaciones recurrentes a lo largo de la historia -que es una autobiografía, y por lo tanto es entonces, supongo, un ensayo- es la comparación de Barnes con su hermano, filósofo y de carácter mucho más racional que él.

Y aunque en la forma en que mi hermano habla de la mortalidad es (en ambos sentidos) filosófica, aunque se distancie de su propia disolución final mediante una comparación con un árbol, no creo que su vida en y con la filosofía sea la que ha forjado esta diferencia. Sospecho que él y yo somos como somos en estas cuestiones porque hemos sido así desde el principio" (Nada que temer, Julian Barnes, Anagrama, trad. de Jaime Zulaika)


Que me recordó inmediatamente a la tesis de la probabilidad antecedente del cardenal Newman (tan diferente de la tesis pascaliana de creer ante la probabilidad de que Dios exista).

Apenas haría falta señalar lo mucho que tienen que ver nuestras inclinaciones con nuestra creencia. Es casi un refrán decir que las personas creen lo que desean que sea verdad. (...) 'Insignificancias ligeras como el aire' (Otelo, Shakespeare) es todo lo que una mente predispuesta requiere para creer y actuar.

(...) Cuando las probabilidades que suponemos no existen realmente, o cuando nuestros deseos son desordenados, o nuestras opiniones son erróneas, la correspondiente fe degenera hasta convertirse en debilidad, extravagancia, superstición, entusiasmo calenturiento, fanatismo, o prejuicio, según sea el caso. Pero cuando nuestras predisposiciones favorables son intachables, entonces no nos equivocamos al creer o no creer, basándonos en indicios escasos y limitados, no ciertamente prescindiendo de toda garantía demostrativa.

32. La razón [empírica](...) se basa en las garantías palpables; en cambio, en la fe cuentan mucho las presuposiciones. De ahí que, mientras la razón requiere pruebas rígidas, la fe queda satisfecha con pruebas vagas o defectuosas" ("¿Razonabilidad débil de la fe?", en La fe y la razón. Sermones universitarios, J.H.Newman, Ed. Encuentro, trad. de Aureli Boix)


Para mí, añorar a Dios se parece bastante a ser inglés: un sentimiento que brota sobre todo ante la agresión. Cuando insultan a mi país, despierta un patriotismo latente, por no decir narcoléptico. (...) El mes pasado asistí a una cena con vecinos. (...) Se habían entablado varias conversaciones simultáneas cuando de pronto, unas sillas más allá, una discusión llegó a su apogeo y un joven (el hijo de la casa) gritó sarcásticamente: 'Pero ¿por qué Dios haría esto por Su hijo y no por todos nosotros?' Sucumbí al impulso maleducado de interrumpir mi conversación y responderle gritando: ¡Poruqe es Dios, santo cielo.' El diálogo se amplió; C., mi anfitrión, un viejo a migo y racionalista notorio, apoyó a su hijo: 'Hay un libro que habla de personas que sobrevivieron a la crucifixión, que no estaban muertas cuando las bajaron. Se podía sobornar a los centuriones.' Yo: '¿qué tiene que ver eso?' Él (exasperadamente racionalista): 'La cuestión es que no pudo haber sucedido. No pudo haber sucedido.' Yo (racionalmente exasperado por la racionalidad): 'Pues ahí está la cuestión: que no pudo haber sucedido. La cuestión es que si eres cristiano, sucedió.' (...)

Este tipo de objeciones y 'explicaciones' científicas -Cristo no caminó realmente por encima de las aguas, sino sobre una fina capa de hielo que, en determinadas condiciones meteorológicas...- me habrían convencido en mi juventud. Ahora me parecen totalmente irrelevantes. Como expresó Stravinski, la prueba razonada (por tanto, no prueba nada) no es para la religión más que lo que los ejercicios de contrapunto son para la música." (Nada que temer, Julian Barnes

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