jueves, 31 de diciembre de 2009

Renacer con el nacimiento del año

El 1 de enero de 2009, al comienzo de este año, me refería al carácter cíclico de la vida que nos ofrece la oportunidad de recomenzar.

La idea la recogía de Julián Marías. Éste, en su libro Persona, dice:

La persona, por su irrealidad, inseguridad y contingencia, es lo más vulnerable, pero con un núcleo invulnerable, precisamente porque nunca está 'dada': no se puede decir de ella 'esto es', porque 'está siendo', 'va a ser'. sin límite conocido. Consiste en innovación, siempre puede rectificar, arrepentirse, volver a empezar, en suma, renacer.

(...)

Si la vida humana careciese de sueño, si fuese una vigilia constante, su estructura sería radicalmente distinta. Cada día se 'despierta', es decir, se reanuda la vida tras una interrupción (...). Lo decisivo es que no se despierta a un 'mundo', sino a una biografía que se reanuda"

Creo que esto es aplicable a los años. No se trata de hacer borrón y cuenta nueva burdamente. Año nueva, vida nueva. No. Pero sí algo así como año nuevo, renacer nuevo.

Después de renacer con el Nacimiento del Niño, podemos renacer con el nacimiento del año.

Feliz año a todos, ¡feliz renacer en 2010!

Versus nocilleo

Las personas como él aprecian mucho la amistad, la proximidad, la solidaridad y todas esas cosas, porque siempre necesitan compañía para jugar a las cartas, beber y salir a tomar algo; además, son habladores y necesitan que alguien los escuche. Nos hicimos amigos, es decir, él pasaba a verme a diario, me impedía trabajar y me hacía confidencias sobre su mantenida. Desde el principio me sorprendió su extraordinaria mendacidad, que me daba verdadero asco. En calidad de amigo le reprendía: le preguntaba por qué bebía tanto, por qué vivía por encima de sus medios y contraía deudas, por qué no hacía nada ni leía un libro, por qué tenía una cultura tan escasa y sabía tan poco, y en respuesta a todas mis preguntas esbozaba una amarga sonrisa, suspiraba y decía: 'Soy un fracasado, un hombre superfluo', o: '¿Qué puede esperarse de nosotros, residuos de la época de servidumbre?', o: 'Hemos degenerado...'. O se perdía en consideraciones prolijas y descabelladas sobre Onieguin, Pechorin, el Caín de Byron y Bazárov, de los que decía: 'Son nuestros padres en cuerpo y alma'. Todo esto había que interpretarlo así: no era culpa suya que los paquetes de documentos oficiales estuvieran semanas enteras sin abrir o que él se entregara a la bebida y animara a beber a otros; la culpa la tenían Oniegui, Pechorin y Turguénev, inventor del fracasado, del hombre superfluo. La causa de la extrema depravación y envilecimiento no hay que buscarla dentro de uno mismo, sino fuera, en el espacio. Además, mire usted qué bien, el pervertido, el embustero y el miserable no era sólo él, sino también nosotros... 'Nosotros, los hombres de los años ochenta', 'nosotros, progenie indolente y neurótica del régimen de servidumbre', 'nosotros, despojos desfigurados por la civilización'. En resumidas cuentas, debíamos comprender que un hombre tan grande como Laievski era grande incluso en su caída; que su depravación, su ignorancia y su incuria constituían un fenómeno histórico natural, consagrado por la necesidad; que nos encontrábamos ante causas universales, elementales, y que había que encender una vela por Laievski, víctima fatal de la época, de las tendencias, de la herencia y demás"

El duelo, Anton P.Chéjov, 1891. En trad. de Víctor Gallego para Alba Editorial.

Topes tenes

Espigando en lo que he leído (menos de la mitad que en 2008, muy lamentable) y he visto este año, aquí va mi top ten de libros y películas que os recomiendo. En orden aleatorio:

Cine

El luchador, de Darren Arronofsky
La clase, de Laurent Cantet
Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar
Aruitemo, aruitemo (Still walking), de Hirokazu Kore-eda
City of life and death, Chuan Lu
Ararat, Atom Egoyan
Moon, Duncan Jones
Precious, Lee Daniel
Paranormal activity, Oren Peli
Katyn, Andrzej Wajda

Literatura

El periodista deportivo, de Richard Ford
Flaubert's parrot, Julian Barnes
Lo que ha llovido, Enrique Garcia-Máiquez
La comedia humana, William Saroyan
Cinco novelas cortas, Antón P. Chéjov (editadas por Alba Editorial)
La noche de los tiempos, Antonio Muñoz Molina
Troppo vero, Andrés Trapiello
Postales del náufrago digital, Eduardo Laporte
La carretera, Cormac McCarthy
Perder y ganar, John H. Newman

domingo, 27 de diciembre de 2009

Ejem, je

A mi mujer no le gusta Katia por otras razones: porque ha sido actriz, por su ingratitud, por su orgullo, por su excentricidad, por los numerosos defectos que una mujer siempre sabe encontrar en otra"

Una historia aburrida, Antón P.Chéjov, 1889

sábado, 26 de diciembre de 2009

Nihil novum

Si me preguntasen qué es lo que no me gusta de mis alumnos actuales, no daría una respesta inmediata y prolija, sino bastante precisa. Conzco sus defectos y, por tanto, no necesito recurrir a la niebla de los lugares comunes. No me gusta que fumen, que tomen bebidas alcohólicas, que tarden en casarse, que sean despreocupados y a menudo tan indiferentes que permiten que haya entre ellos compañeros hambrientos y no pagan lo que deben a la sociedad de ayuda a los estudiantes. No conocen lenguas modernas y se expresan mal en ruso; ayer mismo, un colega mío, profesor de higiene, se quejaba de que se veía obligado a explicar las cosas dos veces, ya que sus alumnos no saben casi nada de física o de meteorología. Se someten de buena gana a la influencia de cualquier escritor contemporáneo, incluso de los mediocres, pero se muestran completamente indiferentes a autores clásicos como Shakespeare, Marco Aurelio, Epicteto o Pascal, y esa incapacidad para distinguir lo grande de lo pequeño manifiesta ante todo su desconocimiento de la vida"

Una historia aburrida, Antón P.Chéjov, 1889.

Corazones de piedra y madera

Decíamos anteayer lo que esa misma noche el Papa dijo con más agudeza y profundidad:

El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intere­ses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia. Hay quien dice «no tener religiosamente oído para la música». La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos «sin oído musical» para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen «no tener este oído musical» y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste"

Cuánta ternura transmiten las palabras de B16 y qué pena que le hagamos tan poco caso a veces, mientras nos interesamos por lo último, por lo más visto, por la chorrada más efímera:

También hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él. Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro"


Os deseo una Santa y Feliz Navidad.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Siquiera un pastorcillo...

Qué plana la vida lejos de Dios, qué nadicie queda de poso al transcurrir los días, los meses, cuando se tiene la mirada borrascosa para lo sobrenatural.

Y al mismo tiempo, cuánto sacrificio físico y emocional, cuánto esfuerzo intelectual y olvido de sí mismo y generosidad requiere la lucha ascética que afina los ojos del alma. Cuidar el Amor.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Avatar, de James Cameron

’Avatar’: Reportaje sobre la película de James Cameron




De Avatar impresiona, sobre todo, el realismo que se ha logrado en la animación de personajes. Lo mejor de la película, por eso, es dejarse llevar visualmente.

La historia es entretenida, pero no aporta nada nuevo. Un remake ecológico y futurista de Bailando con lobos.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Troppovereando

En el último tomo de los diarios de Andrés Trapiello -el número 16 del Salón de pasos perdidos, si no me equivoco-, es recurrente a la frase de Juan Ramón Jiménez "la rosa no cansa".

Algo así se podría decir de Troppo vero, que es como se llama el tomazo, y del resto del Salón. Al que le gusta, no le cansa. (Aunque no piensa lo mismo el amigo X, al que uno le ha oído decir que se ofrece para antologar el Salón, labor para la que estaría preparado y si no, véase el final de la crítica)

Este lector, que a veces sufre del síndrome de la prisa leedora cuando está con un libro entre manos, especialmente cuando se trata de una novela, se zambulle en los tomazos (qué bien edita Pre-Textos) de Trapiello como el que se sienta en el sofá más cómodo y familiar de su casa... para leer precisamente un libro como ese. Sin prisas, sin antes y después, sin avideces insanas.

Hace un par de días estuve en Conde de Xiquena Siete (moderno) para entrevistar a Trapiello. Más que una entrevista, fue una agradable conversación entre un escritor y alguien al que le encantan sus diarios (que, como él mismo señaló, tiene la misma edad que su hijo, R.).

Este lector es en general poco observador, le faltan ojos y palabras para describir un lugar en el que estuvo una hora y un poco sobrecogido por la situación que no habría esperado tiempo ha. Aunque sí pude ver y fotografiar su rincón de trabajo.

Hojeando el tomo del diario, cuando me lo firmó, me confesó que el título que más le gusta de los diarios es el que tiene previsto para uno de los futuros volúmenes, Seré duda, en referencia a la expresión futbolística y deportiva en general: "Será duda para el partido del...".

De la entrevista ya espigaré otros comentarios y escribiré un artículo para rtve.es, pero me resultaron divertidas dos anécdotas plenamente trapiellescas. Una, cuando él mismo hablaba de que no quería que sus diarios le sirvieran para "trapichear". "Andrés Trapicheo", pensé mientras hablaba sin poderlo evitar, pensando que si me leyese el pensamiento me fulminaría en uno de sus diarios. O puede que lo haga si lee esto. (¡Hola, A.!)

Otra, cuando le llamaron en mitad de la entrevista para preguntarle de un diario sobre algo relacionado con la Academia, el diccionario o la nueva gramática... Lo que fuere.

Pude presenciar en primera persona (no iba a ser en tercera) cómo se negó a contestar opinando que "de eso tenían que hablar los académicos", que un diccionario que definía el ruiseñor y decía todo menos que canta bien no puede ser más que porque un "idiota" (sic) cambió la definición algún día, y así.

domingo, 13 de diciembre de 2009

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina

Sólo el tiempo es capaz de situar una novela en el lugar exacto que le corresponde, pero el de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (Ùbeda, 1956), se intuye elevado.

Una vez que el lector ha terminado la última de las casi mil páginas de esta obra, es necesario contener siquiera brevemente el aliento y tratar de sobreponerse, porque da miedo dejarse llevar por la impresión quizá demasiado a quemarropa de la lectura reciente.

La noche de los tiempos
es el retrato de una España que se dirigía ¿irremediablemente? a la guerra civil, la historia de un amor adúltero en una Europa de entreguerras sumida en el delirio previo a la masacre.

Ignacio Abel es un arquitecto bien situado, republicano y socialista, que viaja a Estados Unidos en octubre de 1936 para tomar posesión de una plaza como profesor visitante. Huye de un Madrid anárquico y sitiado, un país resquebrajado por la guerra y una familia con mujer y dos hijos a los que ha traicionado con un amor clandestino que después de voltear su vida se ha hecho imposible.

En ese viaje norteamericano, el narrador Muñoz Molina reconstruirá "setenta y tres años después" la intrahistoria de ese arquitecto, paralela a -y al mismo tiempo inevitablemente entrelazada con- la Historia de un tiempo y un lugar.

A través de las páginas pasarán personajes ficticios y también históricos, como Moreno Villa, Pedro Salinas, José Bergamín, Rafael Alberti o Manuel Azaña.

No es difícil imaginar que al abordar el escritor jienense un empeño literario de estas características tendría en la cabeza el espejo de las grandes novelas de la modernidad. Esos grandes frescos de toda una sociedad, los retratos corales de las convulsiones que atravesaron este par de siglos -y qué siglos-.

Porque se percibe en La noche de los tiempos la misma ambición histórica y antropológica de un Dostoievski, un Tolstoi, un Mann, igual aspiración a una narración mastodóntica que un Victor Hugo, un Stendhal, un Grossman.

Sin ese impulso, que podía haberse quedado en estrepitoso fracaso, nadie lograría llevar a cabo una obra tan lograda y polifacética como la de Muñoz Molina.

Sin lugar a dudas, y por empezar por el asunto más espinoso dada la época en que se desenvuelve la historia, se le podrá acusar a la novela desde uno y otro "bando" de parcialidad, o de ofrecer una visión injusta de las circunstancias históricas. Nunca llueve a gusto de todos.

Pero el telón histórico que se dibuja en La noche de los tiempos y los perfiles humanos que pululan por él transpiran la honestidad de quien ha intentado ser ecuánime sin dejar de presentar una verdad histórica, es decir, sin aspirar a la equidistancia.

Además, Muñoz Molina, bien es sabido, tiene su propia visión del mundo, desde la izquierda laica. En cualquier caso, el esfuerzo para lograr huir de la simplificación en su novela se intuye ímprobo.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es ingenio narrativo. Muñoz Molina construye con sabiduría la arquitectura de la novela. Despliega las historias con efectividad y sin efectismos, superponiendo planos temporales y personajes sin que se perciba la tramoya ni ésta estorbe al lector.

Que desde el principio sepamos lo que se nos va a contar no impide que, empujado también por la brillantez de la prosa, el lector se vea arrastrado página tras página.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es creación de personajes, personajes de carne y hueso. Éstos tienen profundidad psicológica y coherencia interna. Complejidad, riqueza interior. Y por eso tienen interés.

Son seres normales y corrientes, llámense Juan Negrín, Ignacio Abel o Karl Ludwig Rossman, individuos cuyos sentimientos, razonamientos y pulsiones expresan la variada gama de los sentimientos, razonamientos y pulsiones de cualquier mortal. Como las grandes novelas. Y como en las grandes novelas, el narrador no los juzga.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es reflexión moral, antropológica, sin respuestas cerradas. El arte permite la libertad de esbozar, de abrir puertas, de reflejar luces y sombras en el ser humano y en la sociedad que se mueve sin necesidad de ser exhaustivo.

¿Que La noche de los tiempos podría haber sido más breve? Posiblemente. ¿Que se le podrían recortar pasajes que quizá resulten redundantes? Es muy probable. Y también le sobran páginas a las grandes novelas de la historia.

Pero es que no se puede pedir a una novela la perfección cerrada de un soneto.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Invisible, de Paul Auster

El riesgo de leer una buena crítica literaria antes de haber perfilado la propia es que, más que cargarnos de argumentos, sentimos que se nos ha dejado sin ellos, al hurtársenos los posibles hallazgos. Por tonto, me digo, ya no puedes hacer literatura con tus intuiciones.

Al decir esto, pienso en la aguda, certera y minuciosa crítica que James Wood hizo en The New Yorker sobre la última novela de Paul Auster y, por extensión -más que crítica es casi un estudio y así debieran ser todas-, sobre su obra entera. Quede claro que yo sería incapaz de hacer una crítica como esa, porque por un momento me ha parecido que estuviese sugiriendo que "este Wood se me ha adelantado, que si no ya verían".

Dicho lo cual sólo me queda glosar la crítica, que, en lo que se refiere a Invisible, comparto punto por punto.

Uno lee las novelas de Auster muy rápido porque están lúcidamente escritas, porque la gramática de la prosa es la gramática del realismo más familiar (ese que, de hecho, es confortablemente artificial), y porque las tramas, llenas de giros arteros y de irrupciones violentas tienen lo que el Times llamó en una ocasión 'todo el suspense y el ritmo de un thriller superventas'. No hay obstáculos semánticos, dificultades léxicas o desafíos sintácticos. Los libros canturrean aceptablemente su melodía [traducción de the books fairly hum along]. La razón por la que Auster no es un escritor realista, por supuesto, es que sus grandes juegos narrativos son antirrealistas o surrealistas"

Ese antirrealismo yo lo describo como literatura de laboratorio, de taller de escritura creativa. Porque "los accidentes visitan la narración como automóviles cayendo del cielo", dice Wood. Y los personajes son así carton-piedra manejados por el autor a su antojo, sin motivaciones serias. Auster es, él mismo, un gran deus ex machina.

En el caso de Invisible, por ejemplo, el narrador insiste en lo mucho que le marcó el encuentro con una persona, un asesinato, tanto que le lleva cuarenta años después a ponerlo por escrito porque se supone que eso marcó toda su vida. El problema es que tenemos que fiarnos del narrador, porque la realidad es que -al menos a este lector- nada hay que nos haga creérnoslo.

Como señala Wood, "Auster es un contador de historias convincente, pero sus historias son aserciones más que persuasiones". Y eso es, supongo, lo peor que se puede decir de una novela, cuya misión es recrear la vida, palpitante y masticable, sin que la tramoya que le da cuerpo y latido asome por debajo de las faldas.

Por otro lado, el "escepticismo posmoderno en la estabilidad de la narración", que algo tendrá que ver con el ansia de la originalidad (muy de taller de escritura creativa), le lleva a a Auster a recursos y experimentos que de inverosímiles son muchas veces piruetas que distraen. O que directamente te echan de la historia. Como toda esa parte escrita en segunda persona, que no tiene justificación ni coherencia interna. Es curioso que al pasar por ella este lector la iba traduciendo mentalmente a tercera persona, que le parecía la conjugación más lógica.

Leí en un blog otra crítica que me gustó del libro y que comentaba que "Invisible es una de un buen número de novelas que me dejan preguntándome por qué el sexo es un motivo tan recurrente. Quizá es tan simple como que la literatura se ocupa de las emociones y motivaciones fundamentales de la vida humana. Sin embargo, de nueva es la tendencia general, y no sólo el uso que se hace de él en Invisible, lo que me deja un poco perplejo". Confieso que a mí también.

Es algo que también me sorprende (recientemente lo he visto en La noche de los tiempos) y que requiere una reflexión y un comentario más detallado, supongo.

Y, al final, puede que haya sido más duro de la cuenta con el pobre Auster. Pero qué quieren, se me borró la primera versión de la entrada y ya no está uno para adornos... Si la novela me hubiera gustado, todavía.

[No pude evitar la sonrisita de matriz intertextual cuando leía estos días en Troppo vero: "Ante un cerezo en flor nadie, salvo la mayor parte de los novelistas contemporáneos, de la escuela de Tarantino o Paul Auster, se avergüenza de manifestar sus emociones" -y quizá el náuGrafo, cabría decir, jaja]

Leer o no leer, una cuestión

En el último tomo de sus diarios, Trapiello cita a JRJ para subrayar la idea de que con todo lo que tenemos que hacer "no hay tiempo sino para leer bien pocos libros". Él lo glosa reconociendo que él leía mucho de joven, "pero ya sabemos qué significa eso: se queda uno sin escribir, sin corregir, sin visitar museos, sin conciertos, sin amigos, sin pasear algo, sin dormir... Y cuando uno se da cuenta, ha leído uno mucho y se ha quedado sin vivir".

Éste, o sea yo mismo (después de leer a Trapiello le sale a uno el "uno" sin remedio), que llevaba cuatro meses de mareos de perdiz, sí, viviendo, pero también frivoleando un poco, sin leer apenas una letra, no encontrando nada que me enganchase, lleva unas semanas de voracidad lectora. El último, lo dicho, ha sido Troppo vero, que ya comentaremos. Y antes, Invisible, de Paul Auster, y La noche de los tiempos, de Muñoz Molina. También comentaremos. (De Invisible ya hablé aquí, aunque atenuando la crítica.)

Ahora me he puesto con una antología de textos de Leonardo Castellani editados por Libroslibres y escogidos por Prada.

El silencio de estos días se ha debido primero a una sobrecarga de trabajo, y luego a unos días de retiro espiritual.

martes, 1 de diciembre de 2009

El tiempo dirá

Llegará un tiempo en que la modernidad acaso se vuelva inconfesable, vergonzante. Quizá con el paso del tiempo la modernidad sea el rococó del romanticismo, como el rococó es el barroco exagerado del Renacimiento"

(Andrés Trapiello, Troppo vero, pág.57, Pre-Textos, 2009)