domingo, 29 de noviembre de 2009

Katyn, de Andrzej Wajda

Volvía enmimismado, meditabundo, la una de la mañana, sin sentir los navajazos del frío casi navideño, todavía impactado por la película que había visto poco antes, por la belleza de sus formas, por la verdad de su mensaje, por lo tremendo de la historia. El arte es algo así.

Venía tratando de poner en orden las ideas para comunicarlas en cuanto llegase a casa -cosa que hago- en este rincón que básicamente me sirve para eso, para poner orden a las ideas.

Sí, el arte es algo así. Testimonio de un tiempo y un lugar. Y mensaje universal. Verdad y belleza. Ética y estética.

La suya es "una película que tiene una mezcla de dos cosas: arte y mensaje. Si una película no es una obra de arte, no podrá quedar en la memoria del espectador, ni ser identificada en función del autor", tal y como aseguraba el mismo Wadja en esta pieza de Días de cine.

Porque Katyn no es simplemente un retrato-denuncia de la matanza sistemática de 12.000 soldados y oficiales polacos (entre ellos numerosos intelectuales) a manos del ejército soviético en 1940 y su posterior tergiversación histórica para usarla como propaganda. Eso lo hace también un documental, un reportaje, un manual de Historia. La wikipedia, si nos ponemos.

Katyn es una película de bellísima factura, con unos personajes masticables, modelados con el barro de la vida.

Es otra película sobre las abominaciones que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, aporta algo nuevo a una filmografía ya extensa en la materia.

Es una película con una armónica arquitectura narrativa. Fragmentada, coral, que recoge muchas miradas, muchos paisajes. Haciendo de la Historia intrahistoria.

Katyn es un canto a la defensa de la verdad, a los principios irrenunciables. Frente a unos principios que arrasaron con la dignidad de millones de seres humanos, se alzan principios no menos firmes, pero pacíficos, los de quienes se niegan a comulgar con una mentira institucionalizada, aunque eso les lleve a la muerte.

¿Por qué será que no me extraña que una película mayúscula como ésta haya pasado por España entre el silencio de buena parte de la crítica? Mientras dedicamos páginas y páginas a chusquerías de toda índole, a esta obra maestra de Wajda apenas se le dedicó la mitad de la mitad de lo que merecería una película sólo la mitad de la mitad de buena que esta.

Estrenada en Polonia en septiembre de 2007, a España sólo llegó hace un par de meses. Dos años después. E insisto, entre un brumoso silencio demasiado sospechoso.

"Si mi película tiene que tener un impacto, espero sea tranquilizador, ya que por primera vez este crimen, esta mentira, ha sido mostrada en la gran pantalla", afirma el cineasta en un artículo de BBC Mundo de hace dos años sobre la recepción en Polonia.

Y debe ser que el arte es algo así. Que a pesar de la brutalidad, de la indignación que nos remueve al presenciar el mal que somos capaces de hacer, nos quedamos de algún modo serenos, por la belleza con la que se nos ha contado algo, porque también hemos visto en algunos personajes el bien que somos capaces de hacer.

Porque alguien nos ha ofrecido una enorme verdad para ir construyendo modesta pero irrenunciablemente una visión de la realidad.

sábado, 28 de noviembre de 2009

El hilo de Waugh

Un hombre está sumido en honda tristeza; se siente poco o nada. Su voluntad es un músculo atrofiado, todo es confusión. Se desliza por una pendiente y, aunque clama de profundis, cree que eso no tiene marcha atrás. Mira la vida con cinismo. Escribe: "Nada hay que me ilusione".

Una hora después -ha hecho oración (fue entonces cuando escribió que nada le ilusiona), ha estado en Misa, distraído, ha comulgado- su mirada interior recupera una pureza que hace tiempo no tenía. Como si todas esas experiencias puramente sensuales que le habían creado una costra en el corazón durante meses hubieran caído de repente.

No puede ser casualidad que a última hora decidiese no ir a esa glamourosa fiesta para cuidar sus obligaciones para con Dios.

Siente miedo. Temor ante una presencia que se atisba, un soplo, un aleteo. Imposible una explicación simple. Se ha autoconvencido, dirán. Se ha sugestionado...

Y no es una droga.

Todo apunta a que es la Gracia.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Ayer volví a mi universidad...

Presentaba José Jiménez Lozano un libro de cuentos en la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense.

Quise ir en transporte público un poco por revivir sensaciones y otro poco por purificar el espíritu con la húmeda atmósfera del primer día realmente otoñal de este raro otoño.

Ya en la estación de Ciudad Universitaria dejé un poco que mi ánimo flotase en la evocación. Se encontraba en una neutralidad propicia para que cualquier viento de la memoria lo llevase de un lado a otro.

Ayer volví a mi universidad y volví a lamentar el tiempo malgastado entonces, lo poco universitarios que fueron mis años universitarios.

Era tarde y al salir del metro me enfrentaba a los alumnos ya de recogida. Qué acumulación de vida, de porvenir. Las chicas monísimas y vitalistas, los chicos tan diferentes y tan lo mismo como un surtido Cuétara.

A uno le van pareciendo niños los universitarios. Qué tópico. Eso sí, niños que dentro de muy poco estarán dándonos lecciones, ¿y no es eso maravilloso? Hace no mucho, era yo el que caminaba por la Avenida Complutense, confundido entre el magma de alumnos.

Del acto con Jiménez Lozano me interesó escucharle a él, más que a sus presentadores. Encuentro le publica una selección de relatos, de título El azul sobrante.

Qué hombre tan sencillo, cuánta bonhomía transparenta y cuánto magisterio desparrama sin pretenciosidad. Su discurso es siempre narrativo. Transmite las ideas con historietas y anécdotas.

Como esa en la que Thomas Merton le regala un libro a Einstein y este se lo devuelve a los dos días con una nota: "La psicología humana no puede ser tan complicada". Era de Kafka. Para decir, en estos tiempos de pretendido fin de la novela y posmodernidad agenérica, de nocilleos y vilamatismos, que la novela es, sobre todo, narrativa. Que lo otro será filosofía, poesía o lo que sea, pero no novela.

O como aquella vez en que estuvo con un tal Ignatiev, al parecer teórico de la literatura contemporánea, y le dijo que no hablase de campesinos, ni de amores corrientes ni del pasado. Y eso es precisamente de lo que escribe Jiménez Lozano.

Me gustó especialmente una alusión a Cervantes por sugerente. El escritor abulense cree que "el lenguaje literario ha desaparecido" de la vida cotidiana, que los símbolos "ya no valen en nuestro mundo". Y Cervantes, siempre modelo de la lengua española, "escribe distinto que la gente de su tiempo" (Mateo Alemán sería alguien que escribía al modo de decir de esa época), porque vuelve a sus raíces renacentistas. La literatura no es la realidad y tampoco su lenguaje debe ser el mismo de la realidad, tan pobre a veces.

Y, sin embargo, diré que me gusta de Jiménez Lozano su talla intelectual, su ensyística, más que su narrativa.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Moon, de Duncan Jones

A veces uno espera el deslumbramiento apoteósico, la epifanía artística, el capolavoro tumbativo. Y la belleza llega silenciosa, en formato pequeño, no como algo total, sino como el chispazo que nos llena de algún modo extraño.

Pienso que algo ha sido para mí Moon, la película que arrasó en el pasado festival de Sitges y que ha sido dirigida por el hijo de David Bowie, a la que ya iba predispuesto positivamente (lo que a priori más que un pro es un contra para la película).

Esta perlita, este pedacito de lo bueno anda por las carteleras españolas desde hace unas semanas, aunque en ningún momento ha ocupado la tribuna mediática, la pobre, más allá de Sitges.

Un espacio reducido (la cara oculta de la Luna), apenas un solo -pero monstruoso- actor (más la voz tremenda de Kevin Spacey), un guión que mantiene el pulso con la acción interior más que la exterior y una música discreta que suma... Y, sobre todo, una historia.

Una historia que podría ser considerada de drama-ficción, que plantea preguntas profundas sobre los límites de la técnica y que sirve a la reflexión. Pero que, al mismo tiempo, no pone todo su peso en el artificio futurista, sino que lo utiliza para desplegar la humanidad de la Humanidad.

El asombro no viene del desequilibrio entre progreso técnico y moral que la narración nos sugiere, sino de la ternura, de la vida, de las implicaciones personales, netamente humanas que para los protagonistas de ella tienen los sucesos.

Y bien es cierto que todo esto suena etéreo, pero no se puede ser más explícito para no fastidiar la trama. En estas cosas, hay que fiarse o no del que recomienda. Cuanto menos sepa uno al ir a verla, mejor.

Crítica de El Unicornio Negro.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Don Quijote en Louisiana (IV)

De El arpa de hierba, de Truman Capote, en traducción de Joaquín Adsuar para Anagrama:

...Dijo frotando el aire con sus dedos como si pensara que el frío que se tejía en él fuera una tela que se pudiera tocar..."

Cuando dejé la panadería el reloj de los tribunales daba las ocho, lo que quería decir que eran las siete y media. Ese reloj siempre iba media hora adelantado. En una ocasión trajeron a un experto para que lo arreglara. Al cabo de casi una semana de intentos de repararlo su recomendación fue que lo volaran con dinamita. El concejo votó que debía pafarse al relojero como si hubiera hecho su trabajo, pues se había despertado en todos una especie de orgullo al ver que el reloj se mostraba tan incorregible."

Había estado dentro de la cárcel en una ocasión. Me llevó Eddie Stover, el Largo, con una docena más, entre chicos y hombres. Entró en la droguería y dijo: 'Venid a la cárcel si queréis ver algo bueno'. La atracción era un muchacho gitano, guapo y esbelto, a quien habían cogido viajando de polizón en un tren de mercancías. Eddie el Largo le dio un cuarto de dólar y le dijo que se bajara los pantalones: nadie podía creer el tamaño de su miembro, y uno de los hombres dijo:

-Muchacho, ¿cómo es posible que te tengan encerrado teniendo una palanca como ésa?"

Como de costumbre, no había forma de hacer que Dolly se apresurase. Era su costumbre, incluso cuando llovía, caminar despacio como si estuviese paseando ociosa por los caminos de un jardín, con los ojos siempre dispuestos a descubrir cualquier precioso tallo medicinal, una ramita de poleo, de albahaca o de menta, hierbas útiles cuyo olor impregnaba sus ropas. Era siempre la primera en descubrirlo todo y su auténtica vanidad consistía en jactarse de que por lo general era ella la que se daba con cosas tales como la anilla de registro de un pájaro o un reguero de carámbanos... Siempre estaba llamando para que acudiéramos a ver la nube en forma de gato, el buque en las estrellas, el rostro de la escarcha."

martes, 24 de noviembre de 2009

Don Quijote en Louisiana (III)

De El arpa de hierba, de Truman Capote, en traducción de Joaquín Adsuar para Anagrama:

Con la misma sutileza con que el reloj dejaba caer el sonido del tiempo, la tarde se curvaba hacia el atardecer. La neblina del río, el aliento del otoño, el color de la luna mezclado con el del bronce, los árboles azules... y un halo, una imagen del invierno, rodeaba al sol"

[El juez Charlie Cool:] Una persona a la que se puede decir todo (... ) ¡Cuánta energía desperdiciamos econdiéndonos unos de otros, temerosos de que se noz conozca, de que nos identifiquen! Pero nosotros hemos sido identificados: cinco locos subidos a un árbol. Es una gran suerte que sepamos cómo hacer uso de esta situación. No tenemos necesidad de preocuparnos por la imagen que presentamos. Tenemos libertad para averiguar quiénes somos en realidad, si estamos convencidos de que nadie puede echarnos de aquí. Es su inseguridad lo que hace que nuestros amigos conspiren para negar las diferencias. Pedazo a pedazo entregué mi corazón en el pasado a extraños que desaparecían de pronto, que se bajaban en la primera estación: puestos todos ellos juntos quizá hubieran formado esa persona única en el mundo, pero sería como si tuviese una docena de rostros distintos moviéndose por cien calles diferentes. Esta es mi única oportunidad de encontra a esa persona única en vosotros, en usted, señorita Dolly, en Riley, en todos ustedes."

El amor es una cadena de amor del mismo modo que la naturaleza es una cadena de vida.

-Entonces yo he estado enamorada toda mi vida (...)Nunca he amado a un caballero (...). Pero he amado a todo lo demás. (...) Cuando amaba, el amor se acumulaba en mi interior de tal modo que me hacía volar de un lado a otro como un pájaro en un campo de girasoles. Pero es mejor no demostrarlo demasiado, pues se diría que es una carga para los demás y, no sé por qué, parece hacerlos desgraciados." (Dolly Talbo)

-Es mejor que te enteres ahora, Collin -me dijo [Dolly]-, sin que tengas que esperar a ser tan viejo como yo: el mundo es una porquería."

Me detuve junto a las tumbas de mis padres. No solía visitarlas con frecuencia, me deprimían las lápidas, frías, pétreas... tan distintas de todo lo que yo recordaba de ellos, su vitalidad, los lloros de mi madre cuando mi padre se marchaba a vender sus frigoríficos, cómo él corrió desnudo a la calle cuando ella murió. Me hubiera gustado tener flores para ponerlas en los jarrones de terracota que estaban tristemente vacíos sobre el mármol rayado y sucio. Riley me ayudó: cortó unos capullos de un rosal de China y mientras contemplaba cómo yo los arreglaba me dijo:

-Me alegro de que tu madre fuera una mujer tan buena. No encuentras más que zorras por todas partes."

lunes, 23 de noviembre de 2009

Don Quijote en Louisiana (II)

Y toda la reflexión de la entrada anterior venía de ese título.

Porque no sabemos si en Louisiana, pero allí podría ser (de allí al fin y al cabo era Truman Capote y El arpa de hierba es al parecer de tintes autobiográficos) donde se desarrolla la historia del libro que nos ocupa, deliciosa novela que nos recuerda al William Saroyan de La comedia humana o al Ray Bradbury de El vino del estío, pero que sobre todo recoge la tradición cervantina y la dickensiana para batirla en la coctelera del sur de EE.UU.

Y es que quijotescos son los personajes de El arpa de hierba, estrafalarios seres unidos en una huida de lo grisáceo de la vida. Pero quijotescos con la amabilidad sureña de esos Saroyan y Bradbury. Con una mirada inocente. Lirismo de apariencia infantil. Con una pureza primigenia.

Pensaba, con el deseo de la gran aserción, del descubrimiento crítico (pero, tengámoslo en cuenta, desde la gran ignorancia sobre el tema, también) que quizá el sur de EE.UU. es el paisaje más característico y novedoso de la narrativa del siglo XX.

Y el más interesante (puesto éste sólo disputable por la Tierra Media tolkeniana).

Además de los "sures" mencionados, hay un Sur áspero y terrible, primitivo también pero en su barbarie. El Sur de Faulkner o Flannery O'Connor. Y está el Sur pasado por el tamiz humorístico de los Coen. Y el Sur de Cormac McCarthy (al que sólo y precisamente por los Coen he llegado). Y el Sur mucho más moral de la amiga de Capote, Harper Lee, en Matar un ruiseñor. Acojonante éste para un tipo de corte ético (si eso significa algo) como yo.

Y hago absoluto propósito de releer a la señora Lee y a Bradbury como ahora he releído esta lectura de adolescencia para confrontar, y en este caso confirmar más acrisolada, la impresión de entonces.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Debates intelectuales serios

Lo que ahora es Edge para una corte de escritores e intelectuales anglosajones agnósticos, debiera ser una alternativa en español Pseudópodo. No se pierdan su serie sobre Perros de paja.

Todo un ágora (y va con retranca, sí).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Don Quijote en Louisiana (I)

Hay amantes de la cultura que puede que hayan leído bastantes cosas de los últimos 30 años y sepan más o menos de la buena literatura publicada en los últimos 100 -por aquello de que es la que citan los de los últimos 30-. Pero no han leído apenas de los que se escribió en los previos 3000.

Tienen tal ansia de ser nuevos, originales... modernos, posmodernos..., que en su pretendida originalidad, en ese furor por ser nuevos, caen en el riesgo de hacerse plagiarios, haciendo el ridi sin saberlo. No saben que toda posible renovación en el arte está condenada al fracaso si no se conoce lo que hicieron nuestros mayores. La tradición es la democracia de los muertos, como decía Chesterton.

Aceptar la tradición tanto es como conceder derecho de voto a la más oscura de las clases sociales: la de los antepasados; no es más que la democracia de la muerte. La tradición rehúsa someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de aquellos que, sólo por casualidad, andan todavía por la tierra. Todos los demócratas niegan que el hombre quede excluido de los derechos humanos generales por los accidentes del nacimiento; y bien, la tradición niega que el hombre quede excluido de semejantes derechos por el accidente de la muerte. Nos enseña la democracia a no desdeñar la opinión de un hombre honrado, así sea nuestro caballerizo; y la democracia también debe exigirnos que no desdeñemos la opinión de un hombre honrado, cuando ese hombre sea nuestro padre. Me es de todo punto imposible separar estas dos ideas: democracia, tradición. Me parece evidente que son una sola y misma idea. Conviene que asista la muerte a nuestros consejos. Los antiguos griegos votaban con piedras tumbales; lo cual es enteramente regular y oficial, puesto que la mayor parte de ellas estarán marcadas con una cruz, igual que las papeletas del voto” (Ortodoxia, G.K.Chesterton)

[Puede que no lo creáis pero esta entrada nacía de la intención de hablar de El arpa de hierba, de Truman Capote, de ahí su título. Lo mantendré en honor de las concatenaciones, hipervinculaciones del pensamiento, tan internetianas]

viernes, 20 de noviembre de 2009

La alegría y la paz

Se nos va la fuerza por la boca aspirando a la felicidad. Tan inaprensible. Es mejor, sí, la alegría y la paz. Un objetivo realista. Y dos palabras que transmiten una serena hermosura. Lo más cercano a eso en lo que no nos ponemos de acuerdo y llamamos felicidad, supongo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Mi jefe podría ser mi abuelo

No sé dónde eran más ruidosas las carcajadas, si en el resto de medios españoles o en nuestra propia mesa del comedor. Que RTVE es el hazmerreír de todo el país con el nombramiento de Alberto Oliart no evitó que, nosotros mismos, los trabajadores de la casa, nos partiésemos el bazo con el tema. La cosa da para muchas bromas. Cuando salió por agencias no podíamos dar crédito. Un tipo de 81 años para sustituir a Luis Fernández al frente de la Corp.

La estupefacción se ha convertido en incredulidad al leer que no tiene ni idea de televisión y que no es ilusión lo que le mueve a aceptar el cargo sino una especie de responsabilidad: "Si me llaman y creen que tengo que hacerlo, pues lo intentaré".

A mí todo esto me parece sencillamente una declaración de intenciones. Una declaración de intenciones de los dos principales partidos políticos: nos importa un pimiento RTVE. Como apunta el editorial de El Mundo, "no faltó quien interpretó ayer su nombramiento como un pacto entre los dos partidos para dejar languidecer a RTVE hasta su cierre definitivo".

Este tipo de decisiones, como la de repensar el modelo de televisión pública tres años después de haberlo cambiado, sólo para favorecer a las cadenas amigas (La Sexta y Cuatro) en un contexto de crisis demuestra que España sigue siendo un país de pandereta y caciquil, no muy diferente al del siglo XIX.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Periodismo deportivo (y no sólo)

Ay, esta juventud, que quema contenedores y la lía parda en Pozuelo. Que pierde el tiempo, ¡la vida!, bebiendo en botellones inhóspitos a lo largo de noches plenas de la nada. Que no saben lo que supone el esfuerzo, ni la autoridad, ni la excelencia. Que no leen. Que no respetan a sus padres. Que berrean. Que escuchan musicucha ruidosa. Que han banalizado el sexo...

Y entonces veo la entrevista que Manolo Lama y Manu Carreño le propinaron ayer a Florentino Pérez, presidente del Madrid, en Cuatro y me escandalizo.

Está uno harto de esa autoridad moral de la que el periodista medio se autoinviste para juzgar a otros. Sea cronista político, sea opinador profesional de tertulia, sea columnista de la hoja parroquial o, lo peor, periodista deportivo. Una autoridad moral que, muchos lo exudan por los poros, no se han ganado con un comportamiento ético.

En el caso del periodista deportivo, es especialmente llamativo. Porque el periodista deportivo es un tipo que lo tiene fácil para ser poco riguroso, barriobajero, forofo... Para ser todo lo que no debería ser un periodista (y que también en la columna política y las mesa-camillas televisivas se ve a punta pala, todo sea dicho).

Lo tiene fácil porque la materia que maneja el periodista deportivo es pasional, visceralmente subjetiva, porque su público es la masa -desde el catedrático de Física Nuclear hasta el camionero, y este siempre predomina en cantidad y volumen de voz-. Porque, en definitiva, en ese terreno es muy fácil tener mucho poder e influencia, mucha fama y dinero con no mucho talento, o con un talento que no incluye las virtudes cardinales.

Estamos hartos de ver ineptos ostentosos, expertillos de tres al cuarto que han labrado su posición como incensarios oficiales del presidente de turno, gentucilla que ni siquiera sabe hablar con corrección pero que se convierten en popes de la opinión en lo deportivo, criticones cualesquiera que se creen aguijón contra el poderosos pero que sólo demuestran ser frustradetes.

El deporte puede ser sublime. Puede provocar sentimientos y emociones elevadísimos. Belleza, verdad. Arte. Eso cabe en, pienso por ejemplo, el fútbol.

¿Por qué entonces el periodista deportivo tiene que ser tan cutre, tan falto de elegancia y tono humano? No hay que ser rancio para abominar del estilo contraportada-del-As, de un titular como "Vete ya" a Pellegrini cuando su equipo ha perdido 4-0 contra el Alcorcón (ese es el Marca de Eduardo Inda), del insulto y la falta de saber estar delante de una cámara.

Tenía a Manolo Lama por un tipo serio, un periodista enrollado pero a la vez responsable con su trabajo. Si creo en la dignidad del deporte, creo también en la del periodista deportivo.

Después de ver la entrevista en Cuatro, en la Lama que destila un apestoso estilo faltón y marrullero, como el de un paletillo cualquiera mientras toma el carajillo de las ocho de la mañana en el bar, no puedo evitar cierta tristeza (tanta como para dedicarle al tema una entrada de blog, ni más ni menos).

Vuelvo al principio. Si hay una presunta decadencia en la juventud (la juventud siempre culpable, claro) supongo que antes se aprecia en otros signos, también en el periodismo deportivo. Quizá como las bolsas adelantan el comienzo de una recesión o la recuperación de esta.

Ya está bien de impunidad para el periodismo. ¿Quién opina del opinador? ¿Quién critica al criticón?

La calidad de la información que hacemos hoy en día los del ramo es cada vez peor en muchos aspectos (también por culpa del usuario, que con su apretar el F5 continuo busca que no dejen de contarle cosas nuevas), y sin embargo no se oye a nadie hacer autocrítica.

¿Lama será tan exigente consigo mismo como lo es con Florentino Pérez? No me extrañaría que el tipo tuviese los bemoles de hablar luego de crispación con toda indignación.

martes, 10 de noviembre de 2009

Perder y ganar, de John H. Newman (y II)

El 25 de junio de 1869 Newman escribe en los Escritos Autobiográficos:

La Providencia de Dios ha sido maravillosa conmigo a lo largo de toda mi vida. Una cosa me impresionó esta mañana como una antítesis, de la que a menudo he pensado en sus detalles sin darme cuenta del contraste que proporciona. Y es que mis dificultades e inquietudes han venido de aquellos a los que he ayudado, y mis éxitos de mis oponentes"

Si esto se puede aplicar a diversos sucesos de su vida, hay quizá uno que está sobre todos: la escritura y publicación de la Apologia pro vita sua. Contaba en la entrada anterior que llegué a Newman a través de una breve biografía. Luego me leí su Carta al duque de Norfolk, y entonces me embaulé la Apologia pro vita sua, obvia pero acertadamente subtitulada en español "Una historia de mis ideas religiosas". Y aquello me dejó noqueado.

[Prólogo de Ratzinger a la obra, en la edición de Ciudadela]

En 1864, Charles Kingsley, clérigo anglicano, polemista e intelectual inglés pone en negro sobre blanco una de las acusaciones que se lanzaban contra Newman. Le desafía a justificar "la honestidad" de su vida como anglicano, sugiriendo que ya era católico antes de convertirse y que había permanecido en el anglicanismo para traicionarlo desde dentro.

Uuuuuhhh, pensará alguno, vaya tontada de pique. Pero es que eran otros tiempos, donde la palabra dada, el rigor y la honorabilidad intelectual eran realmente valorados.

La respuesta fue la Apologia pro vita sua, una autobiografía intelectual y teológica casi científica. Newman se basa en las cartas que escribió y recibió, en sus escritos y en su predicación, para dar fe del proceso de conversión. El resultado es un monumento a la honestidad intelectual, un canto al amor por la verdad.

Su lectura no es fácil, es cierto, pero es una magna obra, un monumento, insisto. Su publicación le devolvió el favor de la opinión pública en Gran Bretaña. Hay que agradecer al señor Kingsley el desafío.

Y todo esto, para llegar a Perder y ganar.

Porque Perder y ganar es el envés de la Apologia, esto es, la faceta sentimental y emocional de la conversión de Newman. Defiendo que su valor seria escaso (novelísticamente deja mucho que desear) si no existiese la Apologia y no fuese el testimonio interior de quien es. Pero bajo esos presupuestos es una obra muy interesante.

Escrita en 1848, el converso habla desde las entrañas del que se ha visto obligado a perder lo más querido por honradez intelectual y religiosa. Quienes apreciamos y admiramos a Newman, nos sentimos removidos por el documento.



Ahí tenía al viejo Oxford, las colinas, sus praderas junto al río, tan verdes, tan encantadoras como siempre. Al divisar aquel lugar tan amado se quedó quieto, con los brazos cruzados, incapaz de dar un paso más. Los colleges, uno por uno, las iglesias, una por una; lo iba identificando todo por las torres y los pináculos. El Isis plateado, los sauces grisáceos, los campos llanos extendiéndose, los sotos oscuros alargándose; allá a lo lejos el bulto de Shotover, donde había pasado aquellos meses con Carlton y Sheffield; madrera, agua, piedra, todo tan apacible, tan lleno de fulgor. Aquello, todo aquello podía haber sido suyo. Ganaría muchas cosas al hacerse católico; cosas mejores, más altas, más nobles, pero desde luego aquello no lo volvería a tener jamás, aquella ciudadela estaba perdida para siempre. No podría tener nunca otro Oxford, ni los amigos de su infancia y su juventud. Había elegido otra cosa"

Antes de convertirse, no puede ver más claro. La luz es como una recompensa de los que por un acto de la voluntad, por el dictado de la prudencia y de la razón, abrazan la verdad en ese punto en que la naturaleza se encoge como un cobarde, no llega. Hay que aventurarse. Antes de la conversión, la fe es una aventura; después es un don. Se acerca uno a la Iglesia por el camino de la razón, pero para entrar dentro hay que seguir la luz del Espíritu"


Citas extraídas de la edición de Víctor García Ruis, Encuentro, 4º edición, 2009.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Perder y ganar, de John Henry Newman (I)


John Henry Newman es posiblemente una de las figuras señeras del siglo XIX, aunque no muchos lo conozcan, cosa harto explicable -especialmente en España- dada la profunda incultura religiosa que nos embadurna.

Llegué a él de oídas a través de Luis. Se me quedó grabado aquel detalle que me contó de él, que guardaba copia de todas las cartas que escribía. Vaya tío.

En agosto de 2006, cuando estuve en Manchester, me llevé la tesis de un amigo sobre la idea de la Providencia de Dios en el pensamiento y la vida de Newman. La primera parte de la obra era una somera pero jugosa (como luego comprobé) biografía del converso, salpicada de citas personales y reflexiones agudas. Me la ventilé en una tarde que aún recuerdo con cariño. La figura me dejó fascinado.

Me conquistó su amor a la verdad, su modernidad teológica, su finura sobrenatural... Y los palos que le había dado la vida. Me dejó admirado la manera de funcionar de la Providencia.

Nacido en Londres en 1801, fue educado en el anglicanismo en el seno de una familia burguesa. Desde bastante temprano muestra interés por la religión. Estudió en Oxford.

Ordenado clérigo anglicano, se convertiría en la cabeza más visible del Movimiento de Oxford, que, con el intento de dar vitalidad a una Comunión Anglicana que se deslizaba hacia el liberalismo, buscaba entroncar con la Iglesia de los primeros siglos y, por lo tanto, volver a su esencia católica.


El 9 de octubre de 1845 ingresa en la Iglesia Católica, después de más de un proceso intelectual y teológico de más de un lustro.

Desde entonces... Unas palabras de su diario el 21 de enero de 1863 resumen la situación:

¡Oh cuan triste y monótono ha sido mi itinerario desde que soy católico! He aquí la paradoja, cuando era protestante sentía que mi religión era monótona, pero no mi vida. Pero desde que soy católico es mi vida la que es monótona y no mi religión.”



Y es esto cuando me refiero a "la manera que tiene de actuar la Providencia", porque me fascina la influencia de alguien que poco antes de morir seguramente tendría una imagen bastante sombría acerca de los proyectos emprendidos desde que era católico.

Y, sin embargo, uno, que sabe de Chesterton, de Waugh, de Knox, de Tolkien (educado en Birmingham por un oratoriano en la finca donde enterraron a Newman), y así, se dio cuenta de que la bomba que había reventado en Inglaterra se llamaba John Henry Newman. Y, desde Inglaterra, llegará a más lugares, ya está llegando.

Es emocionante, por ejemplo, contemplar la indudable sintonía de Benedicto XVI con el cardenal. (Porque Newman acabó siendo nombrado cardenal, pero no nos engañemos pensando que fue tratado con deferencia desde el lado católico en Inglaterra o Irlanda). Es posible que Newman sea beatificado el año próximo ¿en verano cuando el Papa visite Inglaterra?.

Todo esto venía como introducción a mis reflexiones sobre Perder y ganar, el libro en el que John Henry novela su conversión. Pero ya lo dejamos para otra entrada.

[Por cierto que l diácono curado por el milagro atribuido a Newman, anda de peregrinación por Inglaterra. Aquí en un medio católico]

sábado, 7 de noviembre de 2009

Paranormal activity, de Oren Peli

Amparándome en el canon digital y en que posiblemente no tenga tiempo de ir al pase de prensa, ayer por la noche me puse a ver Paranormal activity, la peli de 15.000 dólares de presupuesto que está arrasando en Estados Unidos.

Tráiler de 'Paranormal activity'



A pesar de verla en condiciones precarias (o quizá por eso, porque a la peli le pega lo cutre), pasé bastante miedo. De hecho, con la excusa de que estaba cansado, me fui a la cama cuando se avecinaba la última parte de la historia.

Lo más desasosegante ha sido despertarme un par de veces por la noche, especialmente cuando en la segunda ocasión he mirado el teléfono para ver la hora... y marcaba las 6:36. Uf. Menos mal que -en principio- no puede marcar las 6:66 (hummm, quizá las 7:06).

Ahora, a plena luz del día, he acabado de verla.

A uno, que es un masoca de los que le gusta el cine de terror, ésta le ha parecido un buen ejemplar del género. Es un cóctel muy conseguido entre la bruja de Blair, Rec y El exorcista. Y no quiero imaginar lo que debe ser si en vez de verla en la pantalla del ordenador con unos auriculares no muy buenos, se ve en el cine y con el sonido un pelín más alto de lo necesario (como suelen hacer con las de miedo)... o verla solo en casa una noche de tormenta.

Eso sí, el que no crea en espíritus, obviamente, no la disfrutará/sufrirá tanto.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Empieza bien el mes de los difuntos

Entre muerto, muerto y muerto, me van a disculpar ustedes que no tenga tiempo para acercarme a estos lares a contar algo. Cuando sólo hay trabajo, no hay mucho que contar.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Que por Mallo era por Mallo...


El pasado jueves estuve en la presentación (no-presentación) de la no-novela de Agustín Fernández Mallo, Nocilla Lab. [Croniquería aquí del náuGrafo].

Dado mi conocido dis-gusto por la citada obra, no es difícil imaginar las disposiciones con las que me aproximaba al evento, anunciado para más inri como una performance.

Era en el Matadero de Madrid, ese lugar que querer quiere ser templo de lo guayse, de la vanguardia, de todas las revoluciones culturales que en el mundo serán (en Madrid, si alguna hay algún día). Llegué tarde, acompañado de Latinajo de Híspalis. Para entonces ya Fernández Mallo y un Dj nos leían fragmentos de artefacto proyectando imágenes con un cañón de vídeo y acompañándolos de música.

Lo mejor de todo fue la Carlsberg que nos enchufamos los tres (el náuGrafo se había unido al punto de llegar nosotros) y el interesantísimo debate sobre si bluf o no bluf posterior al acto. Yo, completamente del lado de la teoría de vociferar "el rey está desnudo" a grito pelao. El náuGrafo defendió la validez de la propuesta nocillesca (y tanto, aquí tenéis una crítica con la que no puedo estar más en desacuerdo, pero a la que declaro rendida admiración por el enorme mérito de saber sacar tanto... de tan poco) y Latinajo y yo la masacramos con más o menos empeño.

Hay que decir que antes yo me había aproximado al autor para saludarle y mostrarle mis respetos. Ya le comenté que me había leído su Postpoética, ante lo que él mostró sorpresa, y que le tenía "caladillo". Creo que el tono reflejó que no me gusta su nocilleo, aunque reinase la cordialidad entre nosotros (faltaría más).

Para que no se diga que no intento entender esa críptica posmodernidad que Alfaguara nos vende en forma de nutella, me compré el Nocilla Experience, segundo libro de la trilogía del presunto Proyecto Nocilla. Ya que lo tenía, le pedí a Mallo que me la firmase. "A Agustín, 'Fernández Mallo'. Gracias por...". Y eso. Juego de espejos. Nos dimos la mano.

Y pienso que a este tema ya le hemos dedicado demasiado.

Para desintoxicarme de vacuidad y posmodernité, leo estos días Perder y ganar de Newman, las catequesis sobre los Padres de la Iglesia de Benedicto XVI. Ya acabé La carretera, de McCarthy, que no me enloqueció como al resto de crítica y público mundial.