domingo, 23 de agosto de 2009

Aprendiz de popero

Hace dieciocho meses (apenas el tiempo a que obliga un contrato de permanencia en Vodafone) yo no sabía nada de los Arctic Monkeys, The Killers, The Strokes, Kings of Leon. Nada de Vetusta Morla. Nada de Mando Diao, Franz Ferdinand o los Ting Tings. Nada. Sabía que Coldplay era un grupo musical, pero no tenía un interés especial por su música. Y era feliz.

Era una laguna. Lo reconozco. Pero, ¿quién no tiene la suya, las suyas?

Yo he leído una cantidad y una calidad de libros que la mayoría de esos consumidores de efímera actualidad jamás soñará con oler. Yo conozco películas apasionantes que la mayoría de esos bailarines de fin de semana ni siquiera imagina que existen. He vivido momentos que no se perderá como lágrimas en la lluvia porque son parte del edificio que voy construyendo en mi interior. Como decía Dinesen, he cenado con Homero y tengo 3000 años. ¿Qué me habrían de importar cuatro músicos indies (lo sé, lo sé, Coldplay no es música indie, pedazo de snob), por buenos que sean, si aún no han pasado por el crisol del tiempo, el único al que no se puede engañar?

Pero yo no soy yo, soy yo-en-el-tiempo. Y soy un yo-en-el-tiempo que quiere serlo de veras. Nada humano me es ajeno. Y menos, las manifestaciones culturales. Y, a mi juicio, la música y la poesía son las dos artes más elevadas. Las que más llegan y las más difíciles de descifrar. Porque usan lenguajes difícilmente aprehensibles.

Lo cierto es que hasta que no me encontré rodeado por ansiosos consumidores de modernez musical o/y cultural no descubrí que en la materia andaba desnudo, desnudo. Ni siquiera puedo decir "es que yo escucho a Bach", porque no es cierto.

Y ahora, aquí me tienes. Manos a la obra. De aprendiz de popero. Escucho, leo, veo. Busco en YouTube, oigo música no por el placer de hacerlo, sino por erudición, busco en blogs, me hago con las letras de las canciones más significativas de los grupos más significativos, voy en el coche cantando a grito pelado las que de éstas más me gustan. Ya tengo hasta mis tracklists en Spotify que he elaborado con las recomendaciones de Dani, musicólogo de pro (de esos a los que los Killers no les parecen suficiente, pero que disfrutan de la ópera).

Es uno de los muchos propósitos que me hice en Irlanda para este curso que en septiembre comienza. Ponerse al día de música pop. Y, la verdad, no es tan difícil. Más complicado es ponerse al día de novela francesa del XIX. Que eso no se logra en un mes, ni en dos.

Otro día, a cuenta del Martin Eden de Jack London, hablamos del poder transformador de la cultura y del poder transformador de la voluntad sobre el bagaje cultural propio.

Os dejo, que he de seguir mi camino hacia la aceptación en la tribu.



Indie Rock'n'roll is all I need.

sábado, 22 de agosto de 2009

Calles vacías, corazón lleno...

Esta frase que podía ser digna de una canción cualquiera de un grupillo pop español de esos que pueblan los festivales estivaleros iluminando por un ratico el espejismo de felicidad de tanta gente, esta frase, digo, se me ocurrió volviendo el otro día de no me acuerdo dónde en coche, ya caída la noche, noche veraniega. Supongo que volvía de una velada gloriosa, quizá de beber Erdinger en afiladas copas en el Kluster (calle Alburquerque con Palafox, junto a Olavide, pasenyveancervezasvariadas).

Porque la soledad, la soledad física, que tan recurrente podría ser, es un ejemplo, en agosto, no es mala. No, no lo es. Y qué miedo tienen algunos a ella.

Y, por contra, cuántas calles llenas de muchedumbres atestadas de vacío (antítesis involuntaria y tópica). Tan carcajeantes, tan rozándose, tan bailarines. Y tan llenos de dentera emocional. Como el que muerde algodón, sabor estridente (sinestesia buscada). Y luego al llegar a casa, ¿qué? Y luego cuando uno se mira en el espejo, ¿qué? Y luego cuando nadie llama al móvil, ¿qué? O no hay comentarios en el blog... Y luego cuando tienes que confesarte en el estatus de Facebook...

¿La soledad, la de verdad, la mala?



(Gentileza de David vía, sí, Facebook)

jueves, 20 de agosto de 2009

Corazón tan blanco, de Javier Marías

En mi línea anómala de lector español y estudiante de Filología Hispánica que va a su aire, poco interesado por lo último, e incluso por lo penúltimo, a Javier Marías no lo había leído hasta ahora. Es uno de los popes literarios del país, y su nombre había quedado marcado a fuego en mi lado inquieto y wannaread desde que hace unos años, leyendo Mi vida de Marcel Reich-Ranicki (de paso: autobiografía recomendabilísima del crítico alemán editada por Galaxia Gutenberg), se comentaba que Corazón tan blanco de Marías había arrasado en Alemania por la recomendación entusiasta de Ranicki.

A lo que voy, que me enredo en preludios. Que me he leído el susodicho libro. Que me ha costado un huevo. Que me dicen que Mañana en la batalla piensa en mí es mejor, pero que no sé si le daré la oportunidad. Porque este no me ha gustado. Insisto, me ha costado un huevo acabarlo. Y son sólo 311 paginas en bolsillo (no es que sea Vida y destino, qui'icir).

¿Y por qué no me ha gustado? Porque hace literatura. Me corrijo, porque se le nota que quiere hacer literatura. Me corrijo, porque es de esa literatura que suena a falsete, a hueco. Marías no deja de analizar sentimientos, emociones, ideas... y cuánto me gustan los análisis, pero qué poco me creo lo que me dice en el suyo. Tan frío. Corazón tan frío.

Por lo demás, la historia no me atrapa. Y uno está tentado de echarse ahora en brazos de un Millenium, de un Crepúsculo, de cualquier historia que le agarre y le lleve y maneje y envuelva como toda novela debería hacer, algo así como un Dolby Surround 5.1 en lo ficcional.

Me espera en la mesa La estepa infinita de Esther Hautzig. No espero gran literatura, pero a estas alturas uno empieza a querer minimiedades novelísticas. Porque también me espera La montaña mágica, de la que leí 300 páginas... y buf, qué pereza. Incluso el Todo Ripley editado por Anagrama en su nueva colección de tapas rojas (Otra vuelta de tuerca) se me ha hecho cuesta arriba (empecé con A pleno sol).

En fin, qué mal le está sentando a mi reblandecido cerebro este verano de languidez. Menos mal que en Irlanda me leí una manita de libros.

Era simplemente instalarse en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca. (Marías, Javier, Corazón tan blanco, 1991)

martes, 18 de agosto de 2009

Anticristo, de Lars Von Trier

I would say that I am a poor Christian, I’m not a believer. It was this idea very early in my life that life on earth, nature or man could not be a creation of a merciful God”

Son palabras de Lars Von Trier en una entrevista para Reuters. Una cita que explica en parte la última película del director danés, una historia disfrazada de terror que abomina de la naturaleza, de la naturaleza humana (con especial énfasis en la femenina) y del mundo en general.

Me encantó Bailar en la oscuridad, una joya. Desde entonces, nada de lo que ha hecho me ha interesado. Dogville la dejé a medias, Manderley ni siquiera la he visto.

No sé lo que Von Trier pretende con Antichrist, o lo intuyo y no voy a darle el gusto de indignarme. Él dice que la reacción furibunda de la crítica en Cannes es lo que espera. Que quiere conmover con una cinta que fue escrita y rodada tras sufrir una profunda depresión. Mis vísceras desde luego las conmovió. Y suerte que no desayuné cuando fui a verla.

Más allá de ese intento de transgresión (con autoablaciones de clítorix, escenas de sexo explicitísimas y sin sentido, mutilación animal, etc.) envuelto en el papel de regalo del dominio de la técnica, Antichrist no tiene mucho más. Algunos detalles. Y punto. Que no hacen valioso el suplicio de los 100 minutos que dura.

Que quien quiera vaya a verla. No se merece ni siquiera el veto, porque sería elevarla a categoría de placer prohibido. Y en la última de Von Trier no hay placer ni estético, ni emocional, ni hormonal, ni intelectual. Supone uno que el cineasta quiere hacernos pasar el sufrimiento que él padeció durante la depresión, pero no para que lo entendamos, sino para escupirnos en la cara su desprecio por la creación. Por sí mismo.

[Editado: loa de Molina Foix a la película en El País, por gentileza de Rosie]

[Re-editado: una crítica matizada, seria, de un profesional con agudeza y no una excreción crítica espontánea como la mía]

miércoles, 12 de agosto de 2009

Enemigos públicos, de Michael Mann



Han quedado vivamente impresas en mi memoria las fiestas temáticas de inauguración de curso que solían organizarnos (luego yo mismo organicé algunas) en el club juvenil de la Obra por el que solía ir. Las que más me gustaban eran las de gángsters.

Desde entonces, el romanticismo inherente a ese mundo siempre ha tenido un valor añadido para mí. Y gente como Robert Redford y Paul Newman, Marlon Brando y Al Pacino, Howard Hawks y Otto Preminger, sólo han logrado subrayarlo.

Es por eso que, quizá, mi defensa de Enemigos públicos se vea llena de connotaciones, de prejuicios.

Para poder despachar a gusto todas las cosas que me gustaron de la película, diré de antemano y bien claro -nadie se lleve a engaño- que el guión de la película es más bien irregular. Es decir, el esqueleto de la criatura es amorfo. Buf. Y eso que la base, el personaje hasta ahora desconocido para mí de John Dillinger es muy sugerente.

Pero qué realización. Creando una atmósfera de época, aunque huyendo de los tonos sepias, de la fotografía clásica. Hay incluso cámara digital. Porque, ¿no es verdad que el hombre de los años 30 salía a la calle y no veía las cosas en sepia, sino tan reales como tú y yo? Me ha parecido un hallazgo. Creo que el atrezzo hace mucho para lograr esa verosimilitud sin necesidad del filtro tipo Garci. Además, hay cámara al hombro, creo que en su justa medida, y unas escenas de acción muy bien rodadas.

Pero qué interpretaciones. Y no me culpe nadie de decepción si se ve doblada. Johnny Depp, Christian Bale, Marion Cotillard y el resto lo bordan. Bien es cierto que los personajes que encarnan son ya atractivos de por sí.

Pero qué música. Me gustó. Le pregunté a mi hermano el friqui musical por Goldenthal, y parece que tiene una acreditada trayectoria, incluyendo composición de música de cámara.

Lo dicho. Una peli para ver y disfrutar, aunque (¡el guión , siempre el guión!) no quedará como la obra maestra que los mimbres con la que se ha construido dicen podía haber sido.

lunes, 3 de agosto de 2009

Conseguir la felicidad

El sábado anduve con unos amigos parloteando con unas cañas en una terraza de Lavapiés. En un giro inesperado de la conversación, algunos de los presentes contaron su pasada 'experiencia católica' con Misa dominical y comunión y confesión frecuente. Uno, que no tenía ganas de debates, escuchó con atención y comprensión, dejo claro que trata de ir todos los días a Misa, y santas pascuas.

Viene al caso porque precisamente ayer fui a confesarme en una de esas confesiones de pecados en las que uno experimenta de un modo más palpable el perdón. Que te dejan especialmente renovado. El curica que me dio la absolución me aconsejaba algo que no tiene nada de nuevo pero que me sonó a descubrimiento. "Intenta pensar más en los demás -decía con toda su campechanía de aires vallecanos-. Es curioso, pero es lo que nos hace felices".

Qué fuerte la contradicción.

No hay camino más arduo, pero a la vez más directo para ser feliz, que buscar que los demás lo sean. Y, a la vez, el camino más fácil para la insatisfacción es buscar en los demás únicamente que nos hagan felices.

[Nota a pie de página en medio del blog.- Bien es cierto que el siempre difícil -¿imposible?- desentrañamiento de lo que la felicidad es marcará esa forma de "hacer felices a los demás", que puede ser errónea, pero la entrega como camino para la felicidad es un concepto válido por falsable como experiencia cotidiana y universal. Ay del que no lo haya experimentado.]

Es aquella frase redonda por certera de San Josemaría: "Lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado". Pues, ¿qué es estar enamorado (amor verdadero), sino desear que sean felices aquellos a quienes queremos?