Cuando un tío se dice post-poeta, en lugar de poeta, ya me está sugiriendo que en el fondo la poesía (esto es, la transformación de una realidad por nimia que sea para sublimarla a través de la mirada) le trae sin cuidado. Que lo que quiere es articular una alambicada teoría que quizá llene páginas de culturales (o, mejor, de EP3's), post(poéticos) de blogs, premios Anagramas de Ensayo y -con mucha suerte- algún hueco en un manual de literatura de Bachillerato.
Hay que distinguir la emoción de la poesía, pienso yo. Que E=mc2 pueda provocar una intensa emoción en un receptor no hace de ello poesía, por mucho que lo metas en una fórmula de tres líneas y lo llames haiku, como hace Fdez.Mallo.
El postpoeta, según Mallo, no cree en la inmortalidad de la obra, no cree (dice que sí, pero no) en la tradición (dice no creer en la linealidad de la historia, luego la tradición no tiene sentido), es pragmático, quiere llegar a la gente....
Y ahí, me parece, está el debate. Mallo dice que la poesía, al menos en España, no ha evolucionado hacia la posmodernidad (y a la post-historia, y al post-...), como el resto de artes. Por eso, dice, las salas llenas de arte posmoderno se llenan, pero nadie lee poesía.
Yo estoy de acuerdo en que buena parte de la poesía actual, como de la narrativa (en España al menos) se ha enquistado en algún rincón polvoriento que la hace muy poco interesante. Estoy de acuerdo en que las formas han de renovarse, la manera de enfocar los temas han de ser diferentes. Pero lo que creo que mata a la poesía, a una cultura, y a la sociedad, es precisamente el pensamiento líquido que promueve gente como Mallo, la posmodernidad, que sólo se sostiene porque es el 'último grito' y mientras lo sea, pero que no dejará apenas huella porque es un pensamiento, una cultura, una sociedad tendente al suicidio. Desacralizar lo sagrado lleva a matarlo. Y eso es lo que hace la posmodernidad.
El arte en la pre-modernidad planteaba temas que eran eternamente bellos, inmortales, casi siempre de tema sagrado. El logro [sic] de la modernidad fue borrar del mapa artístico lo sagrado, pero para instalar otra sacralización: la elevación de la obra artística en sí a categoría de inmortal. (...) La posmodernidad no es más que una deconstrucción de esa inmortalidad." (p.50)
Y eso, profetizo, alejará aún más a la gente del arte, o hará que se acerque a él por puro esnobismo (como ya está pasando). La postpoética quiere hacer de la poesía una caja de toallitas perfumadas o una hermosa lata de diseño para anchoas. Retórica, artifico, pensamiento-bengala, chispeante... gafapasta. Efímero.
En cualquier caso, no puede interesarme una teoría que cita sin parar a Vattimo, a Gadamer, a Derrida, ¡a Foucault!, a Yoko Ono y Lennon. Se puede ser muy pop, muy meta-, sin descreer de la tradición ni de los temas eternos. Amor y muerte serán los temas más interesantes siempre para cualquier ser humano, se pongan como se pongan los 'posmos'.
La tradición no es un agarradero de cobardes, como si uno tuviera miedo a ser arriesgado, a reinventarse a sí mismo y a la realidad. La tradición es la realidad y sobre ella hay que construir, sobre ella hay que pulir y añadir para crecer. Lo otro, puede sonar apasionante, puede resultar fascinante, puede crear durante un tiempo el espejismo de que uno es el dios de su propia vida, el modelador de su propia realidad, pero es falso. Y termina en la nada, en la inanidad. Al tiempo.
Le preguntaría al postpoeta que tuviese el valor de ponerse de verdad por encima de toda tradición y escribiese en un lenguaje que sólo él pudiera entender. ¿No se supone que nada nos une, que somo átomos? ¿Que el arte es para el ahora? ¿Por qué no también el lenguaje?
(Me gusta del germen de la propuesta el intento de conciliar dos culturas: la humanística y la científica, Y alguna otra idea sugerente, que de todo se puede sacar algo bueno.)
(El debate seguirá, posiblemente.)