sábado, 30 de mayo de 2009

Contracorriente

Si creo que mi interpretación es verdadera, ¿voy a servir a la mentira por afán de popularidad?” (Diciembre 1877)

(Diario de un escritor, Fiódor M. Dostoievski. Ed. de Alba Editorial, 2007, p.585)

jueves, 28 de mayo de 2009

Hasta la vista

Curioso que en la última entrada hablase del pequeño Álvaro, que murió el martes a las 20:10, después de que le fuera desconectado el respirador. Con un TAC, los médicos pudieron ver que tenía el cerebrín hecho migas y no tenía sentido prolongar la situación.

Su paso por este valle de lágrimas (así nos dejas, bribonzuelo, lagrimeando) ha sido de un mes y dos días, si tenemos en cuenta que la placenta, más placentera imposible, deja los nueve meses de embarazo en un tour de placer. (¿No será el Cielo como la infinita placenta en el seno de Dios llena de un líquido amniótico llamado felicidad?).

¿Por qué ese dolor con la pérdida temporal, entonces?

Feliz dolor, piensa uno.

Feliz porque en él algo hay de eso que -curioso- citábamos de Ratzinger hace dos entradas: la intuición de la trascendencia que cada persona exuda por los poros.

Feliz porque en él algo hay del poder de la sangre, de esa 'relación con' que no es categoría aristotélica sino intimidad de nuestro ser con la familia, cordón umbilical que nos ata para bien y para mal a los nuestros (que, en sentido amplio, son todos los seres humanos), que nos hace crujir por dentro al percibir aunque sólo sea externamente cierta ruptura del vínculo.

Feliz porque el amor que sentimos por Álvaro, más fuerte que la muerte, nos une a todos los que lo sentimos.

Feliz porque nos ayuda a situar las cosas en sus verdaderas dimensiones. La vida no deja de ser tomar una decisión.

Feliz porque nos obliga a abrazarnos más a Ti, a fiarnos, a entender sin entender. A entender, de hecho, que las cosas que más importan en esta vida, son muchas veces incomprensibles, inmensurables... impepinables. Más allá del pataleo, del "por qué, por qué, por qué", de la queja filial o de amigo.

Álvaro, baby, como decía esa corona que te han dejado tus primitos, "háblale a Jesús de mí".

martes, 19 de mayo de 2009

La fragilidad de la vida

Salía yo en coche en dirección al centro de Madrid, incorporándome a la A-3, carretera de Valencia. Una furgoneta delante, un camión detrás. De repente, alguien que frena por delante. Y la furgoneta frena. Y yo, consiguientemente. Por el retrovisor veo, sin poder hacer nada, cómo la cabina del camión se aproxima a mí. Todavía me parece un milagro que no me tocase.

Y cuando puedo acelerar y me alejo del lugar, veo cómo el camión se cruza en la carretera. El coche que viajaba tras él se ha estampado contra su trasera. Me alejo sumido en una nebulosa. Todavía ahora me parece un sueño, algo ajeno.

Ni siquiera ha cabido más que unos segundos de celebración de la vida, para en seguida dejarme impresionar por lo que podía haber pasado (y quizá ha pasado, aunque no parece que el hecho haya provocado víctimas).

Porque mi recién nacido sobrino tiene una cita con la vida en la UCI. El otro día, mi cuerpo (no mi mente) quedó en estado de shock al entrar a visitarlo. Casi me desmayo. Pero no experimentamos realmente la fragilidad de la vida hasta que lo hacemos en nuestra propia piel.

lunes, 18 de mayo de 2009

Lo sagrado que hay en ti

Lo que nos une a quienes creemos en una cierta trascendencia:

En su prólogo al conocido libro del biólogo francés Jacques Testart, L’oeuf transparent, el filósofo Michel Serres –al parecer, no creyente-, al afrontar el problema del respeto que se debe al embrión humano, se plantea la pregunta: ‘¿Quién es el hombre?’. El autor confiesa que ni la filosofía ni la cultura ofrecen una respuesta unívoca y verdaderamente satisfactoria. Sin embargo, observa que, a pesar de que no tengamos una definición teórica y bien precisa del hombre, la experiencia de la vida concreta nos ha enseñado muy bien quién es el hombre. Lo descubrimos, sobre todo, cuando nos encontramos frente a uno que sufre, que es víctima del poder, que se encuentra indefenso e, incluso, condenado a muerte. ‘Ecce homo!’. Sí, ese no creyente repite a la letra la expresión de Pilato, el poderoso gobernador romano que tiene enfrente a Jesús injuriado, azotado, coronado de espinas y ya condenado a morir en la cruz: ¿Quién es el hombre? Precisamente el más débil e indefenso, que no tiene poder y ni siquiera voz para defenderse, y con el que podemos cruzarnos en nuestra vida fingiendo no conocerlo. El hombre al que podemos cerrar nuestro corazón e incluso llegar a afirmar que jamás ha existido” (p.62-63; Joseph Ratzinger: El cristiano en la crisis de Europa. Ed. Cristiandad. Madrid, 2006)

Esta entrada está dedicada a Alberto, gran amigo, y a Edu, que puede llegar a serlo. Por esas discusiones antropológico-teológicas regadas por unas maravillosas cervezas en Malasaña. Ambos me hicisteis feliz ayer.

viernes, 15 de mayo de 2009

Desarrollo, cambio

Hace ya tiempo que nuestra volubilidad en el tiempo, la dificultad para perseverar en las grandes decisiones de la vida, que uno cambie y no necesariamente a mejor, esa tensión inherente al ser humano me parece la cuestión más dramática de nuestra naturaleza.

Por eso, encontrar estas palabras en el prólogo de Ratzinger a la Apologia pro vita sua de Newman fue consolador:

Es sabido cómo la reflexión en profundidad de Newman sobre la idea del desarrollo influyó en su camino al catolicismo. Pero no se trata simplemente de una cuestión sobre unas ideas que se descubren. En el concepto del desarrollo juega su papel la propia vida de Newman. Creo que esto se hizo patente en esas palabras suyas tan bien conocidas [que yo no conocía]: 'Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado con frecuencia'."

lunes, 11 de mayo de 2009

Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet

Voy a hablar de Mapa de los sonidos de Tokio, la última película de Isabel Coixet. Aviso que destriparé la trama.

Va de un tipo español en Tokio (David) que tenía una novia (Midori) con un padre super-ejecutivo de una gran compañía nipona (Nagara-son). La chica se suicida y el padre culpa al novio español y paga a una asesina a sueldo (Ryu) para que lo mate.

A Ryu le gusta David y follan. Bueno, realmente sabemos que follan porque lo dicen, lo suponemos. Y no porque la narración esté llena de elipsis, sino porque la cámara prefiere centrarse en los preliminares. No sé qué quiere decirme Coixet con ese regodeo. En serio. No es puritanismo. Quizá ignorancia.

Ryu, que hasta ese momento era una infeliz, es algo más feliz. ¿Se ha enamorado de él? Puede ser. Pero está claro que eso no va a durar. Para él, ella es un poco un sustitutivo. Y, además, está muy confuso. Al final, él la deja. Y, pues eso, final. Ah, antes el lameculos de Nagara-son, que es quien había contratado a Ryu para hacer el trabajito, la mata por no haber cumplido el trato.

La película es a nivel antropológico tan simple o sencilla como parece. Y es decepcionante, porque no se puede negar que la cineasta española tiene pretensiones y parece que quiere hablar de lo que de verdad importa.

En su favor (?) hay que decir que todo este sushi está cocinado con mucha estética anuncio, mucho plano bonito del exotismo tokiota, mucha mirada perdida del otro lado del cristal, algunas frases que quieren sonar profundas...

Aquí ya hablé de la Coixet.

Al menos no me fui de la sala, como ayer, cuando estuve con Alberto y mi hermano en la proyección de un documental de DocumentaMadrid. Lamentable.

Y pronto espero hacer lo que debía haber hecho hoy, comentar el prólogo de Ratzinger a una edición de Apologia pro vita sua, recién publicada por Ciudadela. Eso sí que es alimentar el espíritu.

No es que uno sienta inclinación por ser o parecer rancio, conservador, clásico, convencional o Dios sabe qué, pero es que a mí me da igual de que época sean las verdades que me cuentan. Pero quiero verdades, aunque sean pequeñitas, porcioncillas de realidad.

viernes, 8 de mayo de 2009

Alimentar el espíritu

Si no escribo más en el blog es por eso, porque no estoy alimentando el espíritu como debiera, y ya se sabe que ex abundantia cordis os loquitur. Sí, también porque, por h o por b, no tengo demasiado tiempo. Pero eso nunca debe ser un problema.