miércoles, 28 de enero de 2009

Revolutionary Road


La última película de Sam Mendes sigue una línea de coherencia con sus dos grandes éxitos Road to perdition y American Beauty, aunque no llega al nivel de estas.

Si American Beauty es "una historia de máscaras que caen, de anagnórisis, (...) honrada y cruda a la hora de indagar en la raíz de los problemas, pero con respuestas desenfocadas" (así la describía uno mismo hace tres años) y Road to perdition una brillante historia de cine negro con final devastador, Revolutionary Road es una revisitación del ataque a la artificiosidad de cierto sueño americano, esta vez a través de la adaptación de una novela de Richard Yates en la que se muestra el proceso de autodestrucción de un matrimonio en los años 50.

Lo que en American Beauty podía ser una "brillantísima estructura narrativa, retomando el hallazgo guionístico de Sunset Boulevard", con "muy sugerentes reflexiones sobre la belleza" y unos "entrañablemente construidos personajes y sus interrelaciones, en un éxtasis acumulativo de descomposición antropológica", en Revolutionary Road es falta de originalidad, una manera de narrar a veces enfática, una banda sonora plana y repetitiva en la que Thomas Newman se autoplagia descaradamente y, eso sí, una brillante actuación (¡una más!) del monstruo Leonardo DiCaprio (Kate Winslet me gusta mucho menos) y una realización más que solvente, algo que no sorprende en alguien con las credenciales de Sam Mendes.

lunes, 19 de enero de 2009

Master and commander


Entre las grandes películas hay obras maestras, pero también pequeñas joyas. Estas suelen crecer con el tiempo. Pienso que Master and Commander es una de ellas. El correo me la trajo hace unos días desde el otro lado de Despeñaperros, regalo de un buen amigo, y ayer estuve revisitándola para anestesiar la soledad.

No deja de sorprenderme que una historia en apariencia tan sencilla (un barco que persigue a otro barco) logre cautivarme durante dos largas horas. Y lo consigue fundamentalmente por la fuerza de sus personajes y las relaciones entre ellos. La inteligencia y humanidad con que el narrador las va desplegando. Ese ritmo interno que van marcando los personajes se complementa con el ritmo externo, el de la historia, también muy logrado, lleno de tensión, suspense y acción.


Pero lo que más me conmueve de Master and commander es el sentido de la amistad y la camaradería (absolutamente masculina) que respira su trama. Entre el capitán y el doctor (ambos pragmáticos e idealistas a su modo y de manera antitética), entre los aprendices de oficiales, entre los marineros... Un ideal.

martes, 13 de enero de 2009

El escalofrío interminable

Leyendo a Ángel, recuerdo los cuentos de Flannery O'Connor, y cómo me impactó "El escalofrío interminable". Este y "Los lisiados serán los primeros" me dejaron hecho fosfatina. En estos días de nieves, hielos en las aceras... y también en los corazones, los relatos de Flannery son punzones de lo más acerado (steel-colored and very still, como los ojos de del Rufus Johnson de “Los lisiados serán los primeros”) que bien pueden hacer al menos un granizado. Aquí dejo un esbozo de resumen con una selección de algunas citas que tomé del relato.

Asbury es un joven que vuelve a la casa de su madre, en el Sur, desde Nueva York. Está gravemente enfermo, por lo que su madre le insiste desde el primer momento en que le vea el médico. Él se niega: “Lo que me pasa a mí excede a Block”, repetirá a modo de karma durante toda la historia.

Cuando la gente se cree inteligente –incluso cuando es inteligente–, nada de lo que otro diga puede hacer que vean las cosas como son, y en el caso de Asbury el problema es que, además de ser inteligente, tenía un temperamento artístico. (...) [Su madre] había observado que cuanta más educación recibían menos cosas sabían hacer [sus hijos]”, dice la narradora.

Asbury se dedica a escribir, aunque todavía no ha publicado nada. Odia a su madre y a un padre que no conoció por morir cuando él contaba cinco años. Considera que su madre le ha cortado las alas, huyó de ella para ser libre.

No era que le hubiera impuesto sus ideas. Esto nunca había sido necesario. Sus ideas habían sido simplemente el aire que él respiraba, y cuando por fin encontró otro aire no supo sobrevivir en él. Pensaba que, aunque no la comprendiera de inmediato, la carta [que le había escrito para cuando él muriese] dejaría en ella un escalofrío interminable, que quizá con el tiempo la llevaría a verse a sí misma tal como era”

El doctor Block termina por ir a visitarle. Es un médico de pueblo. De pueblo del sur de EE.UU.

Block se inclinó sobre el maletín y sacó un tubo de goma. Subió la manga de Asbury y le ató el tubo alrededor del brazo. Entonces sacó una jeringuilla, empezó a buscar la vena y, tarareando un himno, hundió la aguja. Asbury yacía allí, con la mirada indignada y rígida, mientras la intimidad de sus sangre era invadida por aquel idiota.

-Lento, Señor, pero seguro –canturreaba Block a media voz– Lento, lento, oh Señor, pero seguro. –Cuando la jeringuilla estuvo llena, retiró la aguja– La sangre no miente. –La vertió en un frasco, lo tapó y lo metió en su maletín–. Azzbury –añadió–, ¿cuánto tiempo...?

Asbury se incorporó, adelantó la cabeza palpitante y dijo:

-Yo no te he mandado llamar. No responderé a ninguna pregunta. No eres mi médico. Lo que me pasa a mí excede tus conocimientos.

-Casi todas las cosas m’exceden. Todavía no he encontrao una sola que comprendiera completamente.

Suspiró y se levantó. A Asbury le pareció que sus ojos brillaban a gran distancia.

-No se comportaría tan mal –se disculpó la señora Fox– si no estuviera realmente enfermo. Quiero que vuelva usté todos los días hasta que se ponga bien.

Los ojos de Asbury adquirieron un tono violeta.

-Lo que me pasa a mí te excede –repitió. Volvió a tumbarse y cerró los ojos hasta que Block y su madre se fueron”

Por fin, Asbury hace llamar a un cura para charlar, a un jesuita, recordando a uno culto que había conocido en Nueva York. Pero el padre Finn, que acude a verle, es un cura poco cultivado, medio sordo y tuerto (genial Flannery). Asbury pretende que le hable de Joyce, y de la muerte de Dios, y de..., pero se enfrenta a la simplona terquedad del jesuita, que le pregunta por el catecismo. La madre echa al cura y este sentencia: “En el fondo, es un buen muchacho, pero muy ignorante”.

Finalmente, Block averiguará lo que tiene: fiebre de Malta. No mata, aunque es una enfermedad crónica.

El relato termina así:

Comprendió que durante el resto de sus días, frágiles y atormentados pero interminables, viviría ante un terror purificador. Un grito ahogado, una última e imposible protesta, escapó de sus labios. Pero el Espíritu Santo, blasonado en hielo en lugar de fuego, siguió descendiendo implacable”

En el enfrentamiento entre la complejidad de lo nuevo, del instruido -fracasado- y la simpleza del entorno rural, aquel sale derrotado. También la moderno arreligioso y pagado de sí misma, aparentemente instalado en el progreso, resulta ser muchas veces un ente fracasado que resulta moralmente inferior a muchos iletrados, simplones que viven de sus tradiciones, a los que reconocen sus limitaciones, o incluso de aquellos cuya justificación es el "porque sí", ya que les faltan incluso palabras para expresar sus motivaciones.

lunes, 12 de enero de 2009

Fiesta ( o El festín de Isabel)


Iba a empezar diciendo que ayer estuve viendo Ordet y bla-bla-bla-blablá, como introducción a una entrada que me mandan hacer los amigos sobre la fiesta que di en mi casa el sábado, pero U.G me pidió que me dejase de grandes reflexiones y que le diera al tema un poco de frivolitè. No sé si podré conseguirlo.

Y escribo con la conciencia de que, a pesar de que G.Z diga que los blogs "los leen cuatro y eso es lo mismo que nadie", yo sé que al otro lado de la línea hay gente y que seréis cuatro, pero qué cuatro y que os interesa lo que cuento. Este blog sería el de un medio-mierda si no fuese por la calidad de sus lectores. (Lo llaman captatio benevolentiae.)

La fiesta empezaba a las nueve y, como digo, era en mi casa. Ya sabéis lo que pienso de los "friends" del Facebook. Pues algo semejante pienso de los "friends" en la vida real, y celebrar mi cumpleaños en mi casa antes que en un bar o un garito cualquiera supone un filtro para aquellos a quienes no te une apenas nada (lo llaman triple negación y creo que la acabo de inventar). Yo no soy de los que celebra su cumpleaños con cualquiera, lo siento. Y abrir las puertas de la propia casa es un paso importante. Eché en falta, es necesario decirlo, a algunos verdaderos friends, que por un motivo u otro no pudieron venir. (Pienso en M.M, en A.F...)

Bueno, pues la cena empezaba a las nueve, pero nadie quiere ser el primero en este tipo de eventos, así que a partir de y cuarto-y media, empezó el goteo. Y las presentaciones. Este es fulanito, esta es menganita, este es zutanito, novio de menganita, esta es mi hermana, y este mi cuñado, el marido de ella, mua-mua, y este un amigo, y piensa uno "da igual porque en tres minutos exactos no me acordaré de ningún nombre". Traed los abrigos, pasad por aquí, sentaos, qué queréis de beber... Ser un buen anfitrión cuando te asiste la ayuda de una madre como la mía -y, en general, una familia como la mía- es bastante fácil, todo sea dicho.

Mi madre, con la insustituible colaboración de mis hermanas (a la vieja usanza fordiana, qué le vamos a hacer), preparó una cena espectacular para ir picando (como en el caso de los grandes diseñadores, el público asistente reclamó su presencia para ovacionarla). Por supuesto, bebida en abundancia no faltó e incluso Francis me había preparado un CD de varios para acompañar la velada (aunque J.S no dejó pasar la ocasión de chinchar un poco con ese tema). Todo perfecto.

Al principio, los corrillos -estuvimos unos 20- eran rollo gueto, ya sabéis cómo son estas cosas, un poco al modo de aquellas antiguas matemáticas de la EGB en la que se enseñaban los conjuntos. Estaba el conjunto de mi familia -herman@s, cuñad@s, L.A-, el de los viejos amigos de TVE y el de los nuevos compañeros-y-sin-embargo-amigos del curro. Yo sabía que con las horas y la suave pendiente alcohólica, lograríamos la intersección entre esos conjuntos.

Y así fue, aunque para entonces ya se habían ido algunos, incluyendo gente que trabajaba al día siguiente (O.F) -por no hablar de los que se fueron de la fiesta directamente al Pirulí (R.H)-. Terminamos, como suele pasar, riéndonos del blog de D.C, de ese icono para la redacción que es C. del A, discutiendo sobre si hay que "arriesgar" o no (G.Z estuvo suelto, suelto, en su salsa), hablando del "portadismo", de R.V, de lo genial que es nuestra amistad y tal y tal. Maravilloso.

Acabamos a altas horas de la madrugada pidiendo un taxi y despidiéndonos un poco con la impresión de las grandes ocasiones, al menos yo, a lo Cenicienta, con sensación de sueño (no de tener sueño, que también, sino de haber estado en un sueño) que todavía hoy me dura. La euforia es muy mala, así que estas situaciones dejan un poco confuso, especialmente porque se mezclan la conciencia de haber paladeado un poquito de cielo y la experiencia de lo fugaz, el miedo a lo efímero, a que esas personas a las que por un rato te has sentido tan unido quizá estén lejos en un futuro. Eso debe ser el cielo, una fiesta banquete inacabable con aquellos a los que de verdad amas, sabiendo que nunca dejarás de amarlos con la máxima intensidad. (Y espero, Urbi, que esta reflexión teológica me la perdones.)

No puedo dejar de decir que los amigos del trabajo me regalaron un calendario hecho a mano con fotos de los compañeros de la redacción en cada mes (perfectamente vestidos y en estado de revista, ¿eh?). La verdad es que me llegó muy hondo.

Y este es el resumen de la cosa. De la fiesta, además de algunas presencias, eché de menos el no tener que hacer de perfecto anfitrión (si es que lo logré) y poder disfrutar más con algunos de los amigos que no he mencionado: de la casi devota amistad de V.G de L, de la perenne sonrisa de E.N, de la curiosa sabiduría de J.S, del ingenio y la sinceridad de U.G, de la bondad casi natural de G.S y de la pasión discutidora de su novio S.M (muy, muy contenido estuvo), de la ternura de V.M, de la alegre locuacidad de M.H, de la introvertida sevillanía de G.Z, de la sencilla discreción de R.H, de la autenticidad de L.G (siempre reinando en la noche), de la sonrisa perfecta de B.E, de la maravillosa ingenuidad de O.F, y de L.A, y de mis herman@s y cuñad@s... Y así. Pero la felicidad de dar una fiesta es disfrutar con la felicidad de los demás, que uno sueña no sea fingida.

miércoles, 7 de enero de 2009

Mis Reyes

Una iPaq, unas botas de monte, unas gafas para la pistina, un pack de cinco DVDs con lo mejor de Dreyer, la primera temporada de Los Soprano y dos libros de Thomas Mann (y no precisamente los más breves).

Eso me han traído los Reyes. Ah, y una bolsa de chuches.

Y ahora necesitaría todo el tiempo que no tengo para devorar tan buena selección de regalos. Os tendré informados.

martes, 6 de enero de 2009

Hist con mayús

No es que ya no me importe la Historia, el haber presenciado la victoria del primer presidente negro de los Estados Unidos (contra la apuesta que en mayo o por ahí yo mismo había hecho por la victoria de McCain y después de escuchar atentamente los debates con este), que Israel masacre la Franja de Gaza, que ETA, que Zapatero y Bombay y la ley del aborto...

Es que suficiente tengo con dedicarle por trabajo muchas horas del día a esa "Hist con mayús" como para encima dejar de lado lo que de verdad importa. Mi vida, tu vida, la de cada uno. La intrahistoria que decían los noventayochistas. La suma de las humanidades concretas que hace la Humanidad. Por eso, también para 2009 me propongo interesarme más por el significante tras los pronombres. Las personas.

Lo demás, fiuuuu.

domingo, 4 de enero de 2009

My blueberry nights


Años llevaba escuchando hablar de Wong Kar-wai, y con ganas de ver su In the mood for love (Deseando amar). Mientras eso llega, me conformo con My blueberry nights, que voy a ver predispuesto a exultar.

Del cine salgo encendido, pero no exultante. Encendido porque la película habla de lo que me importa, los sentimientos de personas concretas. Personas, además, resquebrajadas, aunque sin cebarse. Habla de ello con pausa, sin miedo a caer mal al espectador con un estilo fragmentado. Y habla de ello manejando un reparto extraordinario. Norah Jones, en su primera incursión cinematográfica, lo hace más que aceptablemente y, por si fuera poco, nos regala un par de canciones para la banda sonora. Jude Law se come la pantalla aunque su personaje es, quizá, demasiado sencillo, o plano, no lo sé. David Strathairn, que ya me fascinó en Good night and good luck, vuelve a cogerme del todo, haciéndome empatizar. Rachel Weisz, la ex-the-mummy, quizá la mejor, está impresionante en todos los aspectos. Natalie Portman, en su línea (ascendente).

Salgo encendido también porque siendo 2009 un año de cine, me parece, bastante pobre, la película de Kar-wai, o Wong o Wong Ka, es una brasa para llevarse a un rincón y calentar un poco la pasión por el ser humano. Por el ser humano con esperanza, además.

Sin embargo, no exulto porque las dimensiones de la historia son lo que son, y no hay que pedirle más; porque siendo personajes rotos necesitados de un nuevo comienzo, no hay tantos matices en ellos; porque el ritmo es... ¿"accidentado"?, falta algo más de armonía. Porque la historia depende demasiado de los actores, más que de los personajes.

En definitiva, si eres de esos que van al cine un poco para encontrar las honduras que tantas veces la gente se empeña en ocultar a nuestro alrededor, tienes que verla.

Yo tuve la suerte, además, de que la noche acabase en cena y copeo con uno que antes de entrar al cine era sólo compañero de trabajo y ahora es amigo después de tres horas de buena conversación sobre cine, amor, familia, viajes, teología y trabajo.

jueves, 1 de enero de 2009

Año Nuevo

Estará, claro, el iluso (el idealista, en el mal sentido de la palabra), que cree que con sólo desear las cosas irán bien. Pero estará también, y ese es el peor, el aguafiestas para el que "porque cambie el año, nada va a cambiar...".

La maravilla de nuestra estructura histórica, cíclica (horas, días, semanas, estaciones, años...), es que se corresponde a la perfección con nuestro carácter falible, y permite desterrar la desesperanza. Siempre es oportunidad de recomenzar.

Este será, sí, el de la crisis, pero otro año; mañana será otro día, y dentro de un minuto, otro minuto. La oportunidad, no de reinventarnos, sino de seguir haciéndonos, rectificando.

(Actualización: La idea la encuentro, cacharreando, en una cita bellísima de G.K. Chesterton en el blog Bienvenidos a la fiesta, a la que llego por el blog de Ángel Ruiz)