jueves, 31 de diciembre de 2009

Versus nocilleo

Las personas como él aprecian mucho la amistad, la proximidad, la solidaridad y todas esas cosas, porque siempre necesitan compañía para jugar a las cartas, beber y salir a tomar algo; además, son habladores y necesitan que alguien los escuche. Nos hicimos amigos, es decir, él pasaba a verme a diario, me impedía trabajar y me hacía confidencias sobre su mantenida. Desde el principio me sorprendió su extraordinaria mendacidad, que me daba verdadero asco. En calidad de amigo le reprendía: le preguntaba por qué bebía tanto, por qué vivía por encima de sus medios y contraía deudas, por qué no hacía nada ni leía un libro, por qué tenía una cultura tan escasa y sabía tan poco, y en respuesta a todas mis preguntas esbozaba una amarga sonrisa, suspiraba y decía: 'Soy un fracasado, un hombre superfluo', o: '¿Qué puede esperarse de nosotros, residuos de la época de servidumbre?', o: 'Hemos degenerado...'. O se perdía en consideraciones prolijas y descabelladas sobre Onieguin, Pechorin, el Caín de Byron y Bazárov, de los que decía: 'Son nuestros padres en cuerpo y alma'. Todo esto había que interpretarlo así: no era culpa suya que los paquetes de documentos oficiales estuvieran semanas enteras sin abrir o que él se entregara a la bebida y animara a beber a otros; la culpa la tenían Oniegui, Pechorin y Turguénev, inventor del fracasado, del hombre superfluo. La causa de la extrema depravación y envilecimiento no hay que buscarla dentro de uno mismo, sino fuera, en el espacio. Además, mire usted qué bien, el pervertido, el embustero y el miserable no era sólo él, sino también nosotros... 'Nosotros, los hombres de los años ochenta', 'nosotros, progenie indolente y neurótica del régimen de servidumbre', 'nosotros, despojos desfigurados por la civilización'. En resumidas cuentas, debíamos comprender que un hombre tan grande como Laievski era grande incluso en su caída; que su depravación, su ignorancia y su incuria constituían un fenómeno histórico natural, consagrado por la necesidad; que nos encontrábamos ante causas universales, elementales, y que había que encender una vela por Laievski, víctima fatal de la época, de las tendencias, de la herencia y demás"

El duelo, Anton P.Chéjov, 1891. En trad. de Víctor Gallego para Alba Editorial.

3 comentarios:

Rosie the Riveter dijo...

Jopelines, con lo a gusto que se vive entregado al determinismo social e histórico. ¡Agu(s)afiestas!

Saludos

Rosie the Riveter

Agus Alonso-G. dijo...

Y el caso es que muchas veces yo mismo me excuso con que "soy hijo e mi tiempo".

natalia_paperblog dijo...

Buenos días,

En primer lugar, quisiera disculparme, pero no he encontrado otra manera de contactarte que a través de los comentarios.

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Recibe un cordial saludo,

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