domingo, 13 de diciembre de 2009

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina

Sólo el tiempo es capaz de situar una novela en el lugar exacto que le corresponde, pero el de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (Ùbeda, 1956), se intuye elevado.

Una vez que el lector ha terminado la última de las casi mil páginas de esta obra, es necesario contener siquiera brevemente el aliento y tratar de sobreponerse, porque da miedo dejarse llevar por la impresión quizá demasiado a quemarropa de la lectura reciente.

La noche de los tiempos
es el retrato de una España que se dirigía ¿irremediablemente? a la guerra civil, la historia de un amor adúltero en una Europa de entreguerras sumida en el delirio previo a la masacre.

Ignacio Abel es un arquitecto bien situado, republicano y socialista, que viaja a Estados Unidos en octubre de 1936 para tomar posesión de una plaza como profesor visitante. Huye de un Madrid anárquico y sitiado, un país resquebrajado por la guerra y una familia con mujer y dos hijos a los que ha traicionado con un amor clandestino que después de voltear su vida se ha hecho imposible.

En ese viaje norteamericano, el narrador Muñoz Molina reconstruirá "setenta y tres años después" la intrahistoria de ese arquitecto, paralela a -y al mismo tiempo inevitablemente entrelazada con- la Historia de un tiempo y un lugar.

A través de las páginas pasarán personajes ficticios y también históricos, como Moreno Villa, Pedro Salinas, José Bergamín, Rafael Alberti o Manuel Azaña.

No es difícil imaginar que al abordar el escritor jienense un empeño literario de estas características tendría en la cabeza el espejo de las grandes novelas de la modernidad. Esos grandes frescos de toda una sociedad, los retratos corales de las convulsiones que atravesaron este par de siglos -y qué siglos-.

Porque se percibe en La noche de los tiempos la misma ambición histórica y antropológica de un Dostoievski, un Tolstoi, un Mann, igual aspiración a una narración mastodóntica que un Victor Hugo, un Stendhal, un Grossman.

Sin ese impulso, que podía haberse quedado en estrepitoso fracaso, nadie lograría llevar a cabo una obra tan lograda y polifacética como la de Muñoz Molina.

Sin lugar a dudas, y por empezar por el asunto más espinoso dada la época en que se desenvuelve la historia, se le podrá acusar a la novela desde uno y otro "bando" de parcialidad, o de ofrecer una visión injusta de las circunstancias históricas. Nunca llueve a gusto de todos.

Pero el telón histórico que se dibuja en La noche de los tiempos y los perfiles humanos que pululan por él transpiran la honestidad de quien ha intentado ser ecuánime sin dejar de presentar una verdad histórica, es decir, sin aspirar a la equidistancia.

Además, Muñoz Molina, bien es sabido, tiene su propia visión del mundo, desde la izquierda laica. En cualquier caso, el esfuerzo para lograr huir de la simplificación en su novela se intuye ímprobo.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es ingenio narrativo. Muñoz Molina construye con sabiduría la arquitectura de la novela. Despliega las historias con efectividad y sin efectismos, superponiendo planos temporales y personajes sin que se perciba la tramoya ni ésta estorbe al lector.

Que desde el principio sepamos lo que se nos va a contar no impide que, empujado también por la brillantez de la prosa, el lector se vea arrastrado página tras página.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es creación de personajes, personajes de carne y hueso. Éstos tienen profundidad psicológica y coherencia interna. Complejidad, riqueza interior. Y por eso tienen interés.

Son seres normales y corrientes, llámense Juan Negrín, Ignacio Abel o Karl Ludwig Rossman, individuos cuyos sentimientos, razonamientos y pulsiones expresan la variada gama de los sentimientos, razonamientos y pulsiones de cualquier mortal. Como las grandes novelas. Y como en las grandes novelas, el narrador no los juzga.

Más allá de eso, La noche de los tiempos es reflexión moral, antropológica, sin respuestas cerradas. El arte permite la libertad de esbozar, de abrir puertas, de reflejar luces y sombras en el ser humano y en la sociedad que se mueve sin necesidad de ser exhaustivo.

¿Que La noche de los tiempos podría haber sido más breve? Posiblemente. ¿Que se le podrían recortar pasajes que quizá resulten redundantes? Es muy probable. Y también le sobran páginas a las grandes novelas de la historia.

Pero es que no se puede pedir a una novela la perfección cerrada de un soneto.

1 comentario:

el náuGrafo dijo...

Qué ganas de leerla. Más tras tus comentarios.