sábado, 28 de noviembre de 2009

El hilo de Waugh

Un hombre está sumido en honda tristeza; se siente poco o nada. Su voluntad es un músculo atrofiado, todo es confusión. Se desliza por una pendiente y, aunque clama de profundis, cree que eso no tiene marcha atrás. Mira la vida con cinismo. Escribe: "Nada hay que me ilusione".

Una hora después -ha hecho oración (fue entonces cuando escribió que nada le ilusiona), ha estado en Misa, distraído, ha comulgado- su mirada interior recupera una pureza que hace tiempo no tenía. Como si todas esas experiencias puramente sensuales que le habían creado una costra en el corazón durante meses hubieran caído de repente.

No puede ser casualidad que a última hora decidiese no ir a esa glamourosa fiesta para cuidar sus obligaciones para con Dios.

Siente miedo. Temor ante una presencia que se atisba, un soplo, un aleteo. Imposible una explicación simple. Se ha autoconvencido, dirán. Se ha sugestionado...

Y no es una droga.

Todo apunta a que es la Gracia.

1 comentario:

pelucas dijo...

El siempre sale al encuentro. Es un amante insaciable, un amigo insustituible y para siempre.