viernes, 27 de febrero de 2009

Una nietzscheana

El final de la historia se ensombrecía con una petición de matrimonio. ¿Por qué era necesario que el placer siempre se pagara? ¿Y por qué el precio de la voluptuosidad era, inevitablemente, la pérdida de la levedad original?"


Bendije al inventor de los noviazgos. La vida está jalonada de pruebas duras como piedras; una mecánica de fluido permite, sin embargo, circular por ella. La Biblia, ese soberbio tratado de moral para uso de las piedras, de las rocas y de los menhires, nos enseña admirables y petrificados principios, '¿que Tu verbo sea sí? ¿Sí, no? No. Lo que añadimos viene del Maligno' [sic], y los que los siguen son esos seres inquebrantables y de una sola pieza, queridos por todos. Por el contrario, hay criaturas incapaces de mantener esas actitudes graníticas y que, para avanzar, sólo pueden deslizarse, infiltrarse, dar un rodeo. Cuando te preguntan si quieres o no casarte con fulano, se sugieren noviazgos, nupcias líquidas. Los patriarcas pedregosos ven en ellas a traidores o embusteros, cuando en realidad son sinceros a la manera del agua. Si soy agua, ¿qué sentido tiene decirte que sí, que voy a casarme contigo? Ése sí sería una mentira. El agua no puede retenerse. Sí, te regaré, te prodigaré con mi riqueza, te refrescaré, saciaré tu sed, pero qué sé yo lo que será el curso de mi río, nunca te bañarás dos veces en la misma novia.

Esos seres fluidos atraen el desprecio de las masas cuando sus ondulantes actitudes han permitido evitar tantos conflictos. Los grandes bloques de virtuosas piedras, sobre los que nadie repara en elogios, están en el origen de todas las guerras."


Me hubiera gustado poder dimitir también de mi boda. Por desgracia, la gentileza de Rinri resultaba cada vez más desarmante.

Una noche, escuché una voz que me decía: 'Recuerda la lección de Kumotori Yama. Cuando Yamamba te tenía prisionera, encontraste la solución: la huida. ¿No consigues salvarte a través de la palabra? Sálvate por piernas.'

Cuando se trata de huir de un país, las piernas adquieren la forma de un avión: disimuladamente, compré un billete Tokio-Bruselas. Sólo de ida.

-Ida y vuelta es más barato -dijo la vendedora.
-Sólo ida -insistí.

La libertad no tiene precio."


Al parecer, huir es poco glorioso. Lástima, porque es muy agradable. La huida proporciona la más formidable sensación de libertad que se pueda experimentar. Te sientes más libre huyendo que si no tienes nada de lo que huir. El fugitivo tiene los músculos de las piernas en trance, la piel temblorosa, las fosas nasales palpitantes, los ojos abiertos.

El concepto de libertad es un tema tan manido que las primeras palabras me hacen bostezar. La experiencia física de la libertad es otra cosa. Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir. Aunque sólo sea de uno mismo.

La buena noticia es que se puede huir de uno mismo. La parte de uno de la que huimos es la pequeña cárcel que el estado sedentario instala en cualquier parte. Uno prepara el petate, y si te he visto no me acuerdo: el yo se siente tan sorprendido que se olvida de dárselas de carcelero. Uno puede librarse de sí mismo igual que puede librarse de sus perseguidores."


Tengo veintitrés años y todavía no he encontrado lo que buscaba. Por eso me gusta la vida. A los veintitrés años, es bueno no haber descubierto tu camino".


Ni de Eva ni de Adán, Amélie Nothomb (Trad. de Sergi Pàmies, Anagrama, 2009)

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