martes, 13 de enero de 2009

El escalofrío interminable

Leyendo a Ángel, recuerdo los cuentos de Flannery O'Connor, y cómo me impactó "El escalofrío interminable". Este y "Los lisiados serán los primeros" me dejaron hecho fosfatina. En estos días de nieves, hielos en las aceras... y también en los corazones, los relatos de Flannery son punzones de lo más acerado (steel-colored and very still, como los ojos de del Rufus Johnson de “Los lisiados serán los primeros”) que bien pueden hacer al menos un granizado. Aquí dejo un esbozo de resumen con una selección de algunas citas que tomé del relato.

Asbury es un joven que vuelve a la casa de su madre, en el Sur, desde Nueva York. Está gravemente enfermo, por lo que su madre le insiste desde el primer momento en que le vea el médico. Él se niega: “Lo que me pasa a mí excede a Block”, repetirá a modo de karma durante toda la historia.

Cuando la gente se cree inteligente –incluso cuando es inteligente–, nada de lo que otro diga puede hacer que vean las cosas como son, y en el caso de Asbury el problema es que, además de ser inteligente, tenía un temperamento artístico. (...) [Su madre] había observado que cuanta más educación recibían menos cosas sabían hacer [sus hijos]”, dice la narradora.

Asbury se dedica a escribir, aunque todavía no ha publicado nada. Odia a su madre y a un padre que no conoció por morir cuando él contaba cinco años. Considera que su madre le ha cortado las alas, huyó de ella para ser libre.

No era que le hubiera impuesto sus ideas. Esto nunca había sido necesario. Sus ideas habían sido simplemente el aire que él respiraba, y cuando por fin encontró otro aire no supo sobrevivir en él. Pensaba que, aunque no la comprendiera de inmediato, la carta [que le había escrito para cuando él muriese] dejaría en ella un escalofrío interminable, que quizá con el tiempo la llevaría a verse a sí misma tal como era”

El doctor Block termina por ir a visitarle. Es un médico de pueblo. De pueblo del sur de EE.UU.

Block se inclinó sobre el maletín y sacó un tubo de goma. Subió la manga de Asbury y le ató el tubo alrededor del brazo. Entonces sacó una jeringuilla, empezó a buscar la vena y, tarareando un himno, hundió la aguja. Asbury yacía allí, con la mirada indignada y rígida, mientras la intimidad de sus sangre era invadida por aquel idiota.

-Lento, Señor, pero seguro –canturreaba Block a media voz– Lento, lento, oh Señor, pero seguro. –Cuando la jeringuilla estuvo llena, retiró la aguja– La sangre no miente. –La vertió en un frasco, lo tapó y lo metió en su maletín–. Azzbury –añadió–, ¿cuánto tiempo...?

Asbury se incorporó, adelantó la cabeza palpitante y dijo:

-Yo no te he mandado llamar. No responderé a ninguna pregunta. No eres mi médico. Lo que me pasa a mí excede tus conocimientos.

-Casi todas las cosas m’exceden. Todavía no he encontrao una sola que comprendiera completamente.

Suspiró y se levantó. A Asbury le pareció que sus ojos brillaban a gran distancia.

-No se comportaría tan mal –se disculpó la señora Fox– si no estuviera realmente enfermo. Quiero que vuelva usté todos los días hasta que se ponga bien.

Los ojos de Asbury adquirieron un tono violeta.

-Lo que me pasa a mí te excede –repitió. Volvió a tumbarse y cerró los ojos hasta que Block y su madre se fueron”

Por fin, Asbury hace llamar a un cura para charlar, a un jesuita, recordando a uno culto que había conocido en Nueva York. Pero el padre Finn, que acude a verle, es un cura poco cultivado, medio sordo y tuerto (genial Flannery). Asbury pretende que le hable de Joyce, y de la muerte de Dios, y de..., pero se enfrenta a la simplona terquedad del jesuita, que le pregunta por el catecismo. La madre echa al cura y este sentencia: “En el fondo, es un buen muchacho, pero muy ignorante”.

Finalmente, Block averiguará lo que tiene: fiebre de Malta. No mata, aunque es una enfermedad crónica.

El relato termina así:

Comprendió que durante el resto de sus días, frágiles y atormentados pero interminables, viviría ante un terror purificador. Un grito ahogado, una última e imposible protesta, escapó de sus labios. Pero el Espíritu Santo, blasonado en hielo en lugar de fuego, siguió descendiendo implacable”

En el enfrentamiento entre la complejidad de lo nuevo, del instruido -fracasado- y la simpleza del entorno rural, aquel sale derrotado. También la moderno arreligioso y pagado de sí misma, aparentemente instalado en el progreso, resulta ser muchas veces un ente fracasado que resulta moralmente inferior a muchos iletrados, simplones que viven de sus tradiciones, a los que reconocen sus limitaciones, o incluso de aquellos cuya justificación es el "porque sí", ya que les faltan incluso palabras para expresar sus motivaciones.

1 comentario:

Terzio dijo...

Oh, vaya!

¿Por qué un cura "poco cultivado, medio sordo y tuerto es una genialidad "(genial Flannery)"???

Pero me temo que si lo explicas será peor...

Las malas compañías, las malas influencias....¿no?

O será el frio, el crudo invierno que te afecta con un "Escalofrío interminable" (interminable???? Brrrrrrrr!!!).

De todas formas, nota que si "Los lisiados serán los primeros", el cura ese lleva ventaja para ser the one, the first, the winner.

Yes.

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