lunes, 24 de noviembre de 2008

Otoñal (II)

Qué dramática ansia de belleza, de infinitud. Deseos abrasadores de armonía, de permanencia. Y, a cambio, el miedo, la tristeza, la sed. La volubilidad. El pecado original.

* * *

Cuando volvíamos de la finca en la Nissan Vanette, el domingo por la tarde -ya sin sol-, dormidos, exhaustos de un fin de semana de campo. Y papás nos despertaban, y había que subir las bolsas, pesadas, todavía entumecidos por el sopor. Y ordenarlo todo. Y ponerse el pijama. Y abrir la cama. Y lavarse los dientes... Entiendo que, del mismo modo que ahora la nostalgia tiñe aquellos recuerdos de cierta extraña belleza -por el puro hecho de ser recuerdos, quizá, y de que yo soy también esos momentos de mi vida- el tiempo hará que también estos otoños estén llenos acaso de su propia incierta hermosura.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabiendo quien eres, pero sin conocerte de nada, me sorprende como yo mismo podría haber escrito esas palabras nada más que cambiando la marca del coche, lo que es la vida.

Agus Alonso-G. dijo...

Supongo que en eso está el éxito de la escritura, en saber describir con éxito emociones, hechos y sentimientos que conecten con otros seres humanos.

Porque... eres humano, ¿verdad? ;)