lunes, 24 de noviembre de 2008

Apuntes oxonienses


No es habitual llegar a entender por qué un lugar como Oxford puede llegar a significar tanto para nosotros (Perkeo). Todo se lo debemos a Luis (el vikingo buenagente al que Terzio se refería mas abajo). Él lo descubrió en Shadowlands, en Tolkien, en la filología clásica, en su amor por el medievo, en Newman... Y de ahí, Knox, algo Brideshead, Eliot... Creo que no me equivoco al imaginar la genealogía de esta anglofilia (Oxonifilia, más bien). Y de ahí, poco a poco, la ha hecho germinar en el resto de los que estamos junto a él.

Lo que nos atrae de Oxford es, por empezar con la moraleja, su bien, su verdad, su belleza. Más: el amor que transmite por ellos.

Porque Oxford está cargada de hermosura (le decía a alguien en una postal que esa era la palabra que había que emplear, con toda su solidez: hermosura). Pero esa belleza oxoniense -como la de muchos otros sitios- va más allá de la disposición armoniosa de sus piedras...





...de sus calles...



...o vidrieras...



Oxford tiene algo de fortaleza que ha tratado de guardar ciertas esencias hoy perdidas en buena parte de Occidente. Una idea de la excelencia académica y humanística, de la universidad. Un ambiente que transpira espiritualidad, que te lleva a través de sus afiladas agujas hacia lo elevado. Un concepto de la elegancia al servicio del estudio y la inteligencia. Una visión integral del ser humano (estudio, oración, ejercicio físico, cervezas y aprecio por la comida). De algún modo, un monasterio medieval incrustado en plena (pos)modernidad.

Claro que la realidad cotidiana del Oxford del tercer milenio seguramente tenga muchos oscuros que desdigan esta visión idílica. Pero en las ramas que hoy conforman el árbol de Oxford corre todavía, se percibe, la savia que dio aliento a la empresa medieval. Y, si acaso estuviese camino de pudrirse, entonces habría que salvar a Oxford del propio Oxford. (Y cito, una vez más, a Luis).

Además de eso, las piedras, las calles, las vidrieras de Oxford, tienen la belleza de los años. El peso de la historia y de la tradición. Las voces que atraviesan las épocas y nos hablan desde sus rincones. Las personalidades que cristalizaron entre sus muros y que en buena medida se crearon allí. Wolsey, Moro, Newman, Knox, Eliot, C.S.Lewis, Waugh, Tolkien... Y ahora Charles Taylor y McIntyre... Y la huella que han dejado por todo el mundo con sus escritos, algunos con su propia ejemplar vida. La huella que han dejado en mí, que hace que sólo pueda explicárseme en ellos y con ellos.

Los versos de aquella poesía de Pablo Moreno Prieto ("Una iglesia románica") expresan muy bien algo de lo que quiero decir:

(...)
Es extraño también pensar ahora
en otros caminantes que vendrán
por raídos senderos, desde el norte,
a contemplar las mismas piedras
(...).

Por eso dejo en el agreste tacto
yo también mi mirada
para que forme parte del paisaje,
y se convierta en piedra y así cruce los siglos.

(Ninguna de las fotos es mía, todas son de L.A. salvo la de la calle del Merton, que es de S.P.)

3 comentarios:

Terzio dijo...

¿Ves como tengo buen ojo intuitivo? Ese quasi vikingo pelirrojo es de fiar.

Concuerdo con lo que dices sobre el Oxford histórico-soñado-revisited, pero tambien existe un Oxford que se desdice de sus raices y se vulgariza alarmantemente.

¡A ver si podeis remediar algo!

'

Agus Alonso-G. dijo...

¡Sí!

Verónica dijo...

Qué entrada redonda te ha salido. Lo mismo que describes, mucho mejor dicho de lo que yo jamás podría expresar, es lo que experimenté la primera y única vez que estuve en Oxford. Me encontré-reencontré con lo mejor de Occidente. Según te leía, me entraron ganas de coger (aún me espera en la estantería) el libro sobre los conversos ingleses que escribió Pearce (biógrafo de Tolkien) hace unos años. Menuda generación.