viernes, 23 de mayo de 2008

In Marcum homiliam

Qué inmejorable ocasión de hablar del cárácter sagrado del matrimonio cristiano; de la esperanza que la Gracia otorga a las parejas que se casan (y que ya están casadas), que no por ser esperanza y consuelo es mentira, como pretende el nihilismo seudoilustrado del día. Pero no.

Con muy buenas palabras, eso sí, y con razones cuasi-sociológicas, nos ha venido a decir el señor cura que sin la "premisa" de que el amor entre esposos sea divino -o algo así- no se les puede exigir indisolubilidad en el vínculo. Y eso, que la indisolubilidad sólo es exigible desde la fe en el Sacramento, ya lo sabemos, pero no vamos a Misa para que el oficiante haga de hábil analista social (¡diez minutos de homilía y en día de diario!).

"¿Somos partidarios del divorcio?, nos pueden preguntar. ¿Somos partidarios de la enfermedad? No. Pero la enfermedad necesita un medicamento". Prometo que son las palabras casi textuales con las que ha acabado el sermón. Y era para echarse a llorar. Diez minutazos de "premisas", "niveles ideológicos" y demás, para que nos acabe justificando las separaciones y la ley civil del divorcio. Como si en vez de la modesta feligresía de diez de la mañana en un barrio de la periferia, fuésemos críticos homiléticos de El País.

Como le supongo, y sin esfuerzo, la buena intención, entiendo que buscaba "consolar" a los pobres padres que asisten a lo que están asistiendo, y, de la misma, evitar que los católicos (y católicas) vayamos anatemizando a los adúlteros (y adúlteras) y fornicadores (y fornicadoras) que viven en concubinato. Como si no llevásemos ya un tiempo teniendo que ser nosotros los que soportan el anatema posmoderno por creer en un modelo de familia. Porque si el divorcio es una enfermedad, señor cura, la receta que usted ofrece es la amputación. Y digo yo que no toda gripe acaba en gangrena.

(Seguiremos hablando de la visita a Jiménez Lozano.)

1 comentario:

Verónica dijo...

Mientras escuchaba el Evangelio de ayer, pensaba que cómo es posible que todavía haya quienes se atreven a discutir la doctrina católica sobre la indisolubilidad del vínculo, cuando en pocas ocasiones como ésta el mismo Jesús se pronuncia con tanta rotundidad sobre una cuestión, sin que admita dobles o triples lecturas. Es consolador, además, que dicha doctrina no haya variado un ápice, como no lo ha hecho jamás, por otra parte, la doctrina católica en materia de fe y costumbres.

Le escuché una vez unas palabras a un Obispo (y Cardenal) muy iluminadoras: "Es mucho más noble reconocer que no se alcanza el ideal, que intentar rebajarlo".