jueves, 21 de febrero de 2008

Lo que pienso de la muerte (I)

En una reciente entrada de este blog una comentarista inusual me preguntaba la inusual pregunta acerca de lo que pienso de la muerte. No puedo ocultar la íntima alegría que me produjo el hecho, por la sensación de ser un Sócrates que en sus trayectos por la Atenas internáutica es abordado para dar su opinión sobre tema tan definitivo.

Podría contestar que lo único que puedo decir al respecto es que no sé nada, pero, la verdad, me parece poco socrático.

El señor Amis hablaba de la muerte en la entrevista aludida precisamente en esa entrada del blog. Lo hacía en estos términos:

Lo único que los creyentes no han hecho es aceptar que van a morir. En un espejo hay una línea negra y si uno quita esa línea negra uno no puede ver su reflejo. Bellow solía decir que la muerte es esa línea negra del espejo. Hasta que uno no la ve y la acepta no puede verse a sí mismo. Y sin embargo él creía en la otra vida. Todos parecemos duros, pero en el fondo tenemos fe. Menos yo. Estoy seguro de que voy a morir"

Suele darse en estos tiempos en esta Europa, en efecto, un reproche habitual al cristianismo, al creyente en general. Que uno cree en la vida eterna por cobardía. No sé si el argumento cobra especial relevancia con la filosofía de Nietzsche (no conozco a fondo la literatura grecolatina, pero doy por supuesto que hubo escépticos de ese calibre muchos siglos antes que el superhombre sifilítico), no lo sé, digo, pero desde luego encaja perfectamente con esa atractiva doctrina de la moral autónoma. El machote listo y duro que no necesita consuelos de vieja, acepta la vida tal y como es, esto es, ínfima, limitada, empírica. No hay vida después de la muerte. Hay que vivir esta vida de la manera "más lujuriosa y tropical posible". El resto son evasiones.

Supongamos que la falsedad de que la creencia en el más allá nos evade de la vida terrenal fuese cierta (falsedad rebatida aquí). Ahora pongámonos en la tesitura de que sea cierto que hay un más allá. Un Más Allá. ¿Qué hacemos los creyentes? ¿No defender esa realidad solo porque algunos afirman con una grosera rotundidad que simplemente es una burda patraña? Sería poco honrado. Es más, sería una evasión.

Puedo entender que haya quien no cree que la vida continúe tras eso que llamamos muerte. Lo que no puedo entender es esa grosera rotundidad. Esa impávida seguridad de la que se jacta el señor Amis. Desde luego que si los que creemos en la vida después de eso que llamamos muerte llegásemos al momento de la muerte y no hubiese nada, nos llevaríamos un chasco (no strictu sensu, porque no tendríamos conciencia, pero pongamos que sí para que los increyentes puedan relamerse pensando en nuestro chasco). Sería un buen chasco, desde luego.

Pero el chasco verdaderamente clamoroso va a ser el que se llevarán el señor Amis y los que como él piensan de insistir en su postura y de ser cierto lo que algunos pocos millones de personas creemos, parece que ingenua y arcaicamente. Eso sí, puedo asegurar que no me relamo pensándolo, más bien meneo suave y venerablemente la cabeza como un padre paciente ante el adolescente cabezota.

Y esto es parte de lo que pienso de la muerte. Si Dios quiere, seguiré reflexionando sobre el tema, explicando lo que yo pienso de la muerte, y no rebatiendo lo que otros piensan de ella, o lo que piensan que los creyentes pensamos de la muerte.

2 comentarios:

Suso Ares dijo...

Para quien quiera chapucear en el tema de la "hermana muerte" (San Francisco dixit) recomiendo ABSOLUTAMENTE la lectura de "32 DE DICIEMBRE", de Jose Mª Cabodevilla, autor magistral, delicioso, muy poco conocido fuera de los círculos de la BAC. Gran maestro del espíritu, conocedor como pocos de la naturaleza humana, sobre la que tiende siempre una mirada entrañable, tieran, a lo Charles Péguy.
Saludos, y que cunda el debate.

Counter-Revolutionary dijo...

Yo siempre me he imaginado la situación del ateo que en el cielo, por orgullo, le diga a Dios:"Yo no creo en ti, tú no existes.", lo que tendrá que aguantar la paciencia divina.